El sabor de la sal en el cuello
9 minEl sabor de la sal en el cuello
Volví a encontrármelo en el bar de la esquina, ese donde el café se sirve con leche espesa y el aire huele a galletitas de agua quemaditas y humo de tabaco barato. Estaba yo sentado en el mostrador, con las manos alrededor de una taza humeante y los codos apoyados en la madera desgastada por décadas de clientela fiel, cuando lo vi entrar. No fue la puerta giratoria ni el campanazo de bienvenida lo que me hizo levantar la cabeza: fue la forma en que el sol de la tarde se deslizó por sus hombros, como si lo reconociera antes que yo.
—¿Ese es el que siempre viene a las tres? —me susurró Marta, la mesera, mientras pasaba con una bandeja de postres—. Se fija en vos desde hace rato.
No respondí. No era necesario. Ya lo tenía frente a mí, sentado dos puestos más allá, con los codos en la mesa y las manos entrelazadas, el pulgar dibujando círculos lentos sobre el dorso de la otra. Tenía los cabellos canosos, no del todo blancos, pero sí con ese tono de arena al atardecer, recogidos en un moño bajo, un poco desfeito. Llevaba una camisa de lino color crema, abierta hasta el pecho, donde una cadena de oro muy fina colgaba, con un medallón que brillaba con la luz del sol. No era guapo en el sentido clásico —tenía arrugas alrededor de los ojos que hablaban de risas largas y sol de verano—, pero sí bello, de esa belleza que se gana con los años, con el cuerpo que se deja llevar, con el alma que se va puliendo sin darse cuenta.
—Hola —dije, cuando se volvió y me encontró mirándolo. Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
—Hola —respondió, y sonrió, pero no fue una sonrisa de saludo. Fue una sonrisa de reconocimiento. Como si ya me hubiera visto antes, en otro tiempo, en otro cuerpo.
—Te conocí en una conferencia, hace tres años —murmuré, y me di cuenta de que era verdad. Había estado allí por obligación, por trabajo, con el traje apretado y el estómago revuelto de tensión. Él, en cambio, había hablado de poesía y memoria, con una voz que no exigía atención, pero que la obtenía. Al final, me había quedado atrás, esperando que alguien lo detuviera para preguntarle algo, pero nadie lo había hecho. Y yo tampoco lo había hecho.
—Sí —dijo, y tomó un sorbo de su té—. Tenías los ojos muy oscuros. Como si estuvieras luchando por no dormirte.
—Estaba cansado. Y confundido.
—¿Aún lo estás?
Le miré las manos. Tenía las uñas cortas, pero limpias, con las cutículas bien cuidadas. Manos que escribían, que acariciaban, que sostenían libros y también pechos.
—No —respondí—. Ya no.
—¿Y si te invitara a tomar una copa en mi casa? —dijo, sin bajar la mirada—. No es una invitación cualquiera. Es una invitación para que me mires bien, para que me preguntes lo que querés preguntar, para que me toques si querés tocar. Pero nada de eso va a pasar si vos no decís que sí.
Me levanté. Me costó un poco, porque el cuerpo se acostumbra a sentarse, y al final de la jornada, cualquier movimiento se vuelve un acto de voluntad. Pero me paré, y caminé hasta él, y puse la mano sobre su hombro. No fue una invitación, tampoco. Fue una confirmación.
—Sí —dije.
Su casa estaba en Belgrano, en una casa vieja con paredes de ladrillo visto y puertas de madera maciza. El jardín estaba lleno de plantas aromáticas: romero, lavanda, albahaca, todas creciendo sin orden, como si las plantas también hubieran decidido vivir sin reglas. En el living, los libros estaban apilados en los estantes, no en fila, sino amontonados como si cada uno hubiera ganado su lugar por mérito propio.
—Tomá un vaso de vino —dijo, y me lo sirvió sin preguntar—. Tinto, bien frío. Y si querés, una oliva.
—Una está bien.
Se sentó frente a mí, en una butaca ancha, con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas. Yo me incliné hacia adelante, con los codos en las rodillas, el vaso en la mano. No hablamos. El silencio era cómodo, no vacío. Era como si ya hubiéramos cruzado la puerta y ahora estuviéramos en el pasillo, con las manos libres, pero sin apurarnos a llegar a ninguna parte.
—¿Viste la luz que entraba por la ventana de tu living? —le pregunté.
—¿La que se desliza por las cortinas como si tuviera prisa?
—Sí.
—Me gusta pensar que es como una mano que se asoma a ver qué hacemos.
Me puse de pie. Caminé hasta él. No con prisa. Con intención. Me detuve frente a su butaca, y puse una mano en el respaldo, la otra en el brazo. Sentí el calor de su piel antes de tocarla. No fue un impulso. Fue una elección.
—¿Te importa si te toco? —le pregunté.
—Me importa que lo preguntes —respondió—. Porque significa que lo harás con cuidado.
Asentí. Y bajé la mano, lentamente, hasta su cuello. Sentí la vibración de su pulso bajo mis dedos. No rápido. No acelerado. Solo allí, latiendo, presente. Me incliné y besé su cuello, justo donde el pulso se sentía más fuerte. No fue un beso de deseo apresurado. Fue un beso de reconocimiento. De confirmación.
—Sos hermoso —le dije, contra su piel.
—Y vos —respondió—. Tenés la boca de alguien que ha aprendido a hablar con las manos.
