El Temblor de la Cadera
8 minEl Temblor de la Cadera
La luz del sol se colaba por la ventana del cuarto trasero de la casa de Tlalpan, dorada y espesa como miel derramada sobre madera. Mariana, de veinticuatro años, con piel morena clara y pecas que se marcaban cuando sudaba, estaba sentada en el suelo del balcón, descalza, con una camiseta blanca demasiado grande que le llegaba a medio muslo y nada más. No tenía calcetines, ni sujetador, ni siquiera la molestia de un short debajo. Solo la camiseta, desabotonada hasta el ombligo, y el calor que ya empezaba a pegarle en la nuca como un abrazo de perrito viejo.
Había cerrado la puerta con llave. Ni su hermana menor, ni el perro, ni siquiera el vecino que tocaba la batería a las once de la mañana iban a interrumpirla hoy. Hoy era día de limpiar la casa —literal y metafóricamente— y ella ya había terminado con lo superficial. Plancha, trape, despensa ordenada, lavandería doblada. Ahora le tocaba el turno a lo que no se veía: la tensión acumulada por semanas, el deseo que se le había quedado pegado en los huesos como humo de cigarro en una habitación cerrada.
Se puso de pie, estiró los brazos hacia arriba, y dejó que la camiseta se le resbalara por los hombros hasta caer al suelo. Se miró en el espejo del baño, que estaba al lado del balcón. Su cuerpo: caderas anchas, pechos medianos pero firmes, pezones pequeños y oscuros, vientre plano con una leve curva de grasa en la parte baja —ese redondez que decía *fértil* y *gustoso*. Se pasó las manos por los costados, sintiendo la piel templada, el vello suave del vello púbico que ya se le veía por el borde de la camiseta cuando se movía.
—Venga —se dijo en voz baja, con ese tono de quien le habla a un perro que se va a portar mal pero va a hacer lo que se le pide—. Ya no aguanto.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared fría, y cruzó las piernas a la manera mexicana: una pierna encima de la otra, rodillas hacia afuera, pies apoyados en la superficie. Se pasó una mano por el estómago, bajó hasta la cintura, y se metió dos dedos bajo la tela del short que sí llevaba, un short negro de algodón que ya estaba medio subido por el movimiento. Lo bajó con lentitud, dejando que el tejido se le enredara en los tobillos, y luego los sacó con un movimiento rápido, como si se quitara una manta de lana. Se quedó ahí, sentada, con las piernas abiertas, sin vergüenza, con la mano ya puesta sobre su pubis, los nudillos rozando el labio mayor, húmedo y caliente.
No se tocó de inmediato. Se dejó mirar, dejó que el aire del balcón le entrara entre las piernas, que le rozara el clítoris, que ya empezaba a hincharse como un botón de rosa al sol. Se pasó la lengua por los labios, respiró profundo, y empezó a mover los dedos. No con prisa, no con urgencia —con intención. Pasó el pulgar sobre el capuchón del clítoris, presionando con fuerza media, suficiente para que su cuerpo se estremeciera. Un grito corto se le escapó, como un *¡ay!* de sorpresa, como si le hubieran pellizcado el brazo sin querer.
—Ahh, sí —susurró, con esa voz de quien descubre que algo que sabía que dolía —pero que quería— ahora resulta más dulce de lo que imaginaba.
Bajó la mano, separó los labios con los dedos índice y medio, y se metió el dedo corazón dentro. Se metió hasta la segunda falange, lento, dejando que se acostumbrara, que se ablandara, que se llenara. Se inclinó hacia atrás, apoyando el peso en los codos, y se miró mientras lo hacía. Se le erizaron los pechos, los pezones se pusieron duros como granos de café tostado, y sus respiraciones se volvieron más cortas, más calientes.
—Maldita… —murmuró—. Ya me vas a hacer daño.
Volvió a presionar el clítoris, esta vez con el pulgar y el índice juntos, como si lo queriera estrujar. Mientras lo hacía, movió el dedo dentro de ella, en un ritmo lento, constante, como si estuviera tocando una guitarra de fondo, una melodía que solo ella conocía. Sentía el calor subirle por la columna, el vello de los brazos ponerse de punta, y una punta de sudor en la frente que no tenía nada que ver con el calor del día.
—Casi… —se dijo—. Casi me pongo a temblar como chilillo en el comal.
Movió más rápido. El dedo entraba y salía, la humedad ya no era solo lubricante natural: era un arroyo, un río chico que le corría por la piel, por los muslos, por el suelo de madera. Se mordió el labio inferior, con fuerza, hasta que sintió el sabor metálico de la sangre, y eso la hizo temblar. Apretó los músculos del culo, sintió cómo se le cerraba el ano, y luego lo relajó, porque quería sentirse entera, libre, sin contención.
