El sabor del tiempo
10 minEl sabor del tiempo
La lluvia golpeaba con fuerza las ventanas del club subterráneo *La Hora del Lobo*, un espacio íntimo y oscuro en el centro de la ciudad donde la luz se filtraba apenas por luces rojas y círculos de humo. No era un lugar para verse por accidente: se entraba por una puerta sin rótulo, tras una cortina de perlas de plástico, y se descendía una escalera estrecha hasta un local en pendiente donde el aire olía a cuero viejo, whisky y sudor seco. Era allí donde Valeria, de veintitrés años, lo vio por primera vez.
Ella había ido con una amiga que juraba que conocería a “alguien interesante”. Valeria, con un vestido negro ceñido que dejaba al descubierto los hombros y la espalda, se había limitado a observar desde su taburete, jugando con el hielo en su copa de gin tonic. No creyó en el concepto de destino, ni en miradas que atraviesan el tiempo. Solo creía en el impulso, en lo que le decía el cuerpo cuando el cerebro aún dudaba.
Él estaba sentado a tres metros, en una banca de cuero negro, con las piernas separadas y las manos cruzadas sobre la mesa. Tenía cincuenta y un años, según le dijo más tarde, y eso se notaba en la curva de sus párpados, en la red de venas azules que cruzaban sus sienes, en el gris plateado que empezaba a dominar el vello pecho y en la forma en que se movía: con la lentitud calculada de quien ya ha hecho todo, o casi todo, y ahora solo selecciona.
Su nombre era Daniel. Llevaba una camisa blanca abierta hasta el ombligo, sin chaqueta, sin reloj. Solo una cadena de plata fina, casi invisible, que desaparecía bajo la tela. Cuando su mirada se encontró con la de Valeria —no una mirada de inspección, ni de evaluación, sino de reconocimiento—, no apartó los ojos. No sonrió. Solo asintió, casi imperceptiblemente, como si hubiera estado esperándola.
—¿Te gustan las historias de relojes? —le preguntó cuando ella se acercó, sentándose al lado de su amiga sin pedir permiso, como si ya perteneciera allí.
—No mucho —respondió Valeria, inclinándose hacia adelante, dejando que el escote se abriera como un pétalo—. Prefiero los que se rompen solos.
Él rió, bajo, grave. Una risa que no necesitaba volumen para llenar el espacio entre ellos. Le tendió la copa vacía.
—¿Otra? —preguntó.
—Con hielo. Y un poco más de ginebra.
No hubo coqueteo excesivo, no hubo juegos de palabras dobles ni miradas que se esquivaran. Solo una tensión constante, como una cuerda tensa entre dos poleas, lista para romperse con el menor descuido.
Daniel llamó al camarero y ordenó dos copas más. Luego, con la punta del dedo índice, trazó una línea lenta sobre la mesa de madera, desde su propio vaso hasta el de ella.
—¿Por qué hoy? —preguntó.
—Porque hace una semana que no me tocan —dijo ella, sin titubear—. Y cuando hace tanto que no tocan, el cuerpo se vuelve agresivo.
Él asintió otra vez, pero esta vez con más lentitud. Como si guardara esa frase en un cajón especial, para volver a ella más tarde.
—¿Agresivo cómo?
—Como ahora.
Valeria se puso de pie y le ofreció la mano. Él la tomó, sin fuerza excesiva, pero con firmeza, como si ya conociera el peso de su muñeca. La condujo hacia la salida, sin despedirse de su amiga, sin mirar atrás. La puerta de perlas se cerró tras ellos como un suspiro.
En la calle, la lluvia había cedido, pero el aire seguía húmedo, pegajoso. El semáforo parpadeaba en rojo y las sombras se alargaban sobre el asfalto mojado. Daniel no llevaba paraguas. Ella tampoco.
—Vivimos a siete cuadras —dijo él.
—Sé dónde vive —respondió Valeria, como si lo hubiera estado esperando desde que entró al club.
Él la miró, y esta vez sí sonrió. Una sonrisa que no llegó a los ojos, pero que sí a su boca, lenta y segura.
