El Retorno Del Sabor Agridulce
La primera vez que vi a Camila después de diez años, el corazón me dio un salto hacia atrás, como cuando te caes de bici y las piernas se te van por delante. Estaba sentada en el bar de la esquina, esa terraza donde el sol de mediodía se enreda con las sombras de los plátanos, y me miró como si me estuviera midiendo con la mirada: «¿Vas a acercarte o no?». Llevaba un vestido celeste, ceñido hasta la cintura, dejando al descubierto ese culo redondo, firme, que ya no era el de los veinte, pero sí más jugoso más maduro, como un mango amarillo listo para ser partido.
Me acerqué. No hablamos de inmediato. Solo nos miramos, con esa carga que no se borra con el tiempo: recuerdos de besos robados en el parque de La Aurora, de sus uñas clavándose en mi espalda cuando la hacíamos gritar en el viejo apartamento de la calle 17. Ella sonrió, perezosa, con esa media sonrisa de mujer que ya sabe lo que le gusta y no tiene prisa por olvidarlo.
—Diego, ¿te acuerdas de cómo me gustaba que me mamaras antes de meterte? —dijo, bajando la voz, pero lo suficiente como para que los vecinos del lado de allí se emocionaran con la suerte.
Asentí. No decía nada que no dijera antes, pero esta vez el tono tenía sabor a venganza dulce, a promesa recalentada.
—A ver si tu lengua ha ganado fuerza, carnal.
No me dije nada. Le tomé la muñeca, la tiré hacia atrás sobre el asiento, le separé las piernas con la mía y le metí la mano derecha por debajo del vestido. Ya estaba mojada. No es que estuviera empapada, no —era un flujo caliente, espeso, como miel derretida, que me manchó los dedos apenas los introduje. Me lo llevé a la nariz, lo olí: sudor, perfume de jazmín y ese olor a hombre que le gustaba ponerle cuando iba a encontrarse conmigo. Me la lamí los labios con la lengua, lento, saboreando cada gota, mientras con los dedos le abría el culo, ya húmedo, ya cediendo. Me miraba fijo, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, jadeando como si la estuviera muriendo de placer.
—Aún te recuerdo —dijo, cuando le metí el dedo—. Cada vez que te matabas por entrar, me decía: «ese pito va a romperme». Y ahora… —abrió los ojos, me clavó la mirada—… ahora que sé que no lo rompe, que solo me lo parte por dentro.
Le solté la muñeca, le bajé la bragas, le separé los labios con el pulgar y vi su clítoris, hinchado, oscuro, pidiendo a gritos. Le lamí encima, una, dos veces, sin prisa, mientras con la otra mano le masajeaba el culo, presionando con los nudillos, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía, cómo su respiración se volvía un gruñido gutural.
—No me jodas, Diego —susurró—. Mete ese pito antes de que me derrita.
Me paré, le bajó la braga, me desabroché el pantalón y saqué el pito, ya tieso, grueso, con la punta húmeda. Le dije: «Dame el culo». Y ella, sin dudar, se inclinó sobre la mesa, apoyó las manos, levantó la cadera y me ofreció su culo, redondo, terso, con esa marca de nacimiento que tiene en la nalga izquierda, casi invisible, pero que yo siempre reconozco. Le separé las nalgas con las manos, le lubricé el ano con mi propia saliva, le dije: «Respira», y lo hice lentamente, empujando la punta, sintiendo cómo se abría como un pétalo de rosa negra.
Me metí hasta la raíz.
Giró la cabeza, me miró con los ojos llenos de lágrimas, no de dolor, de satisfacción.
—Más —dijo—. Ahora sí, papi.
Y le di. Con fuerza, con ganas, como si el tiempo no hubiera pasado, como si cada día de ausencia fuera un puñetazo en la espalda que ahora pagaba con cada culata, con cada golpe seco, con el sonido de su carne chocando contra la mía.
Me agarró del pelo, me tiró hacia atrás, me pidió que le metiera la lengua en la boca mientras le jodía el culo, y lo hice. Le lamí la lengua, le chupé los labios, le mordí el cuello, y mientras ella gemía, yo sentí ese calor, esa tightness, esa compresión que solo el culo de Camila sabe dar.
—Voy a correrme —dije, jadeando.
—Sí, Diego —dijo—. Corrémete dentro de mí, como cuando teníamos veinte años. No me importa.
Y así lo hice. Le di tres culatazos finales, más fuertes, más hondos, y me corrí dentro de su culo, sintiendo cómo su cuerpo me chupaba, cómo su boca se abría en un grito silencioso, cómo sus piernas temblaban, cómo su culo se me aferraba como si no quisiera soltarme jamás.
Cuando terminé, me quedé dentro, con el pito still, latiendo, pulsando, hasta que ella giró la cabeza y me besó.
—Te extrañé, Diego —dijo—. Más de lo que te dije.
—Y yo te eché de menos, Camila —le dije—. Cada vez que me metí a la ducha, pensaba en cómo hueles cuando sudas.
Y así quedamos, sentados en la terraza, con el sol ya bajando, el pito aún dentro de su culo, y el sabor
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