El Tacón del Jardín
Hace semanas que no dejo que nadie me toque el cuello. Ni siquiera yo. Lo tengo marcado, como si fuera tierra de otro dueño, y en cierto modo lo es. Desde aquella noche en el jardín de piedra, donde el aire olía a jazmín y a sudor viejo, desde que ella llegó con esos tacones negros que sonaban como un reloj que se acelera, no he podido mirar un zapato sin sentir que algo en mi espalda se encoge.
Yo no soy hombre de muchas palabras, pero tampoco de silencios vacíos. Mis silencios hablan, especialmente cuando estoy frente a ella. No me pidió permiso, no lo necesitaba. Yo ya había firmado con la mirada, con el temblor en la mandíbula cuando la vi bajarse del coche con el vestido ajustado hasta el muslo, con los dedos pintados de rojo obscuro, como moratones recién hechos. Ella sabía. Siempre sabe.
—¿Trajiste lo que te pedí? —me dijo, sin siquiera saludar.
—Sí —respondí, con la voz enterrada en el pecho. En la bolsa de cuero traía el par de tacos que me encargó: aguja fina, piel italiana, punta cerrada. Los mismos que usó la primera vez que me doblegó. No fueron caros, pero valían más que un coche. Valían mi orgullo.
—Póntelos —ordenó.
—¿Aquí? —pregunté, aunque ya sabía que no había vuelta atrás.
—Aquí. Ahora. En medio del jardín. Quiero ver cómo te humillas con mis zapatos.
Y lo hice. Me senté en la banca de mármol frío, con las piernas temblando como si fuera la primera vez que me desnudo frente a una mujer. Pero no era desnudez de piel, era desnudez de alma. Me quité los zapatos, calcetines, y comencé a calzarme esos tacones. El pie derecho entró fácil, el izquierdo resistió, como si mi cuerpo se negara a aceptar lo que mi mente ya había rendido. Pero al final cedí. Me paré. Me tambaleé. Ella sonrió.
—Da diez pasos —dijo.
—¿En serio?
—Diez pasos. O te hago lamer el suelo con la cara.
Así que caminé. Diez pasos entre las hortensias y las luces tenues del jardín. Cada paso era un latido, una humillación que me encendía más de lo que quería admitir. El ruido del tacón en la grava era como un latido distorsionado, como si el tiempo se midiera ya no en minutos, sino en pisadas femeninas en mis pies de hombre.
Cuando terminé, ella se acercó. Me tomó del cuello con una mano, con suavidad, pero con una fuerza que no admitía réplica.
—¿Sabes por qué te hago esto? —preguntó, sin soltarme.
—Porque te gusta verme así —dije, con la voz ronca—. Porque te excita verme perder el control.
—No —dijo, acercando su boca a mi oído—. Porque cuando te pones mis zapatos, dejas de ser tú. Dejas de fingir que eres fuerte. Y cuando dejas de fingir, me perteneces.
No respondí. No pude. Me besó. No fue un beso dulce, fue un castigo. Me mordió el labio, me metió la lengua como si quisiera robarme el aliento, como si quisiera dejar su marca dentro de mí. Y luego me empujó. Caí de rodillas, con los tacones aún puestos, el cuerpo temblando, el corazón desbocado.
—Quítatelos —dijo—. Pero lento. Como si estuvieras desvistiéndote para mí por primera vez.
Lo hice. Con cuidado, con devoción. Cada centímetro que el zapato se separaba de mi pie era como si me quitara una capa de orgullo. Y cuando el último quedó en el suelo, ella se agachó, tomó uno, y me lo mostró bajo la luz de la luna.
—Este —dijo— es el que más ha sufrido. Este ha sentido tu sudor, tu vergüenza, tu deseo. Este sabe más de ti que tu propia madre.
Y entonces lo hizo. Se lo llevó a la boca. Lamió la suela, despacio, con los ojos cerrados, como si probara un vino raro. Yo no podía creerlo. Me ardía la verga dentro del pantalón, el culo se me tensaba, las nalgas se me apretaban como si alguien me estuviera follando sin tocarme.
—¿Quieres que te lo meta? —preguntó, con una sonrisa perversa.
—Sí —dije, sin pensar—. Hazlo.
Pero no fue mi verga lo que tomó. Fue el zapato. Me lo acercó a la boca.
—Chupa —ordenó.
—¿Qué?
—Chupa la suela. Como si fuera mi coño. Como si estuvieras lamiéndome toda la semana.
Y lo hice. Saqué la lengua, cerré los ojos, y lamí el cuero oscuro. Sabía a tierra, a polvo, a sudor mío, a ella. A pecado. A sumisión. Y mientras lo hacía, ella se desabrochó el vestido, lo dejó caer, y quedó desnuda bajo la luna. Sus tetas eran pequeñas, duras, con los pezones oscuros como moras maduras. Su coño, rapado, brillante, húmedo. Pero no me dejó tocarla.
—No —dijo—. No con las manos. Usa el zapato.
Me lo entregó. Y con torpeza, con temblor, comencé a acariciarla con el tacón. Primero por los muslos, luego por el vientre, hasta que el metal frío rozó su sexo. Ella jadeó. Eso me encendió más. Empecé a frotarla con el zapato, con la suela, con el talón, con la punta. Hasta que ella se corrió, gritando mi nombre, con las piernas temblando.
—Ahora —dijo, aún jadeante—, quiero que te cagues en el otro zapato.
—¿Qué?
—Lo que oíste. Quiero que te cagues en el zapato. Delante de mí. Como tu última ofrenda.
No lo dudé. Me bajé el pantalón, me senté sobre el zapato, y con los ojos cerrados, dejé que mi cuerpo hiciera lo que ya sabía que debía. Un sonido húmedo, oscuro, íntimo. Ella no se alejó. Se acercó. Observó. Y cuando terminé, tomó el zapato, miró el contenido, y sonrió.
—Perfecto —dijo—. Mañana lo pondrás en tu mesita de noche. Y cada vez que lo veas, recordarás quién te domó.
No dije nada. No podía. Pero cuando me levanté, con el culo aún húmedo, con el alma rota y rearmada, supe que nunca más caminaría sin recordar el sonido de sus tacones. Ni el sabor de su suela. Ni el peso de su dominio.
Porque yo ya no soy mío. Soy de sus zapatos. Y de nada más.
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