Subieron al auto: un Mercedes antiguo, color carbón, sin sistema de audio, sin decoraciones. Solo el olor a cuero, a papel quemado y a café fuerte. Ella se sentó en el asiento del copiloto, sin pedir permiso, y se quitó los tacones. Se los dejó en el suelo, como ofrenda.
—¿Tienes miedo? —preguntó él, poniendo el motor en marcha.
—No. Tengo curiosidad.
—¿De qué?
—De cómo se siente ser la primera mujer en mucho tiempo que te ve sin pensar en su edad.
Daniel giró la cabeza hacia ella, y por un instante, su expresión se volvió oscura, casi peligrosa.
—¿Y cuánto tiempo hace que no te acuestas con alguien que no sea mayor que tú?
—Tres años. Y sí, me asustaba. Pero ahora… —se inclinó hacia él, hasta que su aliento rozó su oreja—. Ahora me da igual quién me toque, mientras me haga sentir viva.
Él aceleró suavemente, y el auto se deslizó por las calles mojadas, como un río que no teme la corriente.
Su casa estaba en el último piso de un edificio de los años sesenta, con ventanas grandes que daban al río. El ascensor crujía como un hueso roto. Valeria, con las manos en los bolsillos, no dijo nada. Solo observaba sus manos, sus hombros, el modo en que su cuello se inclinaba al caminar.
La puerta se abrió con una llave que él sacó del bolsillo trasero. No hubo titubeo. No hubo “¿estás segura?”, ni “¿quieres entrar?”. Ella entró, dejando la chaqueta en el suelo, como si ya perteneciera allí.
El departamento era minimalista: paredes grises, suelo de madera clara, una cama baja en el centro, sin cabecera. Un escritorio antiguo con un typewriter en el rincón, y una estantería llena de libros de historia, filosofía, y poesía. Nada de fotos. Nada personal. Solo el silencio.
—Despacio —dijo él, mirándola con los ojos entrecerrados.
—No me gusta despacio.
—Entonces te gustará esto.
La tomó de la cintura, la atrajo hacia sí, y besó su cuello con la boca seca, con los dientes apenas rozando la piel. Valeria gimió, bajo, como un gemido que no quería ser escuchado, pero que él ya conocía.
Le quitó el vestido con una sola mano, tirando del hombro izquierdo hasta que el tejido se deslizó por su brazo y cayó al suelo. Su pecho se elevó con fuerza, los pezones duros ya en contra de la humedad del aire. Él no se apresuró. Se arrodilló frente a ella, sin soltarla, y con la punta de la lengua, trazó un círculo lento alrededor de su ombligo. Luego bajó más, arrastrando el dedo por el borde de sus calzones de seda negra.
—¿Te gusta que te toque así? —preguntó, sin levantar la vista.
—Sí —susurró ella, con la voz rota—. Pero no me gustan los calzones.
Él se los arrancó de un tirón. Se levantó, la giró, y la empujó contra la pared. Con una sola mano, le separó las piernas, y con la otra, desabrochó su propio pantalón. Valeria sintió el calor de su pene contra su espalda, grueso, endurecido, ya goteando preseminal.
—Dime cuánto tiempo hace que no te muerdes la lengua por no gritar —dijo él, empujando su entrepierna contra la suya.
—Hace una hora.
Él se giró, la tomó de la barbilla y la obligó a mirarlo. Sus ojos estaban oscuros, húmedos, hambrientos.
—Ahora no te morderás la lengua. Ahora gritarás todo.
La levantó como si fuera ligera, la colocó sobre la cama, y se arrastró hasta su centro. Con los dedos, separó sus labios vaginales, y observó cómo su clítoris palpitaba, hinchado, brillante. Se inclinó y lamió, una, dos, tres veces, sin pausa, sin pausa, con la lengua plana, firme, como si estuviera sacando un secreto de su piel.
Valeria arqueó la espalda, las uñas clavadas en el colchón. Gimió, una vez fuerte, antes de que él le tapara la boca con la mano.
—No —murmuró—. No así.
Y volvió a lamer, más fuerte, más hondo, introduciendo un dedo, luego dos, con una curvatura que buscaba su punto más sensible. Ella se estremeció, tembló, y cuando él añadió el tercero, ella gritó.
