El sabor del maíz recién arrancado

El sabor del maíz recién arrancado

@andres_rio ·9 de junio de 2026 · 🔥 4.5 (37) · 18 lecturas · 7 min de lectura

La luz del atardecer se deslizaba por la terraza de cemento de la casa de Xochitl, tibio y espeso como miel diluida en agua. El aire olía a tierra mojada, a albahaca marchita y a sudor antiguo. Xochitl, morena, con la piel dorada por el sol de Oaxaca y los ojos oscuros como semillas de chía hundidas en moco, estaba sentada en un banquito bajo, pelando ejotes. Tenía las manos manchadas de verde y los pies descalzos, con las uñas de los pies sucias de tierra y pintadas con esmalte negro descascarado. A su lado, sobre una silla plegable, descansaba una botella vacía de sidra, el cuello aún pegajoso de la última copa.

Entonces escuchó el ruido de las llantas sobre el terraplén polvoriento. El viejo pickup de metal oxidado se detuvo con un suspiro de frenos cansados. Él bajó: talludo, piel negra como el humo que sale de una fogata, cabello rizado y corto, cejas espesas que le daban un ceño permanente, aunque no estaba enojado. Se llamaba Kwame. Había llegado desde Tijuana a visitar a su prima, que vivía al otro lado del río. Xochitl lo conocía de vista, de esas fiestas de barrio donde todos se miran pero no se hablan, salvo para intercambiar un “¿qué tal?” rápido y un “pásala bien” sincero.

—¿Qué buscas, hombre? —dijo Xochitl sin levantar la vista, pero con la voz menos dura de lo que pretendía.

Kwame se limpió el sudor de la frente con la manga de la camisa. Llevaba puesta una playera gris, ajustada en el pecho, y jeans rotos en las rodillas. Se acercó, se detuvo a un metro, y el olor a jabón de palma y a sudor fresco le llegó a Xochitl como una ola.

—Busco agua. Y un poco de sombra. Mi prima me dijo que aquí había una llave del garrafón.

Ella soltó una carcajada seca, como piedras soltándose de un techado viejo.

—La llave no la tengo yo. Pero el garrafón está ahí, atrás. Y si te quedas, te ofrezco un chilacayote frío.

Él asintió, y fue como si el aire se espesara un poco más. Kwame fue hasta el corralón, regresó con el garrafón de vidrio, y se sentó junto a ella, sin tocarla, pero tan cerca que sus rodillas se rozaban. Se quedaron callados un rato, viendo cómo el sol se hundía tras las montañas, pintando el cielo de naranja y morado.

—¿Por qué no te vas a la ciudad? —preguntó Xochitl de golpe.

—Porque aquí el aire se come mejor. Porque aquí el maíz sabe a maíz, no a químico. Porque aquí no hay nadie que te mire raro si caminas descalzo.

Ella le dio un mordisco al chilacayote. La pulpa jugosa le explotó en la boca, dulce y fresca. Kwame la miró mientras comía, y Xochitl sintió esa mirada como una mano que le acariciaba la nuca.

—Tienes los labios rojos —dijo él, bajito.

—Como el pimiento asado —respondió ella, y se limpió la boca con el dorso de la mano.

Él no apartó la vista. La boca de Xochitl era ancha, los labios carnosos, y cuando hablaba, se movían con lentitud, como si cada palabra fuera un pétalo que se soltaba de una flor vieja.

—¿Te gustan los hombres negros? —preguntó él, sin vergüenza, sin prisa.

Ella lo miró de costado. Él tenía los ojos claros, casi amarillos, y la piel suave en las sienes, donde el vello no crecía tan denso.

—A mí me gustan los hombres que saben pelar un chilacayote sin que se les rompa la pulpa —dijo.

Kwame sonrió, por primera vez, y la sonrisa le abrió la cara, como si el sol hubiera entrado por la boca.

—Entonces quédate un rato. No me voy a comer tu chilacayote si no me lo ofreces.

Ella se levantó, dejó la cáscara en la mesa, y sin decir más, lo tomó de la muñeca. No con fuerza, pero con seguridad. Él la siguió sin dudar.

