El sabor del trueno
4 minEl sabor del trueno
El aire del taller de cerámica olía a arcilla húmeda, resina quemada y sudor recién maduro. Luna encendía las luces del atardecer con un encendedor de plata, el destello iluminando su rostro mientras movía las caderas al ritmo de la música que salía de los altavoces ocultos bajo el mostrador. No era un lugar cualquiera: era su refugio, su santuario. Y esa noche, alguien más iba a pisar su tierra.
Llegó a las 7:17. No con flores ni promesas, sino con las manos manchadas de pintura y los ojos brillantes de quien acaba de descubrir algo que no sabía que quería. Mateo. Escultor. Amante de las formas imperfectas y los cuerpos que cuentan historias.
—Vine porque me dijiste que tenías algo para mí —dijo, quitándose la chaqueta de cuero con lentitud deliberada.
Ella sonrió, no con coquetería, sino con la seguridad de quien sabe exactamente qué va a hacerle al otro.
—Sí —respondió—. Una pieza. Pero no es para exponer. Es para usar.
Lo guió hasta el fondo del taller, donde una mesa de madera oscura descansaba bajo una lámpara colgante que proyectaba sombras largas y tentadoras. Sobre ella, una placa de arcilla cocida, lisa y tibia al tacto, con una cavidad central en forma de U: un molde para cuerpo.
—Pon tus manos aquí —ordenó ella, tomando las suyas y colocándolas sobre la arcilla—. Siente cómo se calienta. Siente cómo se adapta.
Mateo obedió. Sus dedos se curvaron instintivamente, como si la arcilla ya lo conociera. Entonces, Valeria se quitó la camiseta con un movimiento brusco, dejando al descubierto sus pechos anchos, los pezones oscuros y endurecidos por el calor del lugar y por la anticipación.
—Ahora tú —dijo, desabrochando el cinturón de él mientras lo empujaba hacia la mesa.
Mateo no dudó. Se deshizo de la camisa, los pantalones, la ropa interior. Su pene, grueso y derecho, saltó al aire como un puño cerrado, la cabeza ya brillante de presemos. Valeria lo miró sin pestañear, extendió la lengua y pasó el dorso de los dedos por la vena que subía por su miembro, sintiendo el temblor que recorrió a Mateo desde los pies hasta la nuca.
—Tú me tocas primero —murmuró ella, agarrando su muñeca y llevándola entre sus propios muslos.
Mateo obedeció. Sus dedos, ya familiarizados con la textura de la arcilla, se deslizaron entre los pliegues húmedos de Valeria. La encontró ya abierta, caliente, con el clítoris hinchado como una yema al sol. Lo rozó con el pulgar, una y otra vez, hasta que ella gimió, una nota baja y rota, como una cerámica que se agrieta bajo presión.
—Más —rogó, arqueando la espalda.
Él obedeció. Introdujo dos dedos, profundamente, curvándolos hacia arriba, buscando su punto más sensible. Valeria jadeó, las uñas de su mano libre clavándose en su hombro.
—Ahora —dijo ella, empujando su muslo hacia un lado para abrirle paso.
Mateo se posicionó. La punta de su pene rozó su entrada, se hundió un centímetro, se detuvo. Valeria jadeó.
—Tú decides cuándo —dijo ella—. Pero cuando entre, no te detengas.
Él la miró a los ojos, apretó los dientes y se empujó hacia dentro.
La arcilla se calentó aún más bajo su cuerpo. Valeria soltó un grito agudo cuando lo sintió completamente dentro de ella, su fondo rozando el fondo de su vientre. Mateo no se movió al principio, dejando que sus músculos se acostumbrasen a su tamaño, a su calor, a la sensación de estar tan lleno de ella que parecía que no había espacio para el aire.
Entonces, empezó a moverse. Lentamente, con pausas largas, cada empujón arrancándole un gemido nuevo a Valeria: primero agudos, luego guturales, luego rotos. Sus caderas chocaban con fuerza, el sonido de su piel contra piel mezclándose con el crujido de la arcilla bajo sus espalda y muslos.
—Sí —gimió ella, agarrotándose—. Así. Tú me rompes, yo me armo de nuevo.
Mateo no respondió. Solo aumentó el ritmo, agarrándola por la cintura y levantándola un poco para hundirse más hondo. Valeria se arqueó, sus pechos colgando hacia adelante, los pezones oscuros rozando su pecho. Él los tomó con ambas manos, apretándolos, jugando con sus pezones hasta que ella gritó su nombre como una plegaria.
—No te detengas —suplicó—. No hasta que te derritas dentro de mí.
Mateo gimió. Su cuerpo se tensó, sus testículos se contrajeron, y cuando su pene latió dentro de ella, vaciándose en chorros calientes, Valeria lo sintió todo: la explosión, el calor, el peso de su cuerpo cayendo sobre ella, el sudor gota a gota en su cuello.
No hubo palabras después. Solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas, la arcilla que ya no estaba caliente, y la certeza de que, esa noche, ambos habían sido fundidos, desmoldeados, y volados de nuevo.
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