El sabor del regreso
La ciudad se dormía entre humo de asfalto caliente y el zumbido cansado de los autos que huían del centro. En un departamento con balcón al quinto piso de una colonia que olía a tacos de suadero y a lluvia reciente, la luz del atardecer se colaba entre las cortinas mal cerradas, pintando rayas doradas sobre el piso de madera. Lucía se desabrochó el vestido sin prisa, dejándolo caer como una hoja seca al suelo. No lo miró, pero sabía que Diego estaba ahí, sentado en el sofá, con los ojos clavados en ella como si el tiempo no hubiera pasado. Y sin embargo, había pasado. Tres años, para ser exactos. Tres años de mensajes cortados, de fotos que se borraban solas, de noches que empezaban con su nombre en los labios y terminaban con el silencio.
—¿Y ahora sí piensas hablar? —dijo ella, sin voltear, mientras se quitaba el sostén con un movimiento lento, casi ceremonioso.
Diego no respondió. Solo se levantó, despacio, con esa manera suya de moverse como si el aire mismo se hiciera a un lado. Lucía sintió sus pasos desnudos sobre la madera, luego el calor de sus manos en sus hombros. Un escalofrío le recorrió la espalda. No por miedo, sino por reconocimiento. Como quien encuentra una canción que creyó olvidada.
—Todavía te conozco —dijo él, con voz ronca—. Aunque no te haya tocado en años, todavía sé cómo te estremeces cuando te toco aquí.
Sus dedos bajaron por su columna, trazando el camino que una vez memorizaron. Ella cerró los ojos. Sus pezones se endurecieron al instante, no por el frío, sino por el recuerdo. Diego siempre había tenido esa habilidad: despertar el cuerpo antes que el pensamiento.
—No vengas a jugar a que todo está bien —dijo ella, pero sin fuerza, como si ya se estuviera rindiendo.
—No estoy jugando —respondió él, acercando su boca a su nuca—. Vine a terminar lo que dejamos colgando.
Lucía se dio vuelta, lento. Lo miró de frente. Tenía el pelo más corto, la barba cuidada, pero los ojos eran los mismos: oscuros, hambrientos, con esa chispa que a ella le encendía las entrañas. Se acercó, lo tomó del cuello y lo besó. No fue un beso dulce, ni romántico. Fue un reencuentro de dientes y lengua, de urgencia, de rabia contenida. Sus cuerpos chocaron como si se reconocieran, como si nunca hubieran dejado de pertenecerse.
Diego la cargó como si no pesara, como si los años de distancia no hubieran existido, y la llevó a la recámara. La acostó sobre la cama, sin quitarle los ojos de encima. Ella se dejó mirar. Sabía que su cuerpo había cambiado: más curvas, más piel marcada por el sol, una cicatriz pequeña en la cadera de una caída en la playa de Cancún. Pero él no parecía notar diferencias. Para él, seguía siendo la misma Lucía que se reía desnuda bajo la regadera, la que gemía bajito cuando le mordía el lóbulo de la oreja.
—Déjame verte —dijo Diego, arrodillándose frente a la cama.
Ella se sentó al borde, abrió las piernas sin vergüenza. Diego se acercó, hundió el rostro entre sus muslos con un gemido contenido. Su lengua la encontró caliente, húmeda, lista. Lucía echó la cabeza hacia atrás. Nadie la había lamido como él. Nadie sabía cómo ella se estremecía cuando tocaba su clítoris con la punta, ni cómo se retorcía cuando bajaba hasta el perineo, lento, como si estuviera saboreando cada centímetro.
—Ah, Diego… —gimió, enterrando los dedos en su cabello—. Eso… justo así…
Él no se detuvo. Movía la lengua en círculos, luego en líneas rectas, alternando presión, velocidad. Sabía cuándo acelerar, cuándo detenerse. Y cuando ella ya jadeaba, cuando sus caderas se movían solas, él metió un dedo. Luego dos. Los dobló justo en el lugar que la hacía gritar.
—No pares… no pares… —rogó ella, con la voz quebrada.
Pero él sí paró. Se levantó, se quitó la camisa, los pantalones, los bóxers. Su verga estaba dura, gruesa, con una vena marcada que palpitaba. Lucía la tomó con la mano, la acarició de arriba abajo, sintiendo el calor, la humedad en la punta.
—Todavía te gusta —dijo él, con una sonrisa de lado.
—Todavía me encanta —respondió ella, y se la metió a la boca.
No fue suave. No fue dulce. Fue hambre. Lucía la tomó hasta el fondo, tragando, chupando, moviendo la cabeza con ritmo. Diego apretó los dientes, agarró el poste de la cama. Nadie le había chupado la verga como ella. Nadie le había hecho sentir que su polla era lo más importante en el mundo.
—Joder… Lucía… así… —gimió, con la voz quebrada.
Ella subía y bajaba, con la boca húmeda, los labios estirados. Lo tomaba entero, sin asco, con devoción. Y cuando sintió que él estaba cerca, que el cuerpo se le tensaba, que sus testículos se contraían, se detuvo. Lo miró, con los ojos brillantes, con la boca hinchada.
—¿Y ahora? —preguntó, con sorna.
—Ahora… —dijo él, respirando pesado—… te voy a coger como mereces.
La tomó de las piernas, la abrió más, y se hundió en ella de una sola embestida. Lucía gritó. No por dolor, sino por plenitud. Por fin. Por fin lo sentía dentro, llenándola, estirándola como si el cuerpo recordara cada grieta. Diego empezó a moverse, lento al principio, luego más fuerte, más rápido. Cada embestida la hacía gemir, cada vez más alto.
—Dime que es solo para mí —jadeó él, sin dejar de cogerla.
—Es solo para ti —respondió ella, con lágrimas en los ojos—. Siempre fue solo para ti.
Diego bajó la boca a uno de sus pezones, lo mordió, lo chupó. Luego siguió bajando, sin salir de ella, hasta que su boca volvió a su coño. Ahora, mientras la cogía, lamía su clítoris con furia. Lucía gritó, se corrió con fuerza, con espasmos que le recorrieron todo el cuerpo.
—¡Diego! ¡Sí, así!
Él no paró. Siguió moviéndose, follando y lamiendo, hasta que él también se vino, con un gruñido profundo, derramándose dentro de ella con calor, con furia contenida.
Se quedaron abrazados, sudados, sin hablar. El sol ya se había ido. La ciudad brillaba afuera, pero dentro, solo importaba el calor de sus cuerpos.
—No me vayas a dejar otra vez —dijo ella, bajito.
—No —respondió él—. Esta vez no.
¿Te ha gustado? Valóralo