El Sabor del Vino y la Memoria
7 minEl Sabor del Vino y la Memoria
La tarde caía suave sobre el barrio de Palermo, dorada y lenta como un trago de Malbec envejecido en copa de cristal. En el balcón del viejo edificio de Santa Fe, con sus rejas forjadas y el sol que aún acariciaba los tejados, estaban los dos: Daniel y Raúl. No se hablaban desde hacía diecisiete años —ni una palabra, ni un gesto—, pero ahí estaban, frente a frente, como si el tiempo hubiera esperado su turno para seguir corriendo.
Daniel, sesenta y dos, con el pelo cano recortado en sutil remolino sobre las sienes, los hombros anchos que el tiempo no había desdibujado, sino apenas templado, como el acero que se deja en el fuego y luego se templó con paciencia. Su mirada, de color avellana oscuro, tenía esa luz tranquila de quien ya no necesita demostrar nada, pero sí recordar. Raúl, cinco años menor, más delgado, con las manos que habían tocado más ladrillos que teclas de piano, pero que aún conservaban la suavidad de quien sabe de maderas y matices. Tenía una cicatriz casi invisible en la mejilla izquierda, de un accidente en moto en los ochenta, y una sonrisa que ahora, tras tanto silencio, era un acto de valentía.
—Vení —dijo Daniel, y abrió la puerta del balcón con un movimiento lento, como si temiera que el aire la cerrara de nuevo.— Acá afuera se siente mejor el viento.
Raúl asintió. Subió los peldaños de madera con paso firme, pero no apresurado, como quien sube una escalera que conoce desde niño, aunque ya no la suba desde hace mucho. Llevaba una camisa blanca abierta hasta el ombligo, y debajo, la piel morena y ligeramente arrugada en los pezones, como si el sol y los años hubieran dejado su huella sin apuro.
—Me acordé de vos enseguida —dijo Raúl, sentándose en una silla de teca—. No con nostalgia, no. Con… curiosidad.
Daniel le sirvió un vaso de Malbec, oscuro como una promesa hecha en voz baja. Lo puso frente a él, sin mirarle directamente. Se sentó en la otra silla, con las piernas separadas, las manos entrelazadas sobre las rodillas.
—También yo —respondió, por fin lo miró—. Pero no sabía si venías.
—Sí vine. Pero primero vine a mirarte desde la calle. Por si habías cambiado demasiado.
Daniel soltó una risa seca, corta, pero auténtica.
—Todavía tenés esa mirada de Quién soy para decirte qué hacer.
—Sí —admitió Raúl—. Pero también la de Quién me dejó ir sin pedirme nada.
El silencio se instaló entonces, pero no fue incómodo. Fue un silencio de lana gruesa, acogedora, que envolvió el calor del atardecer. En la calle, un colectivo pasó con su rumor familiar, y el olor a jazmín y a pan recién horneado entró por la puerta entreabierta.
—¿Te acordás de aquella noche en la terraza de Belgrano? —preguntó Raúl, tomando un sorbo de vino.
—Claro que me acuerdo. Llovía a cántaros, pero vos dijiste: “Si no salimos ahora, nos vamos a arrepentir toda la vida”. Y salimos. Con los pies descalzos, la ropa mojada, y vos me decías: “Esto es una locura, pero es la mejor locura que tuve”.
—Y me dijiste: “Si esto es una locura, que me joda la vida si no me la cambio por ella”.
Raúl lo miró con los ojos brillantes, y por un instante, Daniel vio al joven de veinticinco años que había dejado atrás, con su risa descarada y sus manos temblorosas.
—No fue una locura, Raúl. Fue un adiós.
—Sí —asintió Raúl, bajando la vista—. Pero también fue un comienzo.
Daniel se levantó, y caminó hasta el fondo del balcón, donde había una tina de madera vieja, con agua tibia y pétalos de rosas marchitas. Se sentó con lentitud, como si el cuerpo lo avisara antes de moverse. Se desabotonó la camisa hasta la cintura, y dejó que el viento acariciara su pecho, cubierto de vello grisáceo, los pezones oscuros y erguidos por el frescor del aire.
—¿Te acordás de cómo te gustaba cuando te tocaba ahí, en el hombro, antes de besaros?
