El sonido de tu voz en mi piel
6 minEl sonido de tu voz en mi piel
La primera vez que hablé con Mateo fue por una llamada perdida. No respondí, supuse que era un error. Pero al día siguiente, un mensaje: *Hola. Perdón por el callado. Soy nuevo en la ciudad y buscaba alguien que me hablara de cosas que no sean trabajo o tráfico.*
Nunca fui de apps de citas. Me gustan los rostros reales, el olor a piel sin perfumes fuertes, el tacto que se aprende por experiencia, no por perfil. Pero algo en su mensaje me detuvo. Su escritura tenía pausas, como si pensara en voz alta mientras escribía. Y el *callado*… no sonaba como error, sino como una confesión.
Respondí: *¿Qué cosas te gustaría hablar?*
Nos hablamos tres horas ese día. De libros que nadie lee ya, de recuerdos de infancia que nos hicieron reír sin razón, de cómo el frío se mete en los huesos en ciertos días de invierno. Cuando pregunté: *¿Y qué te gusta de la gente?*, él tardó unos segundos. Luego escribió: *Que no sepa bien lo que van a decir antes de abrir la boca.*
Así fue como, sin vernos, nos hicimos cómplices.
Las llamadas se volvieron rutina. A veces por la mañana, mientras yo tomaba café en la terraza; otras, al atardecer, cuando el sol se deshacía en dorado sobre el edificio de enfrente. No contábamos los días, pero sentía que él estaba ahí, presente aunque estuviera a mil kilómetros.
Había una calidad en su voz: profunda, ligeramente ronca, con un tono que parecía deslizarse por la línea telefónica como un hilo de miel tibio. Me gustaba escucharlo respirar antes de hablar, como si cada palabra fuera un acto de confianza.
—¿Te gusta el silencio? —me preguntó una noche, después de que el silencio entre nosotros se volviera denso y cálido.
—Me gusta cuando no duele —respondí, mirando el reloj. Eran las once y media, hora de él.
—Entonces, déjame que este no duela —dijo, y escuché el suave *click* de su vaso sobre una mesa de madera. Me imaginé su habitación: paredes claras, una lámpara de pie cerca de una ventana, la luz tenue.
—¿Y si te digo que me gusta más escucharte callado que hablar? —pregunté, bajando la voz como si lo hiciéramos en persona.
Una pausa larga. Larga de verdad. Tan larga que creí que la línea se había cortado.
—Entonces te voy a pedir algo —dijo, y su respiración cambió. Más profunda. Más lenta. Como si estuviera decidiendo cómo acercarse.
—¿Sí?
—Cierra los ojos.
No dudé.
—Ahora, no hables. Solo escucha.
Escuché su respiración, primero distante, como si estuviera lejos. Luego, un leve movimiento de silla. El sonido de un pantalón que se mueve. Y entonces, su voz, más cerca:
—Imagina que estoy sentado frente a ti. Que no hay teléfonos, ni pantallas, ni distancias. Solo tú, tus manos sobre las rodillas, y yo, con las mías apoyadas en los muslos, como si estuviera por sentarme más cerca.
Me pasé la lengua por los labios.
—¿Y ahora qué? —susurré.
—Ahora, respira conmigo. Inhala… exhala… inhala… exhala…
Lo hice. No porque me lo pidiera, sino porque sentía que era lo único que quería hacer. Cada aire que entraba parecía traer su olor, como si el recuerdo de su presencia ya hubiera comenzado a instalarse en mis sentidos.
—¿Sientes que estoy aquí? —preguntó.
—Sí —respondí, y no sabía si lo decía por creerlo o por desearlo con fuerza.
—Entonces, levanta una mano. La que más te guste. —La levanté.— Ahora, imagina que esa mano está en mi pecho. Que sientes el latido bajo la piel, que late más fuerte porque sabe que tú estás ahí, aunque no lo veas.
Me pasé los dedos por el cuello, siguiendo la línea de la yugular. Sentí el pulso, rápido, como si alguien me hubiera susurrado un secreto que solo yo debía guardar.
