El sabor del café y el calor del cuerpo

El sabor del café y el calor del cuerpo

@camila_rios ·8 de junio de 2026 · ★ 4.0 (23) · 265 lecturas · 7 min de lectura

La luz del sol se filtraba por las rendijas de los persianas de mimbre del *Café de la Esquina*, dibujando rayas doradas sobre la mesa de madera desgastada. Camila ajustó el lazo de su blusa blanca, una Prenda que siempre le quedaba apretada en la cintura —como si el cuerpo le recordara que hoy era distinto, que algo en ella vibraba con más fuerza de lo normal. Había llegado temprano, casi con nervios, y ahora esperaba —no con ansiedad, sino con una expectativa dulce, como el primer sorbo de café recién hecho, humeante, con leche y una pizca de canela que aún le gustaba recordar.

Él llegó a las 9:03. Como siempre. Como si el tiempo fuera una regla invisible que nadie había pedido, pero todos seguían. —Perdón —dijo David, dejando su mochila con cuidado en el suelo—. El metro se retrasó, y luego la camioneta, y luego… ya sabes cómo es el tráfico en la Insurgentes a esa hora.

Camila sonrió, no con la sonrisa de siempre —esa que usaba con clientes, con amigos, con desconocidos—, sino con una más íntima, más lenta, como si cada músculo de su cara se hubiera enterado antes que su mente de que él estaba ahí. —Tres minutos no cuentan —respondió, inclinándose para tomar la taza que él había pedido: negro, sin azúcar. Se la acercó con lentitud, sus dedos rozando los suyos por un par de segundos más de los necesarios.

David tragó saliva. No por el calor, que ya empezaba a hacerse notar en el ambiente, sino por la forma en que Camila lo miraba. No era mirada de amiga. Tampoco era mirada de mujer que aún no había decidido. Era la mirada de quien ya había cruzado la puerta, y ahora solo esperaba que le abrieran la siguiente.

—¿Te apetece salir a dar un paseo? —preguntó él, con la voz un poco más grave de lo habitual—. Hay un parque en Tacubaya, pequeño, con un jardín que parece sacado de los años 50.

—¿Ahora? —ella preguntó, sin moverse.

—Ahora.

Y así, sin más preámbulos, sin promesas ni planes, salieron. Camila se puso una chamarra ligera, aunque el sol ya calentaba fuerte, y David llevaba los mismos jeans que llevaba ayer, los mismos que ella le había dicho que le quedaban bien —no por la talla, sino por cómo abrazaban sus caderas y el principio de su muslo—.

El parque no estaba lejos. Caminaron en silencio un rato, con ese tipo de silencio que solo existe cuando dos personas ya saben que hay mucho por decir, pero aún no han decidido dónde empezar. Las hojas de los árboles susurraban como si supieran algo que ellos aún no habían nombrado.

—Aquí —dijo David, señalando un banco bajo una higuera—. Es mi lugar favorito.

Camila se sentó, cruzando las piernas con naturalidad. David se sentó a su lado, pero no tan lejos. Lo suficiente como para que, si ella se inclinaba un poco, su hombro rozara el suyo. Lo hizo.

—¿Por qué este lugar? —preguntó ella, con la cabeza ligeramente inclinada, como si no le importara la respuesta, pero sí le importara la forma en que él la daba.

—Porque aquí no hay nadie que me diga qué hacer. Porque el tiempo parece detenerse. Porque… —David tragó de nuevo, esta vez con más fuerza—. Porque hoy me dije que si te veía, si te sentaba aquí, si te miraba como te miro ahora… no iba a esperar más.

Camila no respondió de inmediato. En su lugar, alzó la mano, lenta, y pasó el pulgar por el borde de su own taza de café, que aún guardaba en la bolsa.

—¿Y si te equivocas? —preguntó al fin.

—¿De qué?

—De quererme.

Él la miró de frente, por primera vez, sin disimulos. Sus ojos tenían ese brillo que solo aparece cuando alguien ha estado esperando mucho tiempo para decir algo.

—Camila —dijo—, yo no quiero quererte. Yo quiero *saber* cómo te sientes cuando te tocas ahí mismo, justo aquí —y con el dedo índice, con un movimiento casi imperceptible, rozó el borde de su muslo—, cuando te pones esa blusa que hoy llevas y sientes que el botón del medio está a punto de saltar. Quiero saber cómo suena tu respiración cuando te acaricio el cuello, cuando te miro las tetas sin vergüenza, cuando te agacho y te beso la nuca… y luego más abajo, donde ya no hay ropa, solo piel y calor y ese olor que solo tú tienes.

