El sabor del café y el tiempo
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Yo tenía veintitrés y él, cincuenta y uno. Sí, lo sé: supe la edad de don Rafael el mismo día que me llamó “niña” con esa voz ronca, como si le hubiera costado sacar las palabras de la garganta, pero con una ternura que me hizo sonrojar hasta las raíces del pelo.
Nos conocíamos desde hacía dos años: yo atendía en la cafetería del edificio donde trabajaba él, un lugar elegante, de madera oscura y ventanas al cielo de la ciudad. Él siempre pedía el mismo café: negro, con una pizca de canela, y lo tomaba en la mesa del rincón, junto al ventanal. Me observaba con una mirada que no era invasiva, pero sí intensa, como si estuviera aprendiendo el latido de mis manos al servirle.
—¿Te molesta que te pregunte algo, niña? —dijo un viernes, con la taza aún en la mano. El reloj marcaba las 17:45, hora en que la luz del atardecer se colaba por las cortinas como miel derretida.
—No, no me molesta —respondí, bajando la vista, pero sintiendo el peso de sus ojos en mi cuello.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí? —preguntó, y esta vez no sonaba casual.
—Un año y medio, más o menos.
—¿Y antes? —insistió, como si cada respuesta fuera una puerta que le permitiera entrar más adentro.
—Estudiaba administración. Pero se me hizo difícil… vivir de becas. —Me encogí de hombros, fingiendo naturalidad, pero me temblaban los dedos al recoger la taza vacía.
Rafael guardó silencio un buen rato. Entonces, con una sonrisa apenas perceptible, dijo: —Tú tienes la mirada de quien ha tenido que coger muchas cosas por la fuerza… pero no ha dejado que eso le quite la suavidad.
Me quedé sin aliento. No porque fuera grosero —al contrario—, sino porque decía las cosas con una exactitud que dolía y gustaba a la vez. Como si me hubiera leído las cartas que guardaba en el fondo del cajón, las que nunca le mostré a nadie.
Esa semana me llamó por mi nombre —Lucía—, por primera vez. Me preguntó si me gustaba el vino tinto. Le dije que sí, pero que no lo había probado desde que mi papá murió. Él asintió, como si ya supiera, y me dijo: —Entonces hoy no es un día cualquiera.
Al día siguiente, al salir del trabajo, lo vi esperándome en su auto, un Mercedes gris plata que brillaba con la luz del atardecer. No tenía cara de mentiroso. Tampoco de hombre que te ofrece algo por lástima. Tenía cara de hombre que sabía lo que quería, y lo quería con calma, como se prepara una buena taza de café: con paciencia, con fuego controlado, con el tiempo justo.
—¿Te importa si te tomo de la mano? —me preguntó, sin quitar los ojos de la carretera.
Asentí. Y cuando sus dedos rozaron los míos, sentí un temblor en la espina dorsal, como si el cuerpo me recordara algo que ya había olvidado: que hay sabores que no se aprenden en los libros, sino en los roces, en los silencios compartidos, en el peso de una experiencia que no se apresura.
En ese momento supe que no iba a ser rápido, ni urgente. Que él no quería conquistarme de golpe, sino dejar que cada gesto, cada palabra, cada mirada, fuera como una gota de café cayendo poco a poco en la taza, hasta que el sabor estuviera perfecto.
Y yo, niña aún por descubrirse, dejé que el tiempo se deslizara entre nosotros, como el humo del cigarro que encendió cuando estacionamos en un mirador vacío, con el cielo pintado de naranja y violeta, y con él murmurando al oído: —No te preocupes por ser madura, Lucía. A veces, lo que más duele es ser demasiado joven… y querer demasiado.
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