El sabor de la lluvia en la ventana
7 minEl sabor de la lluvia en la ventana
La lluvia golpeaba con fuerza contra los vidrios de la casa de barrio Norte, una tormenta veraniega que no daba respiro. En el living, con las luces bajas y el sonido del diluvio tapando el mundo exterior, Agustina —peliroja, cuerpo alto, músculos suaves de quien corre por Costanera y levanta pesas en el gimnasio— estaba sentada en el sofá, con una copa de malbec medio vacía en la mano. Tenía el pelo suelto, mojado en las puntas por el calor húmedo que entraba por la ventana entreabierta, y una camiseta blanca pegada al pecho por el sudor ligero del verano. Estaba sola. O eso pensaba.
—¿Ocultás algo, no, piña? —la voz de Lucía surgió detrás, baja, con ese tono de quien ya sabía la respuesta y le gustaba disfrutarla.
Agustina giró la cabeza, lento, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso. Lucía estaba de pie en el umbral del comedor, con un vaso de agua en la otra mano, pelada, con el pelo recogido en un nudo desordenado sobre la nuca, una camiseta gris que le subió hasta la cintura y dejaba ver el borde de los shorts de algodón. Tenía los brazos morenos por el sol, las uñas mordidas, y los ojos oscuros, siempre con ese brillo de quien sabe exactamente cuánto daño puede causar con una mirada.
—No te dije que venías —dijo Agustina, la voz un poco más aguda de lo normal.
—Me dijiste que venía. Esta tarde. A las cinco. Pero vos estabas con las cortinas cerradas, con la música alta, como si te escondieras de mí.
Agustina se levantó, lenta, dejando la copa sobre la mesa. El malbec dejó un círculo oscuro en la madera. Se acercó hasta Lucía, paso a paso, hasta sentir el calor de su cuerpo, el aroma a jabón de lavanda y sudor, a piel desnuda después del entrenamiento.
—¿Y qué querés, gorda? ¿Te pongo a cantar “La balsa” otra vez?
Lucía sonrió, esa sonrisa que le abría todo el cuerpo, que empezaba en los ojos y terminaba en la punta de los dedos. Se acercó hasta que sus pechos casi se rozaron, y con la mano libre —la que no tenía el vaso— le pasó el dorso de los nudillos por la mejilla, luego por el cuello, hasta detenerse en la base de la oreja.
—Quiero que me dejes meter la lengua en tu boca, Agustina. Quiero que me dejes sentir cómo te tiembla la lengua cuando te agarro la nuca y te obligo a abrir la boca más grande. Quiero que me dejes… garchar.
Agustina tragó saliva. El vaso le tembló a Lucía. No mucho, pero suficiente para que una gota de agua cayó en su pecho, se deslizó por el centro del pezón, que se puso duro enseguida.
—Sos una puta —dijo Agustina, pero no era una acusación, era una confesión. Una rendición.
—Sí, piña. Soy la que te va a hacer gemir hasta que el vecino llame a la policía.
Lucía la tomó de la muñeca y la arrastró hacia el dormitorio, sin soltarla, sin pedir permiso. Agustina no se resistió. Sabía que Lucía no pedía, solo anunciaba. Y cuando Lucía anunciaba, lo mejor era dejarse llevar.
La cama estaba deshecha, con las sábanas enrolladas al final. Lucía la empujó suavemente sobre la colcha, sin violencia, pero con firmeza, como si Agustina fuera suyo y ya. Se arrodilló entre sus piernas, sin apuro, y se despojó de la camiseta, dejando al descubierto el pecho plano, los pezones oscuros y pequeños, las marcas de los entrenamientos en los hombros. Luego, con movimientos lentos, bajó los shorts hasta las rodillas y los sacó. Quedó ahí, de pie, con las manos en las caderas, mostrando su cuerpo: muslos firmes, la concha afeitada, el monte de Venus apenas cubierto por una fina línea de vello oscuro, la vulva cerrada, labios apretados, como una promesa sin abrir.
—Mirá bien, Agus. Esto es para vos. Sólo para vos.
