El Sabor del Chiltepín
9 minEl Sabor del Chiltepín
La casa de Valeria quedaba en un callejón tranquilo de Coyoacán, entre muros encalados con manchas de humedad y macetas de geranios rojos que sangraban color bajo el sol de mediados de junio. El aire olía a tierra mojada, café recién hecho y, más allá del portón de madera, a sudor salado y humedad de piel. Valeria tenía veintiséis años, piel morena con reflejos dorados bajo la luz del atardecer, caderas anchas que balanceaba con naturalidad al caminar, como si cada paso fuera un beso que se daba a la tierra. Llevaba una blusa blanca ajustada, semitransparente por el sudor, y una falda mina que le quedaba pegada a las nalgas como segunda piel. Tenía el pelo negro, suelto, con rizos desafiantes que le acariciaban la nuca. Y ojos verdes, intensos, que miraban sin pedir permiso.
Ese día, no esperaba a nadie. Pero cuando escuchó el campanillazo metálico del portón, supo que algo iba a cambiar.
—¿Valeria? —preguntó una voz grave, con un tono de voz que parecía venir del fondo del río, cálido y lento.
Ella abrió, y ahí estaba él: Diego. Alto, musculoso pero no exagerado, como el de una persona que trabaja con sus manos desde chico —albañil, con los hombros anchos y los brazos marcados por venas que se contraían con cada gesto. Su camisa azul estaba manchada de cal y sudor, y sus pantalones de trabajo le quedaban apretados en los muslos y la entrepierna, donde ya se notaba un bulto pronunciado. Tenía el pelo corto, oscuro, y una barba de tres días que le marcaba el mentón y las mandíbulas como un trazo de pincel. Su mirada era directa, sin disimulos, y cuando se detuvo en los ojos de Valeria, ella sintió un calorcito que le subió por la espina hasta la nuca.
—¿Vienes por el trabajo? —preguntó ella, con una sonrisa lenta, sabiendo que no era eso.
—Sí —respondió Diego, sin bajar la vista—. Pero no por lo que crees.
Ella rio, un río seco y rápido, con un brillo en la punta de la lengua.
—¿Y entonces por qué traes el overol puesta?
—Porque me lo quité encima de la banca del camión, y no me dio la gana volver a ponérmelo. Ya me bañé en la llave que hay en la esquina, pero el sudor me vuelve a pegar la camisa a la piel. Como a ti.
Valeria no negó. Se hizo a un lado y lo dejó entrar.
La casa era pequeña, pero con luz natural que entraba por la ventana del fondo. Había plantas por doquier, un sofá viejo, una mesa de madera con vasos de vidrio, y en una pared, una foto de ella con su abuela, sonriendo como si el mundo no les pudiera hacer daño.
—Siéntate si quieres —dijo ella—. Tengo agua, limonada o… lo que tú quieras.
—Agua —respondió él, ya con la camisa semiabierta y los puños echados atrás, mostrando los bíceps marcados—. Pero después, no.
Ella se acercó, se sentó frente a él, con las piernas cruzadas. Se notaba el olor a chile y a jabón de coco, y algo más: un aroma dulce, como miel quemada.
—¿Por qué viniste? —preguntó, sin reproche, con curiosidad real.
Diego la miró fijamente, sin pestañear, como si estuviera leyéndole la piel.
—Porque esta mañana, cuando pasé frente a tu casa con el camión, te vi asomarte al balcón con esa falda tan corta que se te subió hasta la mitad de las nalgas, y el sol te iluminaba la espalda como si fueras una diosa del calor. Y no pude dejar de pensar en cómo se vería esa piel mojada, con el agua corriendo por la curva de tu cintura, por tu culo, por tus tetas… —se detuvo un segundo—. Y en cómo se sentiría tu boca si la pusiera ahí, donde más quiero.
Valeria no se ruborizó. Solo se llevó una mano a la nuca, se levantó un poco el pelo, y sonrió.
—Pues ven, pero no te pongas nervioso. Yo ya sé qué quiero.
Se puso de pie, lo atrajo hacia sí con una mano en la nuca, y lo besó. Fue un beso lento, con lengua, con mordiscos, con saliva que se intercambiaba como si fueran dos ladrones que se reparten el botín. Él le acarició la cintura con las manos grandes, callosas, y luego bajó hasta las nalgas, apretándolas con fuerza, jalándola hacia sí. Ella sintió la verga dura contra su vientre, ya medio escondida bajo la tela de sus pantalones.
—Mierda —susurró él—. Ya me dices si no te pego.
—Pégame si te da la gana —respondió ella, mientras lo empujaba hacia el sofá—. Pero primero, quítate eso.
Diego obedeció. Se levantó, se desabotonó la camisa hasta el ombligo, y se la sacó por la cabeza. Quedó con el torso descubierto, piel morena, vello oscuro, músculos tensos y un par de tatuajes: una serpiente en el antebrazo izquierdo y una flor de naranjo en la clavícula derecha. No dijo nada. Solo se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera de su pantalón y lo bajó hasta las rodillas, sacándolo de un movimiento brusco. Quedó en calzoncillos boxers negros, y el bulto que había dentro ya era evidente, como una roca bajo tela.
