El Sabor del Agua en la Tarde

El Sabor del Agua en la Tarde

@camila_rios ·5 de junio de 2026 · ★ 4.1 (33) · 54 lecturas · 10 min de lectura

La primera vez que noté el calor de sus ojos sobre mi piel fue en una tarde de junio, cuando el sol se deshacía en mantequilla derretida sobre los tejados de ladrillo del barrio. Yo estaba en la terraza del edificio, despidiéndome del día con una taza de té de manzanilla humeante, y él, del apartamento contiguo, el 3B, me miraba sin disimulo. No era una mirada intrusiva, ni invasiva; más bien, como si estuviera aprendiendo a leerme: la curva de mi cuello, la forma en que me mordía el labio inferior al pensar, el modo en que dejaba caer el pelo rubio claro sobre la mejilla cuando inclinaba la cabeza. Yo lo sentí, aunque no lo vi directamente hasta que, al volverme, sus ojos no se apartaron. Solo asintió, una leve inclinación de cabeza, como si ambos supiéramos que algo ya se había movido en el aire.

Llamé a su puerta tres días después. No por impulso, sino por un acuerdo tácito, como si el silencio entre nosotros hubiera crecido hasta hacerse insoportable. Llevaba un bolso de tela azul marino, una botella de vino tinto oscuro como el caramelo quemado, y una excusa tan frágil como real: «Me dijeron que cocinabas bien los espaguetis a la boloñesa». Él abrió con una camiseta blanca un poco desabotonada hasta el pecho, el pelo negro despeinado, y una sonrisa que no alcanzaba a ocultar la sorpresa —ni la alegría— en sus ojos.

—Creo que mi abuela fue la última que me dijo eso —murmuró, abriendo la puerta de par en par—. Pero bienvenida sea cualquier excusa para compartir comida.

Se llamaba Diego. Tenía treinta y siete años, trabajaba como arquitecto en un estudio pequeño en el centro. Su casa olía a madera recién lijada, a café recién molido y a algo más, difícil de nombrar: un tono cálido, como la resina de pino en verano. Nos sentamos en el sofá de cuero marrón, con los platos apilados sobre la mesa baja, y hablamos de todo y de nada: del metro que nunca llega a tiempo, de la forma en que el silencio puede ser más cómodo que las palabras, de la música que escuchaba de niño y que aún le hacía sentirse pequeño y protegido.

—¿Te parece raro que me haya tomado tanto tiempo venir? —pregunté, mientras con el pulgar dibujaba un círculo sobre el borde de mi vaso.

—No —dijo, mirándome directo—. Me gustó esperar. Me gustó que hayas elegido venir.

La palabra *elegido* quedó flotando entre nosotros, como una promesa sin forma.

Nos vimos cada vez más. En el parque, caminando sin rumbo, las manos rozándose por accidente, luego no por accidente. En su apartamento, con la puerta cerrada y el mundo fuera tapizado por cortinas gruesas. En la cocina, mientras preparábamos una sopa de calabaza que él había inventado, con una pizca de jengibre y un toque de miel. Yo lo miraba moverse: las manos anchas, las muñecas finas, la forma en que se llevaba la cuchara a la boca sin dejar de mirarme.

—¿Por qué me miras así? —le pregunté una tarde, mientras mezclaba la masa para pan de ajo.

—Porque cada gesto tuyo parece una historia que no quiero perderme.

Esa frase me hizo temblar.

No fue rápido. No hubo presión. Solo una acumulación de pequeñas cosas: una caricia en la nuca mientras cortaba cebolla; el modo en que sus dedos rozaban los míos al pasarle el vaso; el silencio que no se sentía vacío, sino denso, cargado de algo que ambos sabíamos que llegaría.

Una tarde de julio, el aire cargado de humedad, el sol ya se había escondido pero la ciudad aún exhalaba calor. Estábamos en su balcón, con dos vasos de agua fresca con hielo y menta, las piernas cruzadas en el banco de madera, las espaldas casi tocándose. El ruido de la ciudad llegaba como una melodía lejana: autos, risas, el timbre de una bicicleta. Y entre eso, algo más: el latido de mi corazón, el sonido de su respiración cuando me miraba.

