El Tacón de la Noche
La primera vez que lo vi, estaba parado junto a la barra del *Cielo Oscuro*, ese antro de Medellín que solo abre después de la medianoche y donde el humo no es de cigarro, sino de algo más espeso, más lento, como si el aire mismo se hubiera puesto a jalar bocanada. Llevaba botas negras, pulidas como espejos, y un vestido rojo que no sé si era de seda o de sudor. Pero lo que me atrapó —lo que me dejó clavado en el taburete como si el piso me hubiera tragado— fue el taconeo. Cada paso era un latido. No caminaba: marcaba territorio. Y yo, sin saberlo, ya era suyo.
Se sentó frente a mí, sin pedir permiso. Me miró con esos ojos que no piden, que exigen. No dijo “hola”. Solo cruzó las piernas y dejó que el tacón derecho se balanceara, colgando del pie como una amenaza. Yo tragué, aunque no tenía nada en la boca. Pero ya se me había parado el pito, allá abajo, como si supiera antes que yo que esa noche no iba a terminar en silencio.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, sin sonreír.
—Me gusta lo que no veo —le respondí, bajito, jugando—. Pero lo que imagino me tiene el alma en vilo.
Ella soltó una risa corta, seca, como un latigazo. Y entonces, sin más, se quitó el zapato. Con el pie desnudo, me rozó la entrepierna. Fue apenas un roce, pero sentí como si me hubiera mordido.
—Te voy a contar algo —dijo, bajando la voz—. Yo no me excito con caricias, ni con palabras bonitas. Me excito cuando alguien se somete al ritmo de mi pie. Cuando siente que el tacón es más que un adorno. Que es un mando.
No supe qué responder. Solo asentí. Y ella, con esa lentitud que solo tienen las mujeres que saben el poder que tienen, se puso de pie, dio una vuelta alrededor de mi silla y, sin aviso, puso su pie sobre mi regazo. El tacón apuntaba directo a mi entrepierna. No me atreví a moverme.
—¿Te late el corazón, pendejo? —me dijo, casi susurrando en mi oído—. Porque yo siento cómo te crece el pito bajo mi suela.
Asentí de nuevo, con los dientes apretados. No quería que parara. No quería que empezara. Quería que me partiera en dos con ese tacón de aguja.
—Esta noche —continuó— vas a hacer algo que nunca has hecho. Vas a lamer mi tacón. No mi pie, no mi tobillo. El tacón. Y lo vas a hacer lento, como si fuera lo más sagrado que has tocado en tu vida.
Sentí un calor que me subía desde el culo hasta la nuca. No era solo lujuria. Era devoción. Como si me estuvieran iniciando en un culto antiguo, donde el poder no se grita, se calza.
—¿Y si no lo hago bien? —pregunté, temblando.
—Entonces te dejo aquí, con el pito parado y el alma rota —respondió—. Pero si lo haces como debe ser… te dejo probar el pie entero después.
No lo pensé más. Me arrodillé frente a ella, allí mismo, en medio del club, con la música de fondo como un latido sordo. Ella alzó la pierna derecha, firme, y me mostró el tacón. Negro, brillante, con un pequeño arañazo en la base, como si ya hubiera marcado a otros. Lo tomé con cuidado, como si fuera un relicario. Y empecé.
Primero con la punta de la lengua. Lento. Como si probara vino. El sabor era raro: cuero, sudor, noche. Pero me encendió. Seguí, con más ansias, lamiendo la suela, el talón, el borde donde el metal se clava en la piel. Ella gemía bajito, sin moverse, solo con la respiración que se le iba acortando.
—Así… así —dijo—. Como si te fuera la vida en cada lamida.
Y yo, que nunca me había sentido tan vivo, seguí. Hasta que me detuvo.
—Ya —dijo—. Ahora el otro.
Levanté la mirada. No era una orden. Era un desafío. Y yo, que ya no era yo, obedecí. El segundo zapato fue distinto. Más intenso. Más mío. Esta vez lamí con hambre, con devoción, con miedo. Porque ya entendía: no era solo un fetichismo. Era una entrega. Y yo, de rodillas, le estaba entregando más que mi boca.
Cuando terminé, ella me agarró del cabello y me alzó la cara.
—Te voy a dar tu recompensa —dijo—. Pero primero, quiero que me digas qué sentiste.
Respiré hondo. No quería fallarle.
—Sentí que el poder no está en el que da órdenes —le dije—. Está en el que los recibe y los convierte en adoración. Sentí que tu tacón era más que cuero. Era un altar. Y yo… yo vine a confesarme.
Ella sonrió. Por primera vez, de verdad.
—Sube —dijo—. Vamos a un cuarto.
No pregunté cuál. No importaba. La seguí como un perro fiel, con el alma temblando y el pito que no cabía en el pantalón. El cuarto era pequeño, oscuro, con una cama de hierro forjado y una ventana que daba al valle. Ella se sentó al borde, con los zapatos en la mano.
—Quítame el otro —ordenó.
Lo hice. Y luego, sin que me dijera nada, me arrodillé de nuevo. Pero esta vez, no fue el tacón. Fue el pie entero. Blanco, con una vena azul corriendo por el empeine, el talón un poco áspero, los dedos largos, con una uña pintada de rojo oscuro. Lo tomé con la boca, con devoción, y empecé a mamar como si fuera un consuelo.
Ella gemía más fuerte ahora, se aferraba a la cama, movía las caderas sin control.
—Sí… así… como si fuera tu puta boca hecha para esto —decía.
Y tal vez lo era. Tal vez yo nací para adorar un pie con tacón, para lamer suela como si fuera hostia. No lo sé. Solo sé que cuando ella me jaló del cabello y me metió la mano en el pantalón, sentí que me corría sin siquiera tocarme. Solo con el calor de su mano, con su voz que me decía:
—Eres mío. Desde que pusiste la lengua en mi tacón, ya no eres tuyo.
Y no lo era. Y no lo soy.
Ahora, cada noche, antes de dormir, saco un par de zapatos negros que guardo bajo la cama. No los uso. Los miro. Y a veces, si el deseo es muy fuerte, me arrodillo y los beso. Porque no necesito tenerla aquí para saber que su sombra está en cada tacón, en cada paso que no da, en cada silencio que marca el ritmo de mi sangre.
Y si algún día vuelve, no me pedirá nada. Solo dejará el zapato en el suelo. Y yo, como un fiel devoto, sabré qué hacer.
Porque el verdadero poder no está en el que domina. Está en el que se entrega. Y yo, de rodillas, soy más libre que nunca.
¿Te ha gustado? Valóralo