El sabor de la lluvia en tu cuello

El sabor de la lluvia en tu cuello

@camila_rios ·5 de junio de 2026 · ★ 4.5 (12) · 114 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba el techo de la casa como si tuviera prisa, como si cada gota quisiera llegar al suelo antes de que se le acabara el coraje. Camila estaba sentada en el borde de la cama, con los pies descalzos apoyados en el piso de madera fría, el vestido de algodón pegado a la piel por el sudor y el calor que no se iba ni con el aire acondicionado roto. No había dormido. No había comido. Solo esperaba. Y cuando escuchó la llave girar en la cerradura, su cuerpo se tensó como un arco que ya no aguanta más la cuerda.

Lucas entró con el abrigo goteando, el pelo pegado a la frente, los ojos oscuros como el cielo antes del trueno. No dijo nada. Se quitó el abrigo con un gesto lento, como si estuviera despojándose de una coraza. Lo dejó en el suelo y se quedó ahí, parado, mojado, mirándola. Ella no se movió. Solo lo miró, con la respiración corta, con la concha ya caliente, con la pija de él dibujada en su mente como si la hubiera tocado mil veces.

—Viste que se jodió el aire? —preguntó él, voz ronca, como si la lluvia le hubiera robado la voz.

—Vos sabés que no lo arreglaron —respondió ella, sin apartar los ojos.

Él dio un paso. Otro. Hasta que estuvo frente a ella, tan cerca que el agua de su camisa le mojó las rodillas. No la tocó. Solo la miró. Y ella, sin pedir permiso, sin pedir nada, levantó la mano y le desabrochó el primer botón. Luego el segundo. Y el tercero. Cada uno sonó como un disparo en la quietud.

—Vos me querés —dijo él, no como pregunta, como certeza.

—Te quiero que me garches hasta que me olvide quién soy —respondió ella, y el tono no era desafío, era súplica.

Él la tomó de la cintura y la levantó como si no pesara nada. Ella soltó un gemido bajo, ahogado, mientras sus piernas se enrollaban alrededor de su cadera. Él la llevó hasta la cama, la tiró con suavidad, pero con fuerza, y se lanzó sobre ella como un hambre que ya no aguanta más. La besó. No un beso suave. Un beso que mordía, que chupaba, que le robaba el aire por la boca y le metía la lengua hasta la garganta. Ella le mordió el labio, le clavó las uñas en la espalda, le gruñó en el oído:

—Cogeme, mierda, cogeme ya.

Él se separó un segundo, solo para mirarla. La miró con esos ojos que no decían nada, pero que lo decían todo. Luego bajó la mano, lenta, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y le separó las piernas. No se molestó en desabrocharle el vestido. Lo desgarró con los dedos, desde el cuello hasta la cintura, y el algodón se rasgó como si fuera papel. La concha quedó expuesta, húmeda, brillante, con el vello oscuro y los labios abiertos, aún con el rastro de su propia humedad.

—Mirá lo que me hacés —susurró ella, con la voz rota.

Él no respondió. Bajó la cabeza. Le besó el pubis. Luego, con la lengua, le recorrió la grieta, lenta, como si estuviera probando cada centímetro. Ella gritó, se arqueó, las uñas se hundieron en las sábanas. Él no se detuvo. Le chupó el clítoris con suavidad, luego con más fuerza, luego con la boca cerrada, como si fuera a morderlo. Ella gimoteó, se retorció, y cuando él metió un dedo dentro de ella, con un movimiento lento, profundo, como si estuviera entrando en un templo, ella soltó un grito que se perdió en la lluvia.

—Sí, sí, sí —gimió—, meté más, meté todo.

Él le metió dos dedos, los abrió dentro de ella, la abrió por dentro, y mientras la chupaba con voracidad, le mordió el muslo, dejando una marca roja, profunda. Ella se corrió sin que él se lo pidiera. Se corrió con un grito ahogado, con los ojos cerrados, con las piernas temblando, con la concha palpitando como un corazón que se despedía de sí mismo.

Él se levantó, se desabrochó los pantalones, y sacó su pija, grande, gruesa, con la cabeza roja y hinchada, con la gota de pre-cum que brillaba en la punta. Ella la miró. La miró como si fuera la primera vez. Como si no la hubiera visto mil veces, como si no la hubiera chupado, como si no la hubiera cogido en el baño, en el auto, en el piso de la cocina. Pero esta vez era distinto. Esta vez era como si la pija fuera el único lugar donde podía respirar.