Agustina se incorporó, apoyada en los codos, y la miró. Le gustaba cómo la luz del atardecer entraba por la ventana, iluminando el vello pubiano con destellos dorados, cómo el cuerpo de Lucía brillaba como si estuviera hecho de bronce. Se acercó, lentamente, y con la lengua rozó el borde del clítoris, que ya estaba hinchado, sensible. Lucía jadeó, una vez, fuerte, y sus rodillas temblaron.
—Ahí no, no así… —dijo, pero no fue un no, fue un sí disfrazado.
Agustina sonrió contra su piel y metió la lengua dentro, suave, explorando la hendidura, rozando el clítoris con el pulgar mientras con los dedos abría los labios, los separaba, los estiraba, los mimaba. Lucía se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en la cabecera de la cama, los dedos de los pies encogidos, la respiración entrecortada.
—Sí… sí, así… —murmuró—. Garcháme, piba… que te dé ganas de comértela toda.
Agustina la escuchó, la sintió temblar, y se inclinó más, hundió la cara entre sus piernas, metió la lengua hasta lo más profundo, rozando el punto G con la punta, mientras con los dedos la penetraba suavemente, entrando y saliendo, con un ritmo lento, constante, como una promesa que se repite una y otra vez. Lucía gritó, un grito ahogado, como si temiera que la escucharan, como si le diera más gusto así.
—Voy a venir… Agus, no lo aguanto… ¡Ahora!
Agustina no se movió. Seguía chupando, lamiento tras lamiento, con la lengua girando en círculos, con los dedos profundizando, con el pulgar presionando el clítoris hasta que Lucía se estremeció, toda su cuerpo se arqueó, los ojos se le perdió en el techo, la boca se abrió en un grito silencioso, y el cuerpo se le llenó de temblores, de espasmos, de placer puro y crudo.
Cuando Lucía volvió a la tierra, se desplomó sobre el costado, jadeando, con la mano sobre el pecho. Agustina se limpió la boca con el dorso de la mano, sonriendo.
—¿Querés que te lave la concha con un cepillo de dientes?
Lucía le lanzó una almohada a la cara.
—Sos una perversa.
—Y vos una gorda que se viene como una novata.
Se abrazaron ahí, en medio de la cama deshecha, con el cuerpo mojado de sudor y de placer, y la lluvia siguió golpeando contra la ventana, como si el mundo entero estuviera celebrando lo que acababa de pasar. Lucía le pasó la mano por el pelo, le acarició la nuca, y luego la llevó hasta su propio cuerpo, hasta su vientre, hasta su ombligo, hasta la cintura de los shorts que aún le colgaban.
—Ahora… —dijo Lucía, con voz ronca, con ojos que ya estaban volviendo a brillar—. Ahora te toca a vos.
Y sin esperar respuesta, se metió debajo de las sábanas, y con la boca abrió los shorts de Agustina, y le bajó la ropa interior, y le puso las manos en los muslos, y le abrió las piernas, y la miró, y sonrió, y metió la lengua.
Fue un beso distinto: más hondo, más húmedo, más insaciable. Agustina se arqueó, gritó, las manos agarrando el cabello de Lucía, las uñas rozando su cuero cabelludo. Lucía la lamía como si fuera su último aliento, como si supiera que esto, esto que estaban haciendo, era una droga, una adicción, un fuego que no se apaga nunca.
—Voy a venir —dijo Agustina, esta vez con voz firme, con poder—. No me detengas.
Lucía no se detuvo. Seguía lamiento, con la lengua metida hasta lo más adentro, con los labios que chupaban su clítoris, con los dedos que la penetraban más fuerte, más rápido, como una tormenta que no da tregua.
Y Agustina vino, fuerte, con un grito que no pudo contener, con las piernas temblorosas, con el cuerpo que se le llenó de gotas de sudor y de placer, con la mente que se borró por un segundo, por un minuto, por una eternidad.
Cuando todo terminó, ambas estaban acostadas boca arriba, sin aliento, con las manos entrelazadas, con los pies enredados, con la lluvia cayendo como si no hubiera mañana.
—¿Volvemos a hacerlo? —preguntó Lucía, con una sonrisa perezosa.
Agustina le apretó la mano.
—Sí. Pero primero, querés que te cuente cómo soñé que
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