El Tiempo de las Hojas
El jardín de la casa antigua, en las afueras de Cuernavaca, respiraba con la lentitud propia de las tardes de junio. Las guayaberas, cargadas de frutos tempranos, se inclinaban bajo el peso de la humedad, mientras la luz del sol, ya baja y dorada, filtraba entre las hojas de la higuera del patio trasero. Allí, sentadas en el banco de madera que el tiempo había vuelto suave al tacto, Estela y Sofía compartían el silencio que precede a una confesión.
Estela, con los pies descalzos apoyados en la tierra aún tibia, sostenía una hoja de laurel entre los dedos. La giraba con lentitud, observando cómo los nervios centrales se extendían como venas sutiles sobre la superficie verde oscuro. No miraba a Sofía. No necesitaba hacerlo. Sabía que su mirada ya estaba puesta en ella, suave, insistente, como el viento que apenas se atrevía a rozar las hojas.
—¿Te acuerdas de cómo aprendimos a hacer té de hierbas? —preguntó Sofía, la voz baja, casi un susurro de hojas secas—. Aquella vez que te quemaste con el agua hirviendo.
Estela sonrió sin abrir los ojos. Recordaba el fuego en la cocina, el grito ahogado, la mano de Sofía sobre la suya: firme, húmeda por la transpiración, pero segura. Recordaba también cómo, en lugar de alejarse, Sofía había acercado su propia mano al muslo de Estela, como si quisiera transferirle parte de su calma.
—Sí —dijo Estela, finalmente—. Y tú me dijiste: “El dolor es breve. Lo que queda es el sabor”.
Sofía se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas. Su falda de lino, de un color tierra, se arrugó ligeramente con el movimiento, dejando al descubierto el tobillo, fino, con una marca antigua de un rasguño que habían curado juntas con aloe vera. Estela la observó desde el rabillo del ojo, no con ansiedad, sino con la atención de quien sabe que algo importante está por florecer.
—¿Te importa si me quito los zapatos? —preguntó Sofía.
—Claro que no —respondió Estela—. La tierra sabe a lluvia reciente.
Sofía se desató las cintas de las sandalias, una por una, con movimientos pausos. Primero el pie derecho, luego el izquierdo. Los dedos, largos y articulados como ramas jóvenes, se estiraron contra la luz, los nudillos marcados por una red fina de venas azuladas. Estela no extendió la mano. Se limitó a seguir con la mirada el recorrido de los dedos, la curva del empeine, el arco suave que se hundía ligeramente al posarse en el suelo.
—Hace días que no llueve —dijo Sofía—, pero la tierra sigue fresca.
—Es porque las raíces guardan lo que cayó antes —respondió Estela—. Como los recuerdos.
Sofía levantó la vista. Por fin, sus ojos se encontraron. No era una mirada de exigencia, ni de urgencia. Era una mirada de reconocimiento. Como si ambas hubieran estado caminando por senderos distintos y, de pronto, se hubieran dado cuenta de que el mismo camino las esperaba, en silencio, bajo el techo de hojas.
—¿Me dejas tocarte? —preguntó Sofía, sin desviar la mirada.
Estela tragó saliva. No por miedo, sino por la intensidad de la pregunta: no pedía permiso para besar, ni para acariciar, sino para *tocar*. Como si el cuerpo de Estela fuera un territorio que merecía ser explorado con permiso, con respeto, con atención.
—Sí —dijo—. Pero no aquí.
Sofía se levantó con suavidad, extendió la mano. Estela la tomó, no con fuerza, sino con la confianza de quien sabe que la otra no soltará. Sus dedos se entrelazaron, la piel de Sofía cálida, seca, con una ligera aspereza en las palmas por el trabajo con las plantas en el invernadero. Estela la siguió hasta la escalera de madera que daba al segundo piso, hacia la habitación que antes era de la abuela, ahora suya.
El cuarto no tenía cortinas pesadas. Solo una sábana blanca, ligeramente transparente, que filtraba la luz del atardecer y la convertía en algo etéreo, dorado. El aire olía a vainilla y a papel viejo. En la mesita de noche, una taza aún con el fondo húmedo de té de manzanilla.