—¿Te acuerdas de la primera vez que me viste? —preguntó.

—Claro.

—¿Qué pensaste?

—Que tenías los ojos de quien ha aprendido a esperar.

Él sonrió, lento, como si esa frase le hubiera entrado directo en la piel.

—Y ahora —dije, acercando mi vaso al suyo—, ¿qué piensas?

No respondió con palabras. En lugar de eso, levantó la mano, lentamente, como si temiera que yo me retirara, y con el pulgar pasó por la curva de mi labio inferior, limpiando una gota de agua que no existía. El gesto fue tan íntimo, tan natural, que sentí el aire detenerse.

—Ahora —murmuró—, ahora veo que cada gota de sudor en tu cuello me parece un mapa que quiero recorrer.

Entonces, su mano bajó, suavemente, hasta rozar mi clavícula. Y yo, sin pensar, sin temor, incliné la cabeza hacia adelante, ofreciendo más piel, más contacto. Su respiración cambió, se volvió más profunda, más cálida. Y cuando sus labios tocaron mi cuello, no fue un beso: fue una interrogación. Una pregunta que no necesitaba respuesta, porque su lengua ya la estaba respondiendo.

—¿Sí? —susurró, apenas audible.

—Sí —le dije, y fue la palabra más clara que había dicho en años.

Me tomó en brazos como si me pesara menos que un suspiro, y me llevó al interior, donde la luz era tenue, apenas iluminada por una lámpara de pie con pantalla de mimbre. Me colocó en el sofá, y él se arrodilló frente a mí, como si ante un altar. Con los dedos, desabotonó lentamente mi blusa de algodón, paso a paso, como si cada botón fuera una promesa que debía ser cumplida con atención. Cuando la tela se abrió, no se apresuró. Solo se quedó mirándome, los ojos oscuros, las pupilas grandes como pozos.

—Eres hermosa —dijo, y esta vez no fue un cumplido, sino un hecho, como decir que el cielo es azul o que el agua moja.

Sus manos subieron por mis costados, despacio, como si estuviera descubriendo un territorio nuevo. Cuando llegaron a mis pechos, no los apretó: solo los sostuvo, con las palmas calientes, y dejó que sus pulgares rozaran los pezones, ya endurecidos por el calor y la expectativa. Un gemido se escapó de mis labios sin que yo lo hubiera invitado, y él lo escuchó, lo guardó consigo, como si fuera un tesoro.

—Déjame recordar esto —dijo, mientras bajaba su cabeza y tomaba uno de mis pechos entre sus labios.

El sabor del agua se transformó entonces en algo más. Su lengua, tibia y suave, trazó círculos alrededor del pezón, primero lento, luego con más presión, hasta que mi espalda se arqueó sin pedírselo. Sentí el sabor salado de mi piel en su boca, el calor que se expandía desde el centro de mi cuerpo hacia cada extremidad. Cuando soltó el pecho y bajó más, deslizando los dedos por dentro de mi falda, yo ya no pude sostenerme erguida: me dejé caer contra el respaldo del sofá, con las manos aferradas a sus hombros.

—Diego —lo llamé, no como una súplica, sino como una confirmación.

—Estoy aquí —dijo, y su voz era un latido.

Me quitó la falda con cuidado, sin romper el contacto visual, y luego se deshizo de su camiseta. Se sentó a mi lado, y entonces me besó. Por fin. Un beso profundo, lento, con la lengua que exploraba mi boca como si hubiera estado esperando años por ese sabor. Y mientras nos besábamos, sus manos seguían moviéndose: subiendo por mis muslos, separándolos con suavidad, acariciando la tela de mis bragas, ya húmedas y pegadas a mi piel.

—¿Te gusta esto? —murmuró contra mis labios.

—Sí —dije, y esta vez no fue una palabra, sino un grito silencioso.

Con los nudillos, rozó el borde de la tela, y bajó lentamente, mostrando mi pubis, el vello claro, la humedad que ya lo esperaba. Y entonces, con la boca, bajó más. Primero, un beso en el vientre, justo encima del monte de Venus. Luego, con la lengua, separó los labios de mi vulva, descubriendo lo que ya latía allí, pulsando. Me miró una última vez, y en sus ojos no había deseo solo, sino reverencia.