Valeria se arrodilló frente a él. No esperó. Le agarró la entrepierna con ambas manos, sintió la tela húmeda y la verga caliente, dura como una barra de acero. Tiró de los boxers con un movimiento seco y bajo, dejando al descubierto el pene entero: grueso, de cabeza ancha, con un glande rojo oscuro y una prepucio que se retraía apenas al tocarlo. Una gota de líquido preseminal ya le brillaba en la punta.
—Chingada —murmuró Diego, con los ojos cerrados, la respiración cortada.
Ella no dijo nada. Solo metió la lengua, lenta, golosa, y pasó por toda la longitud de su verga, desde la base hasta la cabeza, recogiendo la humedad, saboreando el sabor salado y amargo. Luego lo tomó en su boca, hasta la base, y lo chupó con fuerza, con la mano apretando la corona, los dedos rozando sus testículos, ya colgando pesados y calientes.
Diego gimió, una queja profunda, como un perro que siente el olor de su dueña después de mucho tiempo. Le agarró la cabeza con ambas manos, pero no la empujó, no la forzó. Solo la sostuvo, como si fuera un regalo frágil.
—No te apures —le dijo, con la voz rota—. Quiero sentirte toda.
Ella lo soltó con un chupón húmedo, se puso de pie, y se desabrochó la blusa, dejándola caer al suelo. Quedó con un sostén de encaje negro, que apenas contenía sus tetas, redondas y firmes, con pezones duros como granos de chiltepín. Se quitó el sujetador con un movimiento rápido, y se inclinó hacia él, llevándose un pezón a la boca, chupándolo con fuerza, sintiendo cómo él tensaba los músculos del vientre.
—Estás hermosa —susurró él—. Como una reina del calor.
—Entonces quédate callado y chingame.
Diego no necesitó más. La tomó por la cintura, la levantó como si no pesara nada y la sentó en la mesa de madera, que crujió con el peso. Le separó las piernas con las rodillas, se puso entre ellas, y se bajó los pantalones hasta los tobillos. Se frotó su verga contra la entrada de su culo, rozando su clítoris, y ella gimió, arqueando la espalda.
—No te apures —le dijo ella—. Mete esa verga ya.
Él se lubricó con su propia humedad y la de su lengua, y con un movimiento lento, empalagoso, la empujó dentro. Valeria soltó un grito ahogado, las uñas clavadas en sus hombros, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Estaba llena, apretada, caliente, como si lo hubiera estado esperando toda su vida. Él la miró, fijamente, con los ojos vidriosos, y empezó a moverse.
No era un movimiento suave. Era un embestida profunda, con la cadera golpeando contra su culo, con el vello de sus muslos rozando su piel, con la verga rozando su punto G como un martillo pilón. Ella se aferraba a él, se mordía el labio, soltaba gritos guturales, palabrotas, palabras sueltas: “¡Sí! ¡Más! ¡Chingada!” Y cada vez que él la clavaba hasta la base, ella sentía que el mundo se le deshacía en las manos.
—¿Te gusta así? —le preguntó él, con la voz ronca, jadeando.
—Sí —respondió ella, con la cara sudada, el pelo pegado a la frente—. Como una bestia.
Él la agarró por las caderas, le dio dos vueltas para ponerla boca abajo, y la levantó como si fuera una pluma. Ella se colgó de su cuello, con las piernas alrededor de su cintura, y él la cargó hacia el cuarto. La tiró sobre la cama, con una suavidad falsa, y se puso sobre ella, mirándola a los ojos.
—Te quiero ver cuando te chingue —dijo.
Y empezó de nuevo, más lento, más hondo. Le acarició los pechos con las manos grandes, le mordió el cuello, le chupó las orejas, le lamió el sudor de la frente. Ella le mordió el hombro, le arrancó un gemido que sonó como un gruñido de animal herido. Él la agarró por las nalgas y la levantó un poco, clavándola con más fuerza, y ella soltó un grito que resonó en la habitación como un trueno.
—¡Ya me voy! —dijo ella.
—Yo también —respondió él—. ¡Me voy!
Y la cogió una última vez, con una embestida profunda, con la cabeza golpeando su punto G como un clavo, y se corrió dentro de ella, con un gemido gutural, con los ojos cerrados, la cara contra su cuello, el sudor goterando sobre su piel. Ella lo sintió todo: el calor, la sacudida, la humedad que le corrió por dentro, como agua de lluvia en un aguacero de julio.
Cuando todo terminó, él se desplomó sobre ella, con el corazón latiendo como un tambor de fiesta. Ella lo abrazó, le acarició el pelo, y le susurró al oído:
—¿Vuelves mañana?
—Sí —dijo él, sin abrir los ojos—. Con el camión. Y con mis manos. Y con esta verga.
Ella rio, una risa larga, cálida, como el sol de mediodía. Le dio un beso en la frente, y lo dejó dormir, mientras el aire entraba por la ventana, con el olor a chiltepín, a sudor, y a promesa.
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