Me levanté y lo tomé de la mano. No tiré. Solo ofrecí. Él se puso de pie con lentitud, como si cada movimiento fuera una decisión consciente. Tenía el cuerpo más firme de lo que parecía, con músculos que habían sido fuertes y aún lo eran, aunque ahora estaban marcados por el tiempo, por las cargas que se llevó, por los abrazos que dio.
Lo seguí hasta el dormitorio. No había luz. Solo la penumbra de la tarde que se deslizaba por la ventana, teñida de dorado. La cama estaba hecha con sábanas blancas, sencillas, sin encajes ni volados. Una cama que parecía hecha para dormir, no para soñar. Pero en ese momento, sabía que soñaríamos.
Me detuve frente a él. Lo miré. No con ansiedad. Con atención. Como si cada arruga, cada cana, cada marca fuera una palabra que debía leer con cuidado.
—Vamos a coger con calma —le dije.
—Sí —respondió—. Pero no como si fuéramos a correr una carrera.
Me acerqué y le desabroché la camisa, botón a botón, con lentitud. No como si estuviera quitando algo. Como si estuviera abriendo una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada. Cuando la camisa quedó suelta sobre sus hombros, la dejé caer al suelo, sin apuro. Y entonces lo vi: su pecho, con el vello cano y suave, con una cicatriz pequeña, redonda, cerca del pezón. Una cicatriz que no le quitaba nada. Que le daba más.
—¿Esto? —le pregunté, pasando el dedo sobre ella.
—Una caída en el campo, cuando era joven. Me hice con una puerta vieja.
—Me hubiera gustado estar ahí —dije—. Para ver cómo caés.
—No caigo mucho —respondió—. Pero cuando caigo, caigo bien.
Le tomé la cara entre las manos. Lo miré a los ojos. No hubo miedo. Solo confianza. Solo entrega.
—Voy a quererte —le dije—. No como si fuera una obligación. Como si fuera una necesidad.
—Entonces comenzá —respondió.
Me incliné y le besé el pecho. Primero la cicatriz. Luego el pezón. Lo sentí endurecerse bajo mi lengua. No fue un gesto de exigencia. Fue una respuesta. Una confirmación.
Me puse de pie y lo desvestí todo. Le desaté el cinturón, le bajó los pantalones con suavidad, como si estuviera desenvainando algo valioso. Y cuando quedó solo en calzones, lo tomé de la mano y lo senté en la cama.
—Voy a mirarte —le dije—. Como si nunca antes hubiera visto un cuerpo así.
Me acerqué y le besé el ombligo. Luego, con lentitud, bajé los calzones. Lo vi allí, tibio, tieso, con la punta roja y brillante. No era grande, pero era perfecto: bien formado, con los cojones suaves y colgados, como si hubieran aprendido a vivir sin urgencia.
—Voy a lamer —le dije—. No como si fuera una prisa. Como si fuera un ritual.
Me arrodillé frente a él. Le separé las piernas con las manos. Lo miré. Lo sentí. Lo saboreé.
Le lamí la base, con la lengua plana, como si estuviera limpiando una ofrenda. Luego subí, lentamente, hasta la punta, donde lo sentí temblar. Lo tomé con la mano, suave, y lo lamí de abajo hacia arriba, con la lengua curvada, como si estuviera aprendiendo su forma. Él no dijo nada. Solo respiraba, profundo, como si cada inhalación fuera una oración.
—Sí —murmuró, cuando le metí dos dedos en la concha.
No fue una orden. Fue una confirmación.
Lo cogí con calma. No como si estuviera luchando contra nada. Como si estuviera construyendo algo que ya estaba allí, solo que oculto. Lo besé en el cuello, en el pecho, en los labios. Le metí los dedos, primero uno, luego dos, luego tres, mientras lo sentía endurecerse más, más, más, hasta que ya no pudo más.
—Voy a entrar —le dije.
—Sí —respondió.
Me puse de pie y me desabroché los pantalones. Me quitó la ropa interior con la boca, y cuando quedamos los dos desnudos, me senté en la cama y lo tomé de la mano.
—Sentate encima mío —le dije.
Se sentó, con las piernas a los lados, y me miró a los ojos mientras bajaba, lentamente, hasta que lo sentí entrar. No fue una invasión. Fue una llegada. Como si cada centímetro fuera un paso hacia dentro, hacia el centro, hacia lo que ambos sabíamos que estaba allí, desde siempre.
Lo sentí llenarme, con fuerza, con calma, con intención. Me agarré de sus caderas y lo dejé moverse. No fue una carrera. Fue una danza. Un baile de respiraciones, de mordiscos, de susurros. Él se inclinó y me besó el cuello, justo donde el pulso se sentía más fuerte.
—Sos hermoso —me dijo.
—Y vos —respondí—. Tenés la boca de alguien que sabe lo que quiere.
Se movió más fuerte, y yo lo sentí temblar. Lo sentí acelerarse, como si el cuerpo hubiera decidido que ya no quería esperar más. Y cuando llegamos, fue al mismo tiempo, sin ruido, sin gritos, solo con un suspiro que se quedó colgado en el aire, como una promesa.
Se desplomó sobre mí, sudado, cansado, pero contento. Lo abracé, lo sentí contra mi pecho, y lo dejé respirar. No dije nada. No era necesario.
—Voy a quedarme un rato —dijo, después de un tiempo.
—Te espero —respondí.
Y así fuimos, así, abrazados, con el cuerpo sudado y el alma tranquila, mientras la luz del sol se iba, y la noche llegaba, y el silencio volvía, ahora lleno de algo que antes no estaba.
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