El sabor del chiltepín
6 minEl sabor del chiltepín
La habitación olía a café recién hecho y a humo de copal, esa mezcla mexicana que embriaga más que el alcohol. Lupe se quitó los tenis con un suspiro, se desató el pelo en una trenza suelta y se dejó caer en el sofá, descalza, con los pies hinchados del trabajo en el mercado de Coyoacán. Apenas había llegado, pero ya sabía que hoy no iba a ser un día cualquiera.
—¿Viste cómo me lo puso el carnicero? —le dijo a Nacho, que entraba con dos cervezas morenas en la mano—. Me dijo: “Mujer, ¿de qué sigues trabajando si ya le metiste el dedito al chile?”.
Nacho rió, sentándose a su lado, cerca, pero no demasiado. Apenas un roce de muslo con muslo, como quien deja que la tensión se cueza a fuego lento. Se tomó media cerveza de un trago, se limpió la boca con el dorso de la mano y la miró: fija, lenta, con esos ojos que ya habían visto más de lo que Lupe había atrevido a mostrarle.
—¿Te duele el chile? —preguntó, y en su voz no había burla, solo una pregunta que ya sabía la respuesta.
Lupe se llevó la mano al cuello, jugueteando con la cadenita de plata que llevaba. —Me duele todo. Pero sobre todo… —se inclinó hacia adelante, los senos le rozaron el muslo mientras se quitaba el suéter—… me duele que no me hayas chupado la lengua desde el viernes.
Nacho no respondió de inmediato. Se levantó, caminó hasta la cocina, regresó con un plato pequeño: chiles de árbol secos, un poco de sal, y una cucharada de pulpa de tamarindo. Se sentó frente a ella, entre sus piernas abiertas sin vergüenza, como si ya perteneciera ahí.
—Pues hoy te voy a chupar más que la lengua —dijo—. Te voy a chupar hasta que te olvides del sabor del chile.
Lupe no contestó. Solo se recostó, apoyó las manos en el respaldo del sofá y abrió las piernas más, invitándolo con el cuerpo.
Nacho se inclinó, primero le lamió el ombligo, con la punta de la lengua, lenta, como si lo probara. Luego bajó los botones del pantalón, se lo bajó con calma, y dejó salir su verga, tiesa y pesada, la punta húmeda ya, con esa gotita que se le formaba al pensar en chingar. No era gigante, pero era bien fornida, bien redonda, con los cojones duros como dos perlas bajo el escroto apretado.
—Mira cómo te espera —dijo, y le pasó la mano por el pene, apretando suavemente—. Ya sabe que hoy no es un día cualquiera.
Lupe le sonrió, le dio un beso en la punta de la nariz, y entonces se inclinó.
Primero le lamió el glande, con la lengua plana, deslizándola de abajo hacia arriba, recogiendo la humedad que ya estaba en la cabeza. Nacho soltó un gruñido, bajo, gutural, como un perro que está a punto de saltar. Lupe no se apresuró. Se pasó la lengua por los costados del pene, rozando el vello, luego bajó hasta los cojones, los chupó uno por uno, con suavidad, como si fueran dos huevos de chocolate recién sacados del congelador.
—Chingado… —murmuró Nacho, agarrándole el pelo, sin fuerza, pero sí con intención—. No me jodas aún… quiero que lo sientas todo.
Lupe asintió con la cabeza, le dio un beso en la base, y entonces lo tomó con la boca. Lo hundió hasta la mitad, solo hasta la mitad, y empezó a chupar, suave, pausado, con la lengua moviéndose en círculos alrededor del glande. Nacho cerró los ojos. Respiraba profundo, conteniéndose, pero no por mucho.
—Maldita… —dijo, y esta vez sí la empujó un poco más hacia abajo—. Más hondo, que te lo meta entero en la boca.
Lupe no esperó a que se lo pidiera dos veces. Lo tomó con la mano también, sujetándole los cojones con una mano, y con la otra lo acariciaba desde la base hasta la punta, mientras su boca se cerraba sobre él, hundiendo el pene hasta la garganta. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no por dolor, sino por el calor, por la intensidad de sentirlo allí, todo su peso, toda su forma, todo su sabor: salado, un poco ácido, con ese toque de hierbas que dejaba el jabón de hierbas de Oaxaca que usaba.
Chupaba, chupaba, con ritmo, con ganas, con el cuerpo de Lupe ya ardiendo, con los pechos apretados contra sus propios muslos, con el clítoris hinchado ya, golpeando contra el sofá cada vez que Nacho se estremecía.
—Ya no aguanto —dijo Nacho, y la sacó de su boca con cuidado, pero sin perder el ritmo—. Quiero que me chupes hasta que me corra en la boca.
Lupe asintió, se limpió la boca con el dorso de la mano, y se lo volvió a meter. Esta vez lo hizo con más fuerza, más fondo, hasta que sintió que le rozaba la epiglotis, hasta que sus ojos se humedecieron otra vez, y sus manos aferraron con fuerza los muslos de Nacho. Él le acariciaba la cabeza, le decía “sí, así, así”, y luego sus manos se cerraron con más fuerza, y su respiración se volvió entrecortada.
—¡Joder! —gritó—. ¡Me voy a correr, mija! ¡Me voy a correr en tu boca!
Lupe no se movió. Sigue chupando, sigue tragando, sigue trabajando con la lengua y la mano, hasta que sintió cómo el pene de Nacho se tensó, se hinchó más, y luego empezó a bombear.
Salió el primer chorro, caliente, espeso, como miel hirviendo, y Lupe lo tragó sin dudar, con un gruñido bajo, como una gata que acaba de cazar. Luego salió otro, y otro, más lentos, pero igual de intensos, hasta que Nacho se derritió, se dejó caer hacia atrás, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr la vuelta al lago de Chapultepec.
Lupe se sentó, se limpió la boca, y le sonrió.
—¿Te gustó? —le preguntó, con la voz un poco ronca.
—Chingaste… —dijo Nacho, y la tiró hacia él, le atravesó las piernas y le metió la lengua en la boca—. Me chingaste de primero.
Lupe rió contra sus labios, lo besó con fuerza, y luego se apartó para bajarse el pantalón. Se puso de cuclillas frente a él, le abrió las piernas, y se inclinó.
—Ahora te toca a ti —dijo—. Te voy a chupar el coño hasta que te olvides de cómo se llama tu mamá.
Y así lo hizo. Se lo chupó lento, con la lengua metiéndose dentro de su vagina, rozando el fondo, buscando el punto que le hacía arquear la espalda, que le hacía apretar los dientes, que le hacía soltar un gemido que sonaba como un llanto de gata en calor.
—Sí, ahí… ahí está —le decía Nacho, con la cabeza echada hacia atrás, las uñas clavadas en los cojines—. Ahí donde te late el corazón, chingada.
Y Lupe lo hacía, lo chupaba, lo lamía, lo chupaba, hasta que Nacho se corrió otra vez, más suave esta vez, pero igual de intenso, y se dejó caer sobre ella, con el aliento caliente en el cuello, y las manos temblando.
—Chingaste… —le dijo, por tercera vez—. Me chingaste de primero.
Y Lupe, con la boca aún llena de su sabor, le contestó: —Y de segundo. Y de tercero. Y hasta que se acabe el chile.
Fuera, en la calle, alguien pasaba con un carrito de elotes, cantando la canción vieja: *“¿Quieres un elote, mi vida?…”*
Pero en la habitación, solo existía el olor a sal, a humo, a sexo, y a México.
¿Qué tanto te calentó?
Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.