El Tatuaje que No Quería Dejar de Tocar

El Tatuaje que No Quería Dejar de Tocar

@lucia_noche ·25 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (8) · 10 lecturas · 9 min de lectura

Me llamaba Lucía, pero en la habitación de ese cuarto de hotel en la colonia Roma no era la misma que salía a la calle todos los días. Allí, con el pelo deshecho, las uñas sin esmalte y los pies descalzos sobre la alfombra desgastada, me permitía ser alguien más: alguien que sabía lo que quería y lo tomaba sin pedir permiso, aunque después me costara llorar en silencio.

Ellos lo llamaban “el tatuaje”, pero yo lo llamaba “la maldición”. Porque una vez que lo vi, no pude dejar de pensar en él. No en él, en el tatuaje. Un pequeño círculo negro, casi invisible si no lo buscabas, justo debajo del ombligo, dentro de la curva del bikini. Lo llevaba como un secreto, como una marca de agua que solo él conocía y que nadie más debía ver. Pero yo lo vi, y desde ese día no paré de querer tocarlo.

Se llamaba Diego. Tenía treinta y tantos, cuerpo de trabajador de obra, hombros anchos, pecho peludo pero firme, y una verga que parecía haber sido moldeada por un escultor obsesionado con la perfección funcional: gruesa en la base, ligeramente curvada hacia arriba, con un glande hinchado como una cereza madura. Pero nada de eso me tenía loca. Solo el tatuaje.

Lo conocí en un bar de la Zona Rosa, un lugar que ya no existía pero que en su momento olía a cigarros baratos, tequila malo y sudor de hombres que no se duchaban desde hace días. Yo estaba con mis amigas, reír a carcajadas, sin idea de que esa noche cambiaría algo en mí para siempre. Diego estaba solo, sentado en el bar, con una cerveza que no acababa y los ojos fijos en el espejo detrás de las botellas. No me miró de hito, como otros hombres lo hacen con la mirada de arriba abajo, sino que me miró como si ya me conociera, como si me hubiera estado esperando.

—¿Te parece si me invitas a una copa? —le dije, y me sorprendí a mí misma. No era cosa mía hacer eso, sobre todo no con un tipo que parecía sacado de un cuento de viejas: serio, callado, con barba de tres días y una cicatriz en la ceja que le daba aire de gangster de peli de los 70.

—¿Tú me invitas a mí? —me preguntó, y su voz sonó como si hubiera aprendido a hablar con un cigarro en la boca.

—Sí, porque estás bien rico, y me aburro.

Se rió, una risa baja, gutural, como un perro que está por morder pero aún no se decide. Me palmeó la cadera y me hizo señas para que me sentara a su lado. No fue galante, no me abrió la puerta, no me dijo “bella dama” ni nada de eso. Me tomó del brazo, me sentó, y luego me pasó un dedo por la nuca mientras me decía:

—Huele a chile habanero y a sudor. Te gusta el picante, ¿no?

—Más que a ti te gusta tu cerveza.

—Eso es cierto —dijo, y bebió un trago largo, dejando que el líquido resbalara por su barba—. Pero prefiero algo más picante.

Me dije: *no*. No iba a seguir ese juego. Pero mis ojos ya estaban fijos en su cuello, en la vena que palpitaba cuando tragaba, y en la mancha de sudor que se formaba en su camiseta negra, justo debajo del pecho. Me levanté. Me dije: *ya basta, Lucía, no te metas en esto*. Pero no me moví.

—¿Vienes? —me preguntó Diego, y me extendió la mano, sin presión, sin exigencia, como si ya supiera que yo iba a aceptar.

—Sí —dije, y le tomé la mano. No fue un apretón, fue una conexión. Como si ambos supiéramos que eso iba a pasar.

Subimos en taxi, sin hablar mucho, solo mirándonos por el espejo retrovisor. En el hotel, Diego pagó en efectivo, sin mirar la tarjeta, sin fingir que era algo distinto a lo que era. No teníamos que fingir nada. Eso era lo que más me gustaba. Él sabía que yo también sabía lo que queríamos.

La habitación olía a cloro y a moho. Una cama grande, sábanas blancas que ya habían visto de todo. Diego se sentó en el borde, sin quitarse la camiseta, y me miró mientras yo me quitaba los zapatos. Me pasó la lengua por los labios, lento, como si ya estuviera dentro de mí.

—Quítate la blusa —dijo, y no fue una orden. Fue una confirmación.

Me la desabroché con calma, dejando que cada botón cayera como una promesa. Me quedé con el sostén negro de encaje, con las puntas de los pezones duras ya, por el frío del aire acondicionado o por la forma en que él me miraba. Me acerqué a él, me senté sobre su muslo izquierdo, y le pasé la mano por el pecho. Peludo, caliente, con un latido fuerte debajo.

—Tú me estás emocionando —me susurró en el oído—. No es solo el tatuaje. Es todo. Tu aliento, tus uñas, el modo en que te mueres los labios cuando te pones nerviosa.

—No estoy nerviosa —mentí.

—Claro que sí. Pero te gusta. Lo veo en cómo te tiemblan las nalgas cuando te mueves.

