El sábado que me la pasé follando con mi novia y su hermana
8 minEl sábado que me la pasé follando con mi novia y su hermana
La primera vez que vi a Valentina, ella me estaba mordiendo el labio con los dientes pequeños y dulces, mientras su hermana Camila, más rubia, más alta y con las caderas más anchas, nos miraba desde la puerta del bar con una sonrisa que prometía líos. Valentina me había conocido en una feria de libros usados en El Poblado, donde ella trabajaba de editora freelance y yo andaba buscando novelas negras para leer en la noche, lejos de las luces de la ciudad. Tenía el pelo negro, rizado, los ojos marrones profundos como el café recién colado y una risa que sonaba como campanas de iglesia en plena madrugada. Camila, su hermana menor, era más fuerte, más directa, más… peligrosa. Trabajaba como diseñadora gráfica, usaba tallas grandes porque su cuerpo era generoso, especialmente en el culo y en los pechos, que se le veían redondos y pesados hasta con una camiseta holgada.
Nos hicimos amigos. Valentina me contó que su hermana era viuda desde hacía dos años, que su esposo había muerto en un accidente en la Autopista al Mar, y que desde entonces no había vuelto a acostarse con nadie. Ella misma me lo dijo, un día que estábamos tomando aguardiente en su apartamento, mientras Camila estaba en la cocina preparando arepas. Valentina me susurró: “Camila es dura, pero cuando se deja tocar, es fuego puro”. Yo le dije que no era mi tipo, que yo prefería a Valentina, pero que Camila era… impresionante. Ella me miró con esos ojos que me hacían perder el hilo del pensamiento y me soltó: “Pues si un día te la comes, no me digas nada. Que no me pica el dedo”.
Pasaron seis meses. Yo y Valentina andábamos en un ritmo lento, pero constante. Nos veíamos dos veces por semana, nos comíamos a besos en su apartamento, en la cama con las luces apagadas o con las persianas abiertas para ver las luces del barrio. Ella me decía que yo era “el mejor pito que había tenido”, que me hacía temblar solo con tocarle el culo, que le gustaba que yo le mordiera los pezones y le chupara el clítoris hasta que gritara mi nombre. Y yo le creía, porque cada vez que me lo decía, lo hacía con los ojos cerrados, los dientes apretados y la lengua entre los labios.
Un sábado, a las 4 de la tarde, Valentina me llamó. Me dijo: “Voy a salir a comprar cosas para la cena, pero Camila va a estar aquí. Te la vas a encontrar en casa. Si no te importa, claro”. Le dije que no, que no me importaba. Me puse una camiseta limpia, me cepillé los dientes y subí en moto. Cuando llegué, la puerta estaba entreabierta, como me había dicho ella. Entré y me encontré con Camila sentada en el sofá, con unos shorts cortos y una camiseta blanca que le pegaba al cuerpo como segunda piel. Tenía las piernas abiertas, una mano apoyada en la rodilla, la otra jugueteando con una goma de pelo. Me miró de arriba abajo y dijo, con voz lenta: “Ah, Diego. Valentina me dijo que vendrías. Qué suerte la mía”.
Me senté a su lado. Huele a vainilla y a sudor, a perfume barato y a piel caliente. Me ofreció una cerveza y me contó que Valentina había ido al supermercado. Me dijo que le gustaba cómo me veía, que me veía “fuerte”, que le recordaba a su marido cuando lo conoció. Yo le sonreí, le dije que era un honor. Y ella me miró con esos ojos que Valentina me había descrito: duros, pero abiertos, como una puerta que se va a abrir de un momento a otro.
La cerveza se acabó. La segunda también. Camila se levantó, se estiró, y se quitó la camiseta. Sus pechos salieron, grandes, firmes, con pezones morenos y hinchados. Me miró y me dijo: “¿Quieres tocarlos?”. Yo no dudé. Me levanté, caminé hasta ella y le puse las manos encima. Le sentí la piel caliente, el pecho subir y bajar con la respiración. Le apreté suavemente, le pasé los pulgares por los pezones y los vi endurecerse enseguida. Ella soltó un suspiro largo y me dijo: “Sí. Así. Que me los aprietes bien”.
La besé. No fue un beso tierno. Fue un beso con lengua, con mordiscos, con los dientes chascando contra sus labios. Ella me empujó contra el sofá, me sentó encima y me quitó la camiseta. Me pasó las manos por el pecho, me apretó los pezones y me susurró: “Tienes un pito grande, ¿sí?”. Le dije que sí, que lo era. Ella me dio una palmada en el muslo y me dijo: “Pues ya me late. ¿Te parece si nos quitamos los pantalones y lo vemos de cerca?”.