Sofía se volvió. No se acercó de inmediato. Se detuvo a un paso de distancia, como si midiera el espacio necesario para que el otro respirara. Estela, ahora sentada al borde de la cama, no bajó la mirada. La sostuvo, dejando que la luz jugara en los párpados de Sofía, en las comisuras de su boca, en el cuello, donde una vena palpitaba con lentitud.
—¿Recuerdas qué me dijiste la primera vez que estuvimos juntas? —preguntó Estela.
—Claro —respondió Sofía—. Me dijiste: “No necesito más que esto: tu aliento en mi cuello, y el tiempo que nos sobra”.
Estela se levantó lentamente. Se acercó. No para besarla, sino para estar cerca. Tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de la piel de Sofía, el leve temblor en sus manos, el ritmo de su respiración, ya más hondo, ya más pausado.
—Hoy —dijo Estela—, quiero que me recuerdes como algo que se construye, no como algo que se toma.
Sofía asintió. Con la mano libre, no la que mantenía entrelazada con la de Estela, rozó suavemente la nuca de su compañera. Sus dedos se hundieron en el cabello, largo, suelto, con mechas más claras por el sol. No tiró. Solo sostuvo, como quien sostiene una rama frágil, esperando que la flor se abra por sí misma.
—Entonces… empieza por donde siempre empieza —susurró Sofía—. Por la nuca.
Estela cerró los ojos. Y dejó que sus labios encontraran el cuello de Sofía. No con hambre, sino con curiosidad. Con calma. Como si cada centímetro de piel fuera un mapa que debía leerse con la punta de los dedos, con el aliento, con la atención plena.
Sofía suspiró, una exhalación larga, casi una risa contenida. Y entonces, con lentitud, empezó a desabrochar la blusa de Estela. Cada botón, un pequeño acto de confianza. Cada abertura, una entrada más profunda. Cuando el tejido se separó, no lo separó del todo. Lo dejó caer por los hombros, sin quitarlo del todo, como una capa que aún protege, pero ya no escondiendo.
Sus pechos, suaves, redondeados por la madurez, quedaron expuestos a la luz del atardecer. No por vergüenza, sino por dignidad. Estela no se ruborizó. Se volvió hacia Sofía y le tocó el rostro, con la yema de los dedos, trazando el contorno de su mandíbula, el labio inferior, ligeramente más grueso que el superior.
—Tú primero —dijo.
Sofía sonrió. Se quitó su propia blusa, despacio, como si cada tela deslizada fuera una página de un libro que no quería terminar pronto. Quedó con una camiseta fina, blanca, que se pegaba ligeramente a la piel por el calor y la tensión. Estela se acercó, puso una mano sobre su pecho, sintió el latido. No rápido. No desbocado. Solo presente.
—¿Oyes eso? —preguntó Estela.
—Sí —respondió Sofía—. Es el tiempo. El que se queda.
Y entonces, con los dedos,Estela deslizó la camiseta hacia arriba, dejándola colgada en los brazos de Sofía. No la quitó. La dejó ahí, como una promesa aún pendiente de cumplirse. Sus pechos estaban perfectos: redondos, firmes, con areolas más oscuras que el resto, como semillas listas para germinar. Estela bajó la cabeza, pero no los besó. Solo los respiró. El olor a sal y a hierbas secas, a piel limpia y a promesas no dichas.
—Toca —dijo Sofía, apretando suavemente su propia mano sobre la de Estela, guiándola.
Y Estela lo hizo. Con la palma abierta, con los dedos que no temblaban, que sabían que no debían apresurar. Recorrió la curva, el borde suave, el pezón que se endureció apenas con el roce. No presionó. Solo dejó que la piel reaccionara, que el cuerpo hablara por sí mismo.
Sofía inclinó la cabeza hacia atrás, dejando que su cuello quedara al descubierto. Estela lo besó. Esta vez con intención. Pero no con urgencia. Un beso que era un comienzo, no un final. Un beso que decía: *aquí empieza, pero no termina aquí*.
Fuera, la higuera movía sus hojas con la brisa. Y dentro, el tiempo se detuvo. No por falta de movimiento, sino por exceso de presencia. Por
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