Me dio la vuelta, me tomó de la cintura y me sentó sobre sus piernas, con las rodillas separadas, las manos en sus hombros. Me incliné y le chupé el pezón derecho, con la boca cerrada, mordisqueando suavemente, hasta que me oyó soltar un gruñido. Entonces le pasé la lengua, lento, dejándole saber que lo tenía controlado.

Se levantó, me tiró suavemente sobre la cama, y se quitó la camiseta. Se quedó ahí, de pie, con los pantalones puestos, los ojos fijos en mí, como si estuviera decidiendo si romperme o amarme. Me pasó la mano por el muslo, subiendo poco a poco, hasta que rozó el borde de mi falda. Me la bajó con lentitud, dejando al descubierto mis bragas de encaje, blancas, con un lazo en el centro. Me las tiró a un lado, sin romperlas, como si fueran una ofrenda.

—Voy a comerte —dijo, y se arrodilló entre mis piernas.

No me pidió permiso. No lo necesitaba. Me separó los labios con los dedos, me miró mientras yo me ponía tensa, mientras mis músculos se contrajeron. Me lamió el clítoris, una vez, dos, tres, con la lengua plana, como si lo estuviera limpiando, y luego lo chupó, con fuerza, como si hubiera estado esperando ese momento desde que nació. Me metió dos dedos, curvados hacia adentro, y me hizo retorcerme. Me puso los pulgares en los pezones y me lamió el ombligo, y luego me dijo:

—Dime qué quieres.

—Te quiero dentro —susurré.

Se levantó, se quitó los pantalones y los calzoncillos, y me mostró su verga. Grande, tiesa, con la punta húmeda. Me pasó la mano por encima, desde la base hasta el glande, y me dijo:

—¿Te gusta cómo huele?

—Sí —dije—. Huele a ti.

—A ti hueles a leche y a miel. A algo que quiero meterme hasta el fondo.

Me abrió las piernas, se colocó entre ellas, y se frotó contra mí, rozando mi clítoris con la punta de su verga, mojada con mi humo. Me metió un dedo, luego otro, y cuando me sintió lista, se posicionó, se frotó contra mi entrada, y me empujó hacia adentro con un solo movimiento.

Me sentí llena. Hasta la coronilla. Con su verga, con su olor, con su calor. Me tomó las nalgas y me clavó la cadera contra la mía, y empezó a moverse. Lento, al principio, como si estuviera midiendo cada centímetro. Luego más fuerte, más rápido, con una fuerza que me hacía temblar. Me mordió el hombro, me mordió el cuello, y me dijo:

—Tú me tienes loco, Lucía. Me tienes loco por tu tatuaje, por tus ojos, por cómo te mueves cuando te voy a chupar.

—Mátame —le dije, y me arqueé hacia atrás, con las uñas clavadas en su espalda.

—No te voy a matar. Te voy a hacer gritar hasta que no recuerdes tu nombre.

Me tomó del pelo, me tiró de la cabeza hacia atrás, y me metió la verga hasta la raíz, una y otra vez, con un ritmo que me hacía perder la cuenta de los segundos. Me olía el cuello, me chupaba el pezón, y cuando sentí que se acercaba, me dijo:

—Te voy a correr dentro. Te voy a llenar hasta que no quepa más.

—Sí —dije—. Sí, sí, sí.

Y entonces me dio un beso profundo, me atrapó la lengua entre sus dientes, y se corrió dentro de mí, con un grito ahogado, con los ojos cerrados, con la frente pegada a la mía. Me corrió en el fondo, como si me estuviera plantando una semilla, como si estuviera escribiendo su nombre en mi cuerpo.

Cuando se retiró, se sentó a mi lado, y me pasó la mano por el vientre, por el tatuaje. Me dijo:

—¿Me lo muestras?

—¿Ahora sí?

—Sí. Ahora que ya te he cogido.

Me senté, me bajó la falda, y me agachó la ropa interior. Me pasó la mano por el ombligo, y luego bajó, hasta que su dedo rozó el círculo negro. Me estremecí. Porque no era solo una marca. Era una memoria. Una promesa. Un lugar donde yo quería que él estuviera siempre.

—¿Es una marca de amor? —le pregunté.

—No —dijo—. Es una advertencia.

—¿De qué?

—De que si alguna vez dejas de quererme, si me abandonas, si te vas sin decirme adiós… voy a buscar ese tatuaje, lo voy a tocar, y voy a recordar que me perteneces.

—Eres un idiota —le dije, y lo besé, con la boca llena de su sabor, con la lengua que aún sentía su pecho.

—Sí —dijo—. Pero soy el idiota que te ha cagado hasta que no podías más.

—Sí —dije—. Y ahora ¿qué?

—Ahora te voy a volver a meter la verga dentro, y te voy a hacer gritar hasta que el vecino llame a la policía.

Y así fue. Me cogió de nuevo, más lento, más tierno, pero con la misma fuerza de antes. Me cogió hasta que el sol empezó a entrar por la ventana, hasta que el hotel empezó a despertar, hasta que yo ya no sabía si estaba soñando o si todo era real.

Solo sé que cuando me fui, sin mirar atrás, sin decir adiós, sentí que algo dentro de mí se quedó atrás. Algo que no era mío. Algo que no quería soltar.

El tatuaje.

¿Qué tanto te calentó?

3.9 · 8 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@lucia_noche

Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.

También en Fetichismo

Más de @lucia_noche

Ver autor →