Dentro de la casa, el aire era más fresco, pero también más húmedo, como si la madera de las paredes estuviera sudando. Xochitl encendió una vela, una sola, y la dejó sobre la mesa de madera sin barniz. Las sombras saltaron como ranas en las paredes.

—Quítate la camisa —ordenó ella.

Él lo hizo sin prisa, y el pecho le quedó al descubierto: ancho, con pocos pelos, la piel morena con un brillo suave de aceite natural. Xochitl pasó los dedos por su esternón, despacio, y él inhaló hondo, como si le faltara aire. Ella bajó la mano, le desabrochó el cinturón, y bajó la cremallera de su jeans. Kwame respiró más fuerte, y sus manos temblaron apenas cuando ella tomó su verga a través del calzoncillo.

—No hay prisa —susurró ella.

—No hay prisa —repitió él, pero ya la tenía dura, pesada, hinchada, como un chiltepín maduro.

Ella se arrodilló frente a él, sin soltar la verga. Con la punta de los dedos, deslizó el calzoncillo hacia abajo, y su pene saltó hacia afuera, gordo, moreno, con el glande oscuro como una uva pasita. Xochitl lo miró como si fuera la primera vez que veía un pene —con curiosidad, con sed, con hambre— y luego abrió la boca.

Lo tomó entero, hasta la base, y lo chupó lento, con la lengua plana, presionando el glande con los dientes. Kwame soltó un gruñido, bajó una mano y le arrancó el huipil, dejándole los pechos al aire. Ella no lo detuvo. Siguió chupándolo, chupándolo, hasta que él le agarró la cabeza y la apartó.

—Quiero dentro de ti —dijo él, sin aliento.

Ella se levantó, se quitó el pantalón corto, y se puso frente a él, con las nalgas separadas, el culo pelado, las nalgas anchas y suaves, con la grieta oscura y húmeda ya. Kwame se arrodilló detrás de ella, le separó las nalgas con las manos, y con la punta de su verga, rozó su coño. Xochitl gimió, un gemido bajo, gutural, como el gruñido de un perro cuando le dan un hueso nuevo.

—Abre más —dijo él.

Ella separó los labios con los dedos, y él empujó. La verga entró de un golpe, hasta la base, y Xochitl soltó un grito, pero no de dolor, sino de sorpresa, de placer. Kwame se quedó quieto, con la frente pegada a su espalda, jadeando. Ella sintió el calor de su cuerpo, el peso de su verga, la dureza de sus muslos contra las suyas.

—Ya no te detengas —murmuró ella.

Él empezó a moverse. Golpeaba su culo con fuerza, cada embestida lo hundía hasta el fondo. Xochitl se agarró de la mesa, la cabeza gacha, los cabellos pegados al cuello por el sudor. Kwame la tomó de las caderas, le dio vuelta, y la levantó contra la pared. Ella le envolvió las piernas a la cintura, y él siguió metiéndole la verga, con fuerza, con furia, pero sin prisa. Como si cada golpe fuera un verso de una canción que no terminaba.

—Tú me chingas, ¿no? —le preguntó él, jadeando.

—Te chingo —respondió ella—. Chingo hasta que te duermas.

Kwame la besó. Le metió la lengua en la boca, y ella le mordió el labio, con suavidad, pero con intención. Él le sacudió las nalgas, le pellizcó los pechos, y le apretó el clítoris con el pulgar, sin soltar la verga, que seguía dentro, palpitando, caliente.

—Voy a correrte —dijo él.

—Corre. Que me inunde —respondió ella.

Él se llevó la mano al pene, lo frotó con fuerza, y empujó una última vez. Xochitl gritó, como si le hubieran clavado un alfiler en el coño, pero sin dolor, con placer. Kwame se corrió dentro de ella, con un gemido profundo, como el rugido de un trueno lejano. Se derritió sobre ella, la verga aún dura dentro, y ella lo abrazó, con los ojos cerrados, con las uñas hundidas en su espalda.

Cuando se separaron, Kwame se sentó en el suelo, con Xochitl sobre su regazo, la verga aún pegada a su coño, goteando leche blanca por las n

¿Qué tanto te calentó?

4.5 · 37 votos
Reportar
Compartir
@andres_rio

Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.

También en Interracial

Más de @andres_rio

Ver autor →