El Sabor de la Lluvia
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La primera vez que sentí su lengua en mi cuerpo fue bajo una tormenta que sacudía la ciudad como si le doliera el alma. Yo estaba sentada en el borde de la cama, con el cabello suelto, el camisón mojado de transpiración y el aire denso del verano húmedo pegándome a la piel. Él no dijo nada cuando entró. Solo cerró la puerta tras de sí con un clic suave, como si temiera asustar algo que aún no había nacido. Me miró con esa mirada que no pide permiso, sino que lo toma todo como si ya lo poseyera. Y yo —sí, yo— lo dejé hacerlo.
—¿Te gusta la lluvia? —preguntó, acercándose despacio, los ojos fijos en mis labios.
—Me gusta lo que haces cuando llueve —respondí, y ya entonces supe que no iba a detenerme.
Se arrodilló frente a mí sin despojarme de la ropa. Con los dedos, deshizo el nudo de mi camisón, tirando con lentitud hasta que el tejido se deslizó por mis muslos y quedó enrollado alrededor de mis rodillas. Me miró el pecho, los pezones ya duros bajo el algodón húmedo, y sonrió. No con burla, sino con complicidad. Como si supiera que yo también estaba lista, que yo también llevaba días soñando con sus manos, con su boca, con el modo en que su respiración se calentaba cuando me tocaba.
—Quítatelo —dijo, con voz ronca, los ojos en mis ojos—. Todo.
Lo hice sin dudar. El camisón cayó al suelo como una promesa rota. Yo ya no tenía nada que ocultar.
Él se levantó entonces, se desabrochó la camisa, se la quitó, y dejó al descubierto ese pecho ancho, peludo, con una cicatriz en el costado izquierdo que me había contado una vez pertenecer a un viejo cuchillazo en una pelea de barrio. Me miró y me tendió la mano. Yo se la tomé y me levanté. No hubo prisa. Solo el calor que se arrastraba entre nosotros, pegajoso y denso, como la humedad que golpeaba las ventanas con furia.
—Siéntate —ordenó.
Lo hice en el borde de la cama, las piernas abiertas, las uñas de los pies aferrándose al colchón. Él se puso entre ellas, sin presionar, solo con la punta de sus dedos rozando mis muslos internos, subiendo, bajando, subiendo otra vez, hasta que sentí el temblor en mis piernas.
—Déjame verte —dijo.
Y así fue. Con lentitud, con respeto, con una devoción que me hizo sentir sagrada y al mismo tiempo, completamente vulnerable. Sus manos me abrieron como una flor que se deja abrir. Y cuando por fin pude sentir su aliento en mi clítoris —ese nudo de nervios que palpaba como un corazón pequeño y asustado—, me estremecí.
—No te muevas —murmuró, y me sujetó las caderas con fuerza—. Déjame hacerlo bien.
Y lo hizo.
Su lengua no fue un beso. Fue un descubrimiento. Primero un trazo seco, apenas un roce, como si estuviera probando el sabor del aire a mi alrededor. Luego, con más confianza, rozó mi clítoris con la punta, en círculos lentos, casi mecánicos, pero con una precisión que me hizo arquear la espalda. Me mojé enseguida, un flujo tibio que corrió por mis muslos y se pegó a la piel de sus manos.
—Huele a ti —dijo, sin levantar la vista—. Como a mi sangre y a la lluvia.
Y volvió a hacerlo. Esta vez, con la lengua plana, deslizándose de arriba abajo, desde mi entrada hasta el nudo de mi clítoris, como si quisiera aprenderme el mapa de mi cuerpo de memoria. Me lamía como si no hubiera mañana. Como si supiera que esa noche era la única que tendríamos juntos.
Sentí que mis dedos se hundían en su cabello. No para detenerlo, sino para mantenerlo cerca. Su barba me rozaba las piernas y me hacía cosquillas en la piel, pero no me importaba. Solo quería sentirlo más hondo, más fuerte, más húmedo.
—Sí… así —gemí, con la voz rota—. Más fuerte.
Y lo hizo.
Clavó la lengua dentro de mí, profundamente, con un movimiento que me hizo gritar. No fue un gemido suave, fue un grito ahogado, como si su boca hubiera encontrado el botón que me desarmaba por completo. Me estremecí, las rodillas se me doblaron, y solo su agarre en mis caderas me mantuvo en pie.
Me lamía con una furia que me dejaba sin aire. A veces, con la punta, rozaba mi clítoris directamente, otras lo absolvía entre sus labios, chupando con fuerza, como si quisiera sacarme el aliento por completo. Y yo —yo le daba todo. Mis gimeos, mis quejidos, mis peticiones desesperadas. Le decía “sí”, “así”, “más”, “no pares”, “quiero más”, “quiero que me rompas”, “quiero que me comas”.
Y entonces, cuando sentí que el calor subía como una marea que no podía contener, cuando mis dedos ya no aguantaban más su cabello y se aferraban al colchón como si fuera un Lastre, él metió dos dedos dentro de mí, con un movimiento que me hizo ver estrellas.
—¿Así? —preguntó, moviendo los dedos con lentitud, rotando la muñeca, mientras su lengua seguía trabajando, firme, implacable.
—Sí —jadeé—. Sí, por favor…
Y cuando llegó, no fue una oleada suave. Fue una explosión. Un temblor que me sacudió desde los pies hasta la nuca, que me hizo abrir la boca y no soltar nada más que un grito sordo, como si mi cuerpo hubiera olvidado cómo hablar. Me vibraba todo, y yo me dejaba llevar, sin resistencia, sin miedo, con los ojos cerrados, con el corazón a mil.
No se detuvo hasta que sentí que la convulsión empezaba a amainar. Entonces, lentamente, apartó la boca, con un sonido húmedo y suave, como el cierre de una puerta que se cierra tras una tormenta. Se limpió la barbilla con el dorso de la mano, me miró fijamente y me sonrió.
—Eres deliciosa —dijo, y me besó el muslo, justo donde su lengua había estado.
No dije nada. Solo le acaricié la cara con una mano temblorosa, y le besé los labios. Le devolví el sabor que me había dado, y en ese beso, supe que volvería a hacerlo. Que siempre volvería.
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