Metió otro dedo.
Dos ahora, dentro de ella, abriendo, estirando, acostumbrando. Se inclinó hacia adelante, puso las manos en el suelo, y empezó a mover las caderas en círculos pequeños, como si estuviera culeando con su propia mano. Sentía el dedo del medio rozarle el fondo, y eso la hacía gruñir, una especie de sonido gutural, de perro que protege su hueso, de mujer que no está pidiendo permiso, que ya se lo había dado a sí misma.
—Sí… sí, así —murmuró, con los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia atrás, el cuello estirado, mostrando la curva de la garganta—. No pare, mija. No pare.
La tercera punta de sudor le bajó por la sien. El aire del balcón se sentía ahora como una caricia de hielo en la piel caliente, y ella se dejó llevar, se dejó arrastrar por la corriente que subía de sus entrañas. El dedo índice le rozó el punto G, una presión seca, dura, y su cuerpo se arqueó como un arco, las nalgas se le levantaron del suelo, los pechos se le balancearon hacia adelante, y un grito se le escapó, alto, agudo, como el grito de una guitarra eléctrica que se desafina al máximo volumen.
—¡Ahhhh! —gritó—. ¡Jesús, Madre de Dios, ya me voy!
Y entonces vino.
No fue suave. No fue delicada. Fue un temblor, un sacudón, como si le hubieran conectado una corriente eléctrica por el clítoris y le hubieran dado el interruptor. Sus musculos se contrajeron, sus pies se apretaron contra el suelo, sus dedos se clavaron en la madera, y su cuerpo se llenó de un calor que le subió por la espalda, le quemó las orejas, le hizo temblar los párpados. Se mordió la mano para no gritar más, pero el sonido salió igual: un gemido profundo, gutural, de mujer que se entrega.
Y siguió moviéndose, incluso después. Con los dedos still dentro, con el cuerpo aún latiendo, con el clítoris pulsando como un corazón nuevo, siguió moviendo las caderas, como si quisiera que el placer durara más. Como si quisiera que el cuerpo no se olvidara de esto.
Se dejó caer hacia atrás, con la espalda contra la pared, los dedos aún dentro de ella, la respiración agitada, el corazón sonando en los oídos como tambores de fiesta de barrio. Se quitó los dedos lentamente, con un chupetón húmedo, y los miró. El pulgar y el índice estaban húmedos, brillantes, con su olor, su sabor. Se los llevó a la boca, los lamió con lentitud, saboreando su propia sal, su propia ternura, su propia furia.
Se puso de pie, con calma, y se arrastró hasta el sofá del balcón. Se sentó, cruzó las piernas otra vez, y se pasó la lengua por los labios. Se sintió pesada, pero bien pesada, como una sandía madura, como el pan de muerto recién horneado. Se sintió llena, pero no de comida: de sí misma.
Se puso la camiseta que había tirado en el suelo, pero no se la abrochó. La dejó colgando, como un pañuelo de seda, y se puso las piernas encima del sofá, separando los muslos, dejando que el aire le entrara entre las piernas una vez más, mientras su cuerpo seguía latiendo, como un corazón que acaba de recordar cómo latir.
Se pasó una mano por el vientre, por el muslo, por el pubis, por la vulva ya calmada, ya suave, ya dormida. Sonrió. No una sonrisa de triunfo, ni de vergüenza. Solo una sonrisa de quien ha hecho lo suyo, como quien planta un árbol y lo rega, y luego se sienta a la sombra, sin pedir nada, solo saboreando.
—Ya me lavé las manos —dijo en voz baja, como si le estuviera hablando a alguien invisible—. Ahora me lavaré el cuerpo.
Pero no se levantó. Se quedó ahí, con las piernas abiertas, con el sol dándole en los pechos, con el silencio del balcón lleno de su propia huella, de su propio rastro de humedad, de su propio olor.
Y pensó: *Esto es lo que se siente cuando uno se quiere, de verdad. No por obligación. No por miedo. Porque sí. Porque el cuerpo también tiene derecho a decir “yo quiero”*.
Y entonces, sin razón aparente, empezó a reírse. Una risa baja, clara, que le salía del pecho como burbujas de agua caliente. Se tapó la boca, pero no paró. Se dejó llevar. Se dejó caer hacia atrás, riendo, con los ojos cerrados, con el cuerpo aún vibrando de la última descarga.
Y cuando por fin se calló, se quedó ahí, con el sol en la cara, con el calor en la piel, con el cuerpo ya tranquilo, pero aún vivo.
Vivo, y feliz.
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