Camila no se movió. Pero su pecho subió, y bajó. Una vez. Dos.

—¿Y si te digo que sí? —susurró, sin temor, sin duda.

—Entonces te llevo a mi casa —dijo él, y esta vez fue él quien rozó su muslo, con más fuerza, con más intención—. Y te quito la blusa con los dedos, porque no tengo prisa por usar las manos. Te quito los pantalones, o la falda, o lo que sea que lleves puesto, y veo tu culo. Lo veo, lo toco, lo aprieto un poco, hasta que te muevas y me pida más. Y entonces…

—Entonces… —ella interrumpió, girando ligeramente hacia él, cruzando una pierna sobre la otra, dejando más visible el espacio entre sus muslos—. Entonces me metes la lengua en la boca, y me dices que soy la más hermosa que has visto, aunque ya lo sepas falso, porque me gusta escucharlo. Y yo te digo que sí, que sí quiero que me cojas, que sí me gusta sentir tu verga grande contra mi culo, que sí me hace temblar solo pensarlo.

David soltó un suspiro, profundo, casi un gemido contenido.

—Camila…

—Sí —dijo ella, acercándose aún más—. Dilo. Dime que me quieres coger.

—Te quiero coger —repitió él, sin titubear—. Te quiero ver temblar, te quiero oír decir “más”, te quiero ver con la cara roja y los ojos cerrados, con las uñas clavadas en mi espalda. Te quiero coger hasta que no puedas más, hasta que no sepa quién soy ni dónde estoy, solo tú, solo tu calor, solo tu cuerpo ajustado a mí, apretado, *mío*.

Camila no respondió con palabras. Se puso de pie. Le tendió la mano.

—Vamos.

El camino de regreso fue más rápido. David no soltó su mano ni un segundo. Camila no soltó la suya tampoco. En la esquina, cuando pasaron frente a un puesto de tacos de suadero, ella se detuvo.

—¿Te apetece algo? —preguntó ella, sonriendo.

—No.

—Ni yo —dijo ella—. Pero sí tengo hambre.

—¿De qué?

—De ti.

Y entonces, sin esperar más, Camila se subió sobre él. Le puso las manos en los hombros, se inclinó hacia atrás y lo besó. No fue un beso suave. Fue un beso hambriento, con lengua, con dentadura, con mordisco leve en el labio inferior de él. David le agarró las nalgas, apretándolas con fuerza, y ella gimió contra su boca. Un gemido bajo, gutural, de mujer que ya no se contenía.

—A casa —dijo David, entre respiraciones—. Ahora.

—Sí —susurró ella, mientras lo arrastraba hacia la calle—. Vamos.

Y así, con la mano de él en su cintura, con la otra agarrada a su muñeca, con la promesa de lo que vendría pegada a la piel, caminaron hacia la casa de él, entre risas y miradas que ya no escondían nada.

En el ascensor, Camila se pegó a su cuerpo, dejando que su culo rozara la verga ya dura de David. Él susurró una maldición, y ella rió, low, con la voz de quien sabe que ya ganó.

—¿Te gusta? —le preguntó, mientras las puertas se abrían en el piso 7.

—Me caga la idea de que te vaya a tener dentro de cinco minutos —dijo él, y abrió la puerta—. Pero más me caga la idea de que si te muevo mal, te rompo la boca con un beso.

—Entonces te vengo —dijo ella, entrando primero—. Y si te equivocas… me la sigues rompiendo.

Y así, sin más, sin trucos, sin máscaras, se devoraron.

David la llevó hasta la cama, la tumbó con cuidado, pero con firmeza, y le subió la blusa hasta la cintura. Le dejó ver sus tetas por un segundo —redondeadas, con pezones que ya se habían endurecido con solo el roce de la tela— antes de inclinarse y chuparle uno, despacio, dejando que su lengua lo rotara, que lo lamiera, que lo mordisqueara hasta que ella se arqueó, gimiendo su nombre como un mantra.

—Tú primero —dijo ella, empujando su chamarra y sus jeans—. Quiero verte.

David se des

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@camila_rios

Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.

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