—Vos me querés —repitió él, ahora con la voz más grave, más ruda.

—Te quiero que me garches hasta que me rompas —respondió ella, y le extendió la mano.

Él se subió sobre ella, se apoyó en los codos, y con la punta de su pija rozó su concha, sin entrar. Ella gimió, pidiendo, suplicando, con los ojos llenos de lágrimas.

—No me hagas esperar, mierda, metela ya.

Él entró. Lentamente. Con una lentitud que dolía. Cada centímetro era un mundo. Cada empuje, una confesión. Ella lo sintió llenarla, como si fuera un río que se desbordaba dentro de ella. Se corrió otra vez, con el cuerpo temblando, con la boca abierta, con los dientes apretados. Él no se detuvo. Siguió empujando, cada vez más profundo, cada vez más rápido, hasta que su pija tocó el fondo, hasta que ella sintió que él la estaba partiendo por dentro.

—Sí, sí, sí —gimió ella—, así, así, así…

Él la tomó de las caderas, la levantó un poco, y la clavó contra él, con los ojos cerrados, con la mandíbula apretada, con la respiración cortada. Ella lo rodeó con las piernas, lo jaló hacia ella, le mordió el hombro, le chupó el cuello, le chupó la oreja, le susurró palabras sucias, palabras que no se decían en voz alta, palabras que solo se decían cuando se estaba a punto de explotar.

—Me garchás como si me fueras a matar —dijo ella, entre jadeos.

—Te garcho como si fuera la última vez —respondió él, y entonces la cogió con tanta fuerza que ella sintió que el mundo se desmoronaba.

Él se corrió dentro de ella. No con un estallido, sino con una ola lenta, profunda, que le recorrió la pija entera y le salió por la punta en chorros calientes, que se derramaron dentro de su concha, que la llenaron hasta el borde, que la quemaron por dentro. Ella lo sintió. Lo sintió como si fuera un fuego que le prendía los órganos, como si él le estuviera sembrando semillas en el útero. Y entonces, cuando él se desplomó sobre ella, con el cuerpo sudado, con la respiración rota, ella lo abrazó, lo apretó, lo mordió en el cuello y le susurró:

—No te vayas. No te muevas. Quedate aquí. Aca. Conmigo.

Él no respondió. Solo le acarició el pelo, con la mano temblorosa, y le besó la frente. La lluvia seguía cayendo. El aire seguía caliente. Y ella, con la concha llena de su semen, con la pija aún dentro de ella, con el cuerpo marcado por sus dientes y sus uñas, se durmió con la cabeza apoyada en su pecho.

Cuando despertó, la lluvia había cesado. El sol entraba por la ventana, y él todavía estaba ahí, dormido, con un brazo sobre su cintura, con la pija aún dentro de ella, como si no quisiera soltarla. Ella se movió un poco, y él suspiró, abrió los ojos, la miró.

—Vos seguís acá —dijo ella, con voz de niña.

—Sí —respondió él, sin soltarla.

—¿Y si mañana te vas?

—No me voy.

—¿Y si te cansás?

—No me canso.

—¿Y si me odias?

Él la miró. Luego bajó la cabeza y le besó la concha, todavía húmeda, todavía suya. Le chupó un poco, lento, como si fuera el primer beso. Y luego, sin levantar la cabeza, dijo:

—Si te odio, te garcho más.

Ella sonrió. Y lo abrazó. Y él la cogió de nuevo. Lentamente. Con calma. Con cariño. Con la misma fuerza de antes. Y esta vez, cuando él entró, ella lo dejó hacer. Porque ya no importaba si era el primero, el último, o el milésimo. Lo que importaba era que él estaba ahí. Que la estaba cogiendo. Que la estaba llenando. Que la estaba haciendo sentir viva.

Y cuando se corrió, esta vez, ella no gritó. Solo lo miró, con los ojos llenos de agua, y le dijo:

—Sos mi casa, mierda. No te vayas.

Él no respondió. Solo la besó. Y siguió cogiéndola. Hasta que el sol se fue. Hasta que la noche volvió. Hasta que la lluvia volvió a caer.

También en: ParejaOralAnal

¿Te ha gustado? Valóralo

4.5 · 12 votos
Reportar
Compartir

También en Romántico