—¿Y si te digo que ahora es mi mano la que está sobre tu pecho? —dijo, y esta vez su voz era un susurro apenas audible, como si estuviera hablando muy cerca del micrófono, o de mi oreja.
Sentí una calidez en el centro del pecho, como si su palma real estuviera allí. No fue imaginación. Fue algo más profundo. Algo que nacía de la confianza, de las horas compartidas, de la forma en que cada palabra había ido tejiendo un puente invisible.
—¿Qué sientes? —preguntó.
—Que no es solo voz. Que es piel. Que es calor. Que es… mío, pero también tuyo.
Una risa suave, contenta.
—Entonces, ¿y si ahora no usamos más palabras? Solo respiraciones. Solo imaginación. Solo… tú y yo, en silencio, pero juntos.
No dije nada. Solo respiré. Lento. Profundo.
Escuché su respiración igual, sincronizada, como si hubiéramos aprendido a hacerlo sin saberlo.
Y entonces, una pausa. Pequeña. Pero diferente.
—¿Puedo… tocarte? —dijo, y en su voz hubo una duda que me conmovió. Como si cada palabra fuera un paso en la cuerda floja.
—Sí —susurré.
—¿Dónde? —preguntó.
—Donde quieras. Pero… no rápido.
—Nunca rápido.
Escuché el sonido de su mano moviéndose. No sabía si se estaba quitando la camisa, si se acariciaba el abdomen, si bajaba despacio…
—Yo me imagino que tus dedos están en mis muslos —dije—. Que suben despacio. Que no tienen prisa. Que saben que hay un camino que recorrer.
—¿Y qué sientes cuando suben?
—Calor. Una especie de hormigueo. Como si supieran exactamente dónde me hace falta.
—Entonces, ¿y si ahora los muevo hacia arriba? —dijo, y su respiración se volvió más corta, más cálida.
—Sí —susurré—. Pero no hasta el cuello. No aún.
—¿Por qué no?
—Porque quiero sentir primero lo que pasa en el centro del pecho, cuando tus manos pasan por ahí.
Una risa contenida.
—Estás poniendo reglas, ¿sabías? —dijo.
—Tú también —respondí—. Me pediste que respirara contigo. Eso fue una regla.
—Entonces, ¿aceptas las reglas?
—Sí. Si las haces con cuidado.
—Entonces, ahora… —dijo, y su voz se volvió más grave, más lenta—. Ahora subo las manos. Las paso por el costado del pecho. Hasta los hombros. Y ahora… las apoyo en tu cuello.
Sentí el pulso de nuevo. Más fuerte.
—¿Y ahora qué? —pregunté, con la voz rota por el deseo contenido.
—Ahora… —dijo—. Ahora te beso. Lento. Con los labios cerrados. Solo el roce. Como si fuera el primer beso que te dan después de mucho tiempo sin besar.
Y entonces, en silencio, me imaginé su boca. Cálida, suave. Sus labios sobre los míos, sin prisa, como si no hubiera nada más que hacer en el mundo.
—¿Me sientes? —preguntó, y su voz era un hilo que me arrastraba.
—Sí —susurré—. Te siento.
—Entonces, cierra los ojos otra vez. Y dime: ¿dónde estás ahora?
—En tu habitación —respondí—. Sentada en tu cama. Con tu camisa desabotonada. Y tú… sentado a mi lado.
Una pausa. Larga.
—Entonces, ¿me permites acercarme? —preguntó.
—Sí —dije—. Pero no me toques aún. Solo acércate.
—¿Qué quieres que haga?
—Que me des un beso en la nuca. Lento. Que sienta tu aliento antes de que tus labios me toquen.
Escuché su respiración acercarse.
—Aquí estoy —susurró.
Y sentí el calor de su aliento en la nuca.
Luego, su boca.
Y fue tan real, tan suave, tan lento, que cerré los ojos y dejé que el mundo se desvaneciera.
Solo quedábamos nosotros.
Dos cuerpos que no se habían tocado, pero que ya se conocían.
Y en ese silencio compartido, supe que no era virtual.
Era real.
Porque el deseo no vive en la distancia.
Vive en la forma en que respiras cuando alguien te dice *te quiero*.
Y Mateo me lo había dicho.
Sin decirlo.
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