—Daniel.
—Dime tu nombre —exigió, retirando los dedos con un sonido húmedo y lento.
—Valeria.
—Valeria. ¿Quieres mi polla?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la boca. En la vagina. En la garganta. En cualquier parte que me deje.
Él se puso de pie, se quitó la camisa, y se deshizo de los pantalones. Quedó desnudo ante ella, con la piel morena, el vello castaño en la entrepierna, el pene grueso, tieso, la punta roja y brillante. Valeria se acercó, lo tomó con ambas manos, y lo llevó hasta sus labios.
Lo chupó con lentitud, con la lengua rozando el glande, con los dientes apenas rozando el borde del prepucio. Él se arqueó, soltó un gruñido, y la empujó hacia atrás con una suavidad que no dejaba lugar a la duda.
—No —dijo—. Ahora eres tú la que se come a la vieja.
La empujó de nuevo sobre la cama, se subió encima de ella, y con la punta de su polla, rozó su clítoris, luego su entrada. Ella lo empujó con las caderas.
—Entre. Ya.
Él se detuvo. La miró a los ojos.
—¿Estás mojada?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí. Joder, sí.
Él se introdujo en ella con una sola embestida lenta, profunda, hasta la raíz. Valeria gritó, no por el dolor, sino por la sensación de ser llena, de ser ocupada, de ser dominada por algo más grande, más antiguo, más sabio.
Él se mantuvo quieto, con la frente apoyada en su hombro, respirando su cuello.
—Tú eres joven —susurró—. Y yo soy viejo. Pero esta noche, no somos edades. Somos piel. Y humedad. Y respiraciones.
Empezó a moverse, con una cadencia pausada, con la cadera girando ligeramente para rozar su punto más interno. Valeria lo sentía todo: el roce de su vello pubiano contra el suyo, el peso de su pecho contra sus pechos, el sudor que les empapaba las espaldas.
—Más —suplicó.
—Dime qué más.
—Más fuerte. Más hondo. Más lento. Todo.
Él la giró boca abajo, le separó las nalgas con las manos, y entró en ella desde atrás, con una fuerza que hizo temblar el colchón. Valeria se aferró a la sábana, gritando, con los ojos cerrados, con el cuerpo temblando.
Él le agarró el pelo, tiró suavemente, y le mordió el hombro, sin llegar a romper la piel. Luego, con una mano, le frotó el clítoris, y con la otra, le masajeó la entrada, con los dedos húmedos y calientes.
—Voy a correrme en tu fondo —dijo, con la voz rota.
—Hazlo. Ya.
Él se agarró a sus caderas, y con una última embestida profunda, soltó un gruñido gutural, y su polla palpitó dentro de ella, expulsando la semilla con fuerza. Valeria lo sintió todo: el calor, la presión, el temblor que lo recorrió desde la nuca hasta los pies.
Se desplomó sobre ella, con el pecho pegado a su espalda, ambos sudados, jadeantes.
—¿Te duele? —preguntó él, acariciándole el pelo.
—No.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Quieres más?
—Sí.
—¿De qué manera?
—Dime tú.
Él se levantó, la tomó de la mano, y la llevó al baño. El agua caliente cayó sobre ellos como una lluvia tibia. Él le lavó el cuerpo con una esponja suave, le enjuagó el cabello, le masajeó la nuca.
—¿Te acuerdas de cómo te toqué? —preguntó, mientras le secaba con una toalla.
—Sí.
—¿Te acuerdas de cómo te hablé?
—Sí.
—¿Te acuerdas de cómo me sentí?
—Sí.
—Entonces no necesitamos más que esto.
Valeria lo miró, y por primera vez, no hubo curiosidad. Solo reconocimiento.
—¿Volveremos a hacerlo?
—Claro que sí.
—¿Cuándo?
—Mañana. A la misma hora.
Y ella sonrió, porque sabía que era cierto.
Porque él tenía cincuenta y un años, y ella veintitrés.
Y por alguna razón que el tiempo no explicaba, ambos sabían que eso no era un final. Era solo el principio.
¿Te ha gustado? Valóralo