—No te muevas —dijo, y me lo dijo como si fuera un regalo.

Y así, con la boca, me encontró. Un primer toque, ligero, como si temiera que desapareciera. Luego, con más seguridad, rozó mi clítoris con la punta de la lengua, y yo jadeé. No fue rápido. Fue lento, deliberado, como si supiera exactamente cuánto tiempo me había hecho esperar. Y mientras su boca trabajaba, sus dedos entraron en mí, uno, luego dos, curvándose hacia arriba, encontrando ese lugar que me hacía temblar.

—Sí —dije, entre dientes, con la cabeza arrojada hacia atrás, las uñas hundidas en sus hombros—. Sí, así.

Y entonces, con su boca y sus dedos, me llevó a ese borde, ese punto en el que el tiempo se detiene, y todo lo que queda es el calor, el ritmo, el sonido de mi propia respiración entrecortada. Y cuando llegó, no fue un estallido, sino un derrame, como el agua que se desborda de un vaso lleno hasta los bordes. Sentí su nombre en mi lengua, en mi garganta, en cada célula de mi cuerpo.

Se incorporó entonces, y me miró con una ternura que me partió el alma. Se llevó los dedos a la boca, los chupó lentamente, y me los mostró.

—Tú sabes el sabor del agua —dijo—, pero hoy aprendiste el mío.

Me tomó en brazos de nuevo, esta vez con más fuerza, y me llevó a su habitación. La cama estaba hecha, con una sábana blanca y una manta plegada al pie. Me acostó suavemente, y se puso de rodillas frente a mí, desabrochando su pantalón. Se sacó la ropa interior con lentitud, y yo lo vi: su cuerpo, moreno, musculoso pero no excesivamente, con una marca de nacimiento en la cadera izquierda, y su miembro, ya endurecido, largo y grueso, como una promesa cumplida.

—¿Puedo? —preguntó, con la punta de sus dedos rozando mi muslo interior.

—Sí —susurré—. Por favor.

Se colocó sobre mí, apoyando las manos a los lados de mi cabeza, y me miró con los ojos cerrados, como si estuviera pidiendo permiso al universo. Luego, con la punta de su miembro, buscó mi entrada. La presión fue suave, casi imperceptible al principio. Y cuando entró, fue lento, con una pausa en cada centímetro, como si estuviera midiendo cuánto cabía en mí.

—Tú —dije, con la voz rota—. Tú cabes más de lo que creía.

Y él comenzó a moverse. No con furia, sino con un ritmo que parecía haberse grabado en su cuerpo. Cada empuje era un beso silencioso, cada pausa una pausa para escucharme. Yo le devolvía el movimiento con las caderas, con las uñas en su espalda, con la boca abierta, con los ojos cerrados, con el cuerpo que ya no me pertenecía del todo, sino que era suyo, y era mío, y era del momento.

Cuando me tocó de nuevo el clítoris con el pulgar, con una presión justa, yo me deshice. Esta vez no fue un derrame, sino una explosión, como si cada fibra de mi cuerpo se hubiera encendido de golpe. Grité su nombre, y él, en ese instante, se dejó llevar, con un gemido profundo que vibró en su pecho, y su cuerpo tembló sobre mí, sus dedos aferrándose a mis caderas, su frente apoyada en mi hombro.

Nos quedamos así, quietos, sudorosos, con la respiración entrecortada. Él me besó el cuello, una y otra vez, como si no pudiera creer que era real. Luego, con una ternura que me hizo llorar en silencio, me apartó el pelo húmedo de la frente y me besó la punta de la nariz.

—¿Te acuerdas de la primera vez que me viste? —me preguntó, esta vez con una sonrisa.

—Claro —dije, y le devolví la sonrisa—. Pero hoy aprendí algo nuevo.

—¿Qué?

—Que no siempre hay que esperar a que te vean para ser vista.

Y él me besó de nuevo, lento, como si el mundo no existiera. Solo el sabor del agua, ahora transformado en algo más dulce, más profundo, más verdadero.

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