Nos quitamos los pantalones y los calzones. Yo me quedé con el pantalón corto y la camiseta, y ella se quedó con la ropa interior negra de encaje que me dejó la boca seca. Me pidió que le quitara la ropa interior y yo se la bajé con lentitud, viendo cómo sus muslos se abrían solos. Su vagina estaba limpia, peluda, con los labios rosados y hinchados. Me asomé y le di un beso en el clítoris. Ella gritó, un grito corto, agudo, como una campanilla de bicicleta. Me dijo: “¡Sí! ¡Así, chupando! ¡Mámalo, mámalo bien!”.
Me puse de rodillas y le chupé el clítoris, le pasé la lengua por los labios, le metí los dedos dentro. Ella se agitaba sobre mí, moviendo las caderas, gimiendo: “¡Ah, sí! ¡Más fuerte! ¡Quiero que me jodas, Diego, pero despacio!”. Le dije que sí, que la iba a comer hasta que no pudiera más. Le lamí todo, le chupé el clítoris hasta que se le erizaron los pechos, le metí tres dedos y los moví como si estuviera follando. Ella me dijo: “¡Ya no aguanto, Diego! ¡Quiero que me lo metas todo, que me lo jodas de una vez!”.
Me levanté, me puse frente a ella, le agarré de la cintura y la senté sobre el sofá. Le abrí las piernas y le metí el pito en la vagina. Estaba muy apretada, muy caliente. Se aferró a mis brazos y me dijo: “¡Mierda, qué rico! ¡Estás grande, Diego! ¡Empújame,empújame!”. Empecé a moverme, sacando y metiendo, golpeándole el pubis con fuerza. Ella gimió, se puso a contar: “¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Sí! ¡Así, más rápido!”.
Estábamos a punto cuando escuchamos la puerta. Valentina había vuelto. Se quedó parada en la puerta, con las bolsas de compras en las manos, mirándonos. Camila la miró, le sonrió y le dijo: “¿Te unes o nos miras?”. Valentina dejó las bolsas en el suelo, se quitó la camiseta y se acercó. Me dijo: “Déjame verlo”. Se puso frente a mí, me tomó el pito con la mano y lo frotó contra sus labios. Me dijo: “Tiene buena pinta. ¿Me lo dejas usar?”. Le dije que sí, que lo que fuera.
Camila se puso de pie, se puso frente a Valentina y le metió los dedos en la vagina. Valentina gimió, se agachó un poco y me dijo: “Diego, yo quería esto desde la primera vez que te vi. Quería verte follando conmigo y con ella. Quería sentirte dentro de mí mientras tú me mirabas follando a mi hermana”. Me puse detrás de Valentina, le abrí el culo con una mano y le metí el pito en la vagina. Ella se aferró a Camila, le clavó las uñas en el hombro y gritó: “¡Sí, sí, sí! ¡Mete más, Diego, que me lo estás comiendo todo!”.
Camila se volteó, me agarró de los testículos y me los apretó. Me dijo: “¡Mírame mientras la jodes! ¡Quiero ver cómo te lo muerdes!” Yo miré a Camila, vi cómo se mordía el labio, cómo le corría el sudor por el pecho, cómo le temblaban los pechos. Valentina me dijo: “¡Ahora, Camila! ¡Ahora que te la como!” Camila se puso de cuclillas, me metió el pito en la boca y empezó a chuparme. Valentina me movía las caderas, yo la folleaba con fuerza, y Camila me chupaba como si no hubiera otro momento en su vida.
Yo me acerqué a Valentina, le puse una mano en el culo, le separé los muslos y le metí dos dedos. Ella gritó, se le pusieron los ojos blancos y se le corrió encima. Yo la seguí folleando, y Camila me soltó el pito y me dijo: “¡Ahora me lo metes a mí, o me muero!” Me puse frente a ella, le levantó una pierna, le puse el pito en la vagina y la empujé contra la pared. Ella gritó, me abrazó, me mordió el cuello y me dijo: “¡Sí, sí, sí! ¡Muerde mi pecho, Diego, muerde!” Yo le mordí un pezón, le chupé el otro y le metí el pito hasta el fondo. Ella se corrió, gritando mi nombre, y yo la seguí folleando hasta que me corrió a mí. Me corrió todo dentro de Valentina y dentro de Camila, y yo grité: “¡Mierda, qué rico! ¡Las dos, las dos!”.
Me corrí, y Valentina me dijo: “¿Te la pasaste bien?”. Le dije que sí, que era lo mejor que me había pasado en años. Camila me besó en la frente y me dijo: “Otro día, ¿no?”. Le dije que sí, que cualquier día. Y me senté a su lado, con las dos mujeres a mis lados, con el pito blando y las tetas sudadas, con el culo lleno de marcas y la boca llena de su sabor. Y me dije: “Esta es la vida, Diego. Esta es la vida que mereces”.
Valentina me pasó una cerveza, Camila me pasó una toalla y yo me quedé allí, con las dos, con el corazón lleno y el pito durando un poco más. Me di cuenta de que no era un sueño, no era una fantasía. Era real. Era caliente. Era Colombia, era El Poblado, era sábado, era Valentina y Camila, era la vida.
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Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.