El Sabor del Agua en la Punta de la Lengua
6 minEl Sabor del Agua en la Punta de la Lengua
La lluvia golpeaba suave contra los cristales de la cocina, como si alguien le hubiera pedido a la noche que hablara en susurros. Camila, de pie junto al fregadero, tenía las manos sumergidas en agua tibia con gotas de limón. El vapor le empañaba las pestañas, y el olor a albahaca machacada flotaba en el aire, mezclado con el frío húmedo del exterior. No escuchó los pasos. Sí sintió el cambio en el aire: una pausa, una dilatación silenciosa. Cuando alzó la vista en el espejo empañado, lo vio: Matías, de pie a su espalda, con la camisa abierta hasta el pecho, los ojos oscuros y fijos en su cuello, donde la pulsera de cuero le rozaba la muñeca.
—Vino a parar la moto en seco —dijo él, sin moverse del umbral—. Y vos acá, con las manos enjabonadas y la frente sudada.
Camila no se volvió de inmediato. Dejó que el silencio se llenara de gotas cayendo en el fregadero. Se secó una mano con la esquina del delantal, lentamente, y entonces sí se dio vuelta. Lo miró de abajo arriba: los pantalones mojados, el pelo pegado a la frente, los labios entreabiertos como si aún respirara el camino bajo la tormenta.
—Ves con mala suerte —sonrió—. El agua te va a dar un resfrio, pibe.
—Me va a dar otra cosa —respondió él, avanzando un paso—. ¿Viste cómo se me pegó la ropa?
No esperó respuesta. Se acercó, se detuvo a un palmo de ella. Sus manos, frías por la lluvia, le tocaron los hombros. Camila sintió el calor que brotaba de su piel en contraste con el frío de los dedos. Bajó la cabeza, le apartó un mechón mojado de la frente. Él cerró los ojos un instante, como si eso le permitiera entrar más adentro.
—Vos siempre tenés que limpiar algo —dijo Matías, con la voz más áspera—. Incluso cuando no hay nada que limpiar.
Ella le agarró la muñeca. Lo miró a los ojos. No hubo dudas. Solo una pregunta callada, que él mismo respondió con un movimiento de cadera: un roce breve, deliberado, contra su muslo. Camila sintió el latido en la base del vientre, como una llamada que no tenía vuelta atrás.
—¿Y si no querés que te limpie?
—Quiero que me desagües —dijo él, y por primera vez, su voz tembló.
Fue entonces cuando ella se soltó del delantal, lo dejó caer al suelo sin desatarlo. Se acercó al fregadero, tomó la jarra de cristal con agua fresca que había preparado antes —un gesto que no había pensado, pero que su cuerpo sí sabía— y la volvió sobre sus manos. El agua bajó en hilos finos, se deslizó por sus brazos, mojó el borde de la camisa, se metió por el cuello y desapareció entre los pliegues del pecho. Matías no se movió. Sólo la miró, con los puños apretados a los lados, la respiración contenida.
—Vení —dijo ella, por fin.
Lo tomó de la mano, lo arrastró hasta la habitación. El cuarto no tenía luces encendidas. Sólo el relámpago que cruzó afuera, fugaz, iluminó por un segundo la silueta de la cama, la silla volteada, la cortina ondeando por la brisa que entró. Él la empujó contra la pared, cerca de la ventana. Su boca encontró la de Camila con urgencia, pero sin violencia: una necesidad hecha carne, sin pausas, sin arrepentimientos. Ella le mordió el labio inferior, le pasó la lengua por los dientes, lo escuchó soltar un grito ahogado que no era de dolor, sino de rendición.
Le desabrochó la camisa. No con prisa, sino con lentitud calculada: cada botón un pequeño triunfo, cada tela que se abría una promesa cumplida. Sus pechos se levantaban y bajaban con más fuerza que antes, y cuando Matías le rozó con los pulgares los pezones —ya duros, ya húmedos—, ella arqueó la espalda, como si el aire se hubiera vuelto espeso.
—¿Te acordás de la primera vez que te vi? —le susurró ella al oído, mientras sus dedos se deslizaban por su cintura—. Estabas sentado en el bar, con la botella de cerveza medio vacía y los ojos en el suelo.
—Me acordaba de vos.
—¿Cómo?
—Como de agua en la punta de la lengua. Sabía que si te probaba, no iba a poder parar.
Ella se rió, suave, y le mordió el lóbulo de la oreja.
—Bueno, ahora no vas a poder parar.
Lo deshizo por completo. Le quitó la camisa, los pantalones, la ropa interior. Lo vio así, desnudo bajo la penumbra: musculosos, pero no exagerados; piel morena con algunas cicatrices viejas, y entre las piernas, el pene tieso, de un tamaño que no pedía permiso pero tampoco exigía. Ella le pasó la palma por encima, despacio, desde la base hasta la punta, sintiendo cómo palpitaba bajo su mano.
—Estás más grande de lo que recordaba —dijo.
—Y vos más mala.
—No soy mala. Soy sincera.
Y lo empujó hacia la cama. Matías cayó sobre las sábanas con un suspiro, y ella se puso a horcajadas sobre él, con las manos apoyadas en su pecho. Lo miró a los ojos mientras bajaba, lento, hasta que su boca rozó el ombligo. Luego, con la lengua, dibujó un círculo, después otro, más abajo. Él le metió los dedos en el pelo, no para detenerla, sino para guiarla, para pedirle más.
Cuando su boca finalmente cerró sobre su miembro, Matías gritó. No fue un grito fuerte, sino ahogado, como si estuviera peleando contra sí mismo. Camila lo tomó con suavidad, lo acarició con la lengua, lo chupó con cuidado, sin prisas. Él se movió con un impulso, pero ella lo detuvo con una mano en su pecho.
—No —dijo—. Dejá que te quite el agua de encima.
Lo dijo en voz baja, con una voz que no era suya del todo, sino una mezcla entre el susurro y la orden. Él asintió, cerró los ojos, y dejó que ella lo llevara.
Cuando finalmente se metió dentro de él, lo hizo con calma, hasta el fondo, hasta sentir que el mundo se reducía a ese punto de calor. Matías le agarró las caderas, las apretó contra sí, y ella empezó a moverse, lento, como si cada movimiento fuera un verso que aún no había terminado de escribir. Él le besó el cuello, le mordió el hombro, le chupó la nuca, y cada vez que ella se movía, él soltaba un gemido que sonaba como una plegaria.
—Camila —dijo, por fin.
—Dime.
—No me sueltes.
Ella se inclinó, lo abrazó por la cintura, y lo empujó con más fuerza, más profundidad, hasta que ambos sintieron que el suelo se desvanecía. Él se vino con un jadeo ahogado, tembloroso, mientras ella lo sentía estremecerse dentro, como si su cuerpo le estuviera contando una historia que aún no tenía nombre.
Cuando todo terminó, se quedaron quietos, sudados, entrelazados. La lluvia había amainado. Sólo quedaba el sonido de sus respiraciones, entrecortadas, y el frío que entraba por la ventana.
—Me quedé sin palabras —dijo Matías, acariciándole la espalda.
—Yo también —respondió ella, y le besó el pecho—. Pero te entendí igual.
Él se rió, bajo, y le pasó la mano por la cara.
—¿Volvemos a la cocina?
—No —dijo ella, y lo miró a los ojos—. Ahora la vas a limpiar vos.
Y esta vez, fue ella quien lo empujó hacia atrás, y él, sin dudarlo, volvió a cogerla.
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