—Sí —dijo Raúl, y se levantó también. Se acercó, sin apuro, como quien se acerca a una fogata que sabe que no lo va a quemar, pero que lo va a calentar de todos modos.
Daniel extendió una mano, y Raúl la tomó. La palma de Daniel estaba seca, firme, con las venas marcadas, pero no débiles. Las entrelazó, y Raúl giró su cuerpo hasta quedar de lado, con la espalda apoyada en el balcón, y Daniel frente a él, los muslos casi tocándose.
—¿Seguro que querés esto? —preguntó Daniel, con voz baja, pero sin duda.
—Yo vine por esto, Emilio —respondió Raúl, y lo llamó así, por su nombre de soltero, el que usaba cuando aún no se había ido—. Por esto y por vos.
Daniel asintió, y lentamente, como si desempolvara un recuerdo, se inclinó hacia adelante. Su nariz rozó la de Raúl, luego sus labios, secos y cálidos, se abrieron sobre los de él. El beso no fue una explosión, sino una caricia lenta, con sabor a vino y a tiempo. Raúl suspiró, y Daniel le pasó la lengua por el labio inferior, invitando, prometiendo.
Se separaron apenas un centímetro, y Daniel lo miró a los ojos, con una sonrisa casi tímida.
—¿Te acordás de cómo me decís cuando estás a punto de…?
—Garcháme —dijo Raúl, con una voz ronca que ni él reconocía.
Daniel asintió, y soltó su mano. Con dedos lentos, desabotonó la camisa de Raúl, y la apartó, dejando al descubierto su pecho, con los pezones oscuros y erguidos, y el vello grisáceo que brillaba con la luz del sol que aún quedaba. Raúl dejó que Daniel lo tocara, primero con la yema de los dedos, luego con la palma, pasando por el vientre, bajando hasta la bragueta de su pantalón.
—¿Querés que te saque esto? —preguntó Daniel, con los ojos clavados en los de Raúl.
—Sí —gimió Raúl, y se inclinó hacia atrás, dejando que Daniel lo ayudara a quitarse la camisa por completo.
Daniel se puso de pie, y se desabrochó el cinturón, bajando lentamente la cremallera. Raúl lo observó, sin prisa, como si quisiera grabar cada gesto, cada arruga, cada pliegue de su cuerpo. Cuando Daniel se quitó la camisa, dejando al descubierto su torso, Raúl notó la cicatriz pequeña en su costado, de una apendicitis de juventud, y la curva suave de su vientre, marcada por los años, pero no decaída.
—Volvé a tocarme —dijo Raúl, y tomó la mano de Daniel, llevándosela al propio pecho.
Daniel lo miró, y entonces lo besó de nuevo, con más fuerza, con más ansiedad, como si el tiempo que habían perdido quisiera recuperarse en ese instante. Raúl gimió, y se apartó apenas, para decirle:
—Dame tu boca.
Daniel lo hizo. Se inclinó, y con la lengua, trazó un camino desde su cuello, bajando por el pecho, pasando por el ombligo, hasta la bragueta de su pantalón. Raúl se estremeció, y ayudó a Daniel a quitárselo. Quedó en calzones, el bulto marcado, urgente.
Daniel se arrodilló frente a él, y con la punta de los dedos, rozó el tejido, luego lo bajó con lentitud, como si fuera un velo sagrado. Raúl se sintió expuesto, pero no vulnerable. Se sintió deseado, como en los viejos tiempos.
Daniel lo miró, y luego lo tomó en la mano, firme, con el pulgar pasando por el glande, ya húmedo. Raúl cerró los ojos, y soltó un gemido bajo, ahogado.
—Decime qué querés —dijo Daniel, sin dejar de acariciarlo.
—Quiero que me garchés —respondió Raúl, con los ojos cerrados—. Quiero que me tomes como antes.
Daniel sonrió, y se puso de pie, y lo tomó de la mano.
—Vení.
Lo condujo al interior del apartamento, hacia la habitación, donde la luz ya era tenue, y el aire olía a madera y a lavanda. Daniel lo sentó en la cama, y se quitó la camisa, los pantalones, las medias, todo con calma, sin prisa, como si cada prenda fuera un recuerdo que quería dejar caer con respeto.
Se subió a la c
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