El sabor de la lluvia en el puente de la 72
La lluvia había caído suave, de esas que no empapan pero sí empañan los cristales. En el puente peatonal de la 72, entre el humo del café recién hecho y el eco lejano de un camión de gas, ella lo esperaba. Llevaba un vestido de algodón oscuro, ajustado en la cintura pero libre en las caderas, como si la tela supiera que allí crecía su fuerza. Sus cabellos, rizados y oscuros, se pegaban ligeramente al cuello, y cada vez que movía la cabeza, una hebra le rozaba la clavícula —una caricia accidental.
Él llegó con la camisa desabotonada hasta el pecho, los pantalones un poco arrugados y una sonrisa que le costó media tarde de charla en el parque de los sauces. No la besó al entrar. No la tocó ni siquiera con la mirada. Primero, se sentó a su lado, dejando un espacio de tres dedos entre sus caderas —ni más ni menos—, como si estuviera midiendo la distancia entre el alma y el cuerpo.
—Me dijiste que traerías pan —dijo ella, sin mirarlo. Su voz era clara, pausada, como cuando el río baja tranquilo después de la tormenta.
—Sí —respondió él—. Pero si no te gustó el que traje, hay otro en mi casa. El que me hizo la vecina de enfrente.
Ella soltó una risita baja, casi un suspiro, y levantó la mano para ajustarse una hebra detrás de la oreja. En ese gesto, el pulso le latía en la muñeca, visible bajo la piel clara. Él notó cómo se le erizaban los brazos con el frescor del aire. No era miedo. Era atención.
—¿Te acuerdas de cómo huele la ropa mojada después de que pasa el aguacero? —preguntó ella.
—Sí. Como tierra despabilada. Como algo que acaba de despertar.
Ella asintió, y por primera vez lo miró de frente. Sus ojos eran oscuros, húmedos, como el cielo antes de que caiga la segunda onda de lluvia. Tenía un lunar en el cuello, casi escondido por el pelo, y cuando sonrió, le tembló el labio inferior. Un temblor que él quiso besar.
—¿Te parece si caminamos un rato? —dijo él—. Hasta la esquina del cine. Allá hay una banca que ya no usan los viejos.
Ella se puso de pie con lentitud. No se estiró, no se ajustó la falda. Simplemente se levantó, y él notó cómo sus caderas se movían: suaves, seguras, como si supiera exactamente cuánto peso llevar y cuánto dejar flotar. Caminaron sin apuro, uno tras otro, con el tiempo haciendo eco en los zapatos.
—¿Te gusta esto? —preguntó ella, señalando su propio pecho con la punta de los dedos, sin tocarlo.
—Sí —dijo él—. Me gusta que se muevan cuando respiras. Me gusta que parezcan dos puños cerrados, como si estuvieran listos para algo.
Ella rió, esta vez más fuerte, y le dio un codazo suave en el hombro.
—¿Y esto? —volvió a preguntar, bajando la mano hasta su vientre, donde la tela del vestido se curvaba levemente sobre su ombligo.
—Esto… —él tragó saliva—. Esto huele a café y a lluvia. Y a algo más. A algo que no he probado.
—¿Te gusta probar cosas nuevas?
—Me encanta —respondió él—. Pero con calma. Como cuando uno empieza a mamar un dulce de leche: primero lo deja que se derrita en la punta de la lengua. Luego ya se lo come entero.
Ella lo miró de reojo, y esta vez sí le sonrió con los ojos cerrados.
—Entonces… ¿te animas a venir a mi casa?
—Sí —dijo él—. Pero avísame si te gustó lo que hice. Porque si no, me voy a sentir como el pan que dejaste en el puente: medio comido y medio olvidado.
—Nada se olvida aquí —respondió ella—. Todo se guarda, como el sabor de la lluvia en la piel.
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