El Retorno del Gallo del Barrio

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La noche caía sobre Medellín como un manto de terciopelo caliente, pegajoso de humedad y promesas. En un apartamento con vista a las luces del Poblado, una copa de vino tinto reposaba en la mesita de centro, junto a un par de tacos desatados y una blusa blanca tirada con descuido sobre el sofá. La música de un viejo bolero de Lucho García sonaba bajito, apenas un fondo para el silencio que se espesaba entre las paredes.

Y en medio de ese ambiente, ella, Valeria, se paseaba descalza por el salón, con el pelo suelto, ondulado, cayéndole por la espalda como una cascada de noche. Llevaba solo un short de seda negra y un brasier del mismo color, apenas conteniendo unos senos redondos, firmes, que se alzaban con cada respiración profunda. Sus caderas anchas marcaban el ritmo de su inquietud. Miraba el reloj. Las nueve y cuarenta y siete. Él no llegaba.

Pero sabía que vendría. No había pasado ni un día sin que Diego Salas no apareciera en sus pensamientos. Tres años sin verlo, sin sentirlo, sin que ese pito grueso, con olor a hombre de verdad, le volviera a abrir el culo como si fuera su derecho natural. Porque para él, lo era. Y ella, aunque se resistiera al principio, lo sabía bien.

Diego no era cualquier hombre. Era el gallo del barrio, el que en su juventud había marcado a todas las muchachas del sector con su nombre, con su forma de tomar, de dominar, de decir «aquí mando yo» sin necesidad de gritar. Y con Valeria, había sido distinto. No fue solo sexo. Fue guerra, fue entrega, fue una batalla de poder donde al final, ambos sabían que ella se rendía. Porque quería. Porque le encantaba sentirse suya.

La puerta se abrió sin llave. Ella no se sorprendió. Sabía que tenía copia.

—¿Y ahora quién te dio permiso pa’ entrar, Diego? —dijo, sin mirarlo aún, con voz temblorosa de emoción contenida.

Él cerró la puerta despacio, sin hacer ruido. Llevaba una camisa negra abierta hasta la mitad del pecho, pantalón de cuero ajustado, botas negras. Su pito ya se marcaba bajo la tela, como si supiera lo que venía. Y su mirada, fría, intensa, como de halcón, se clavó en ella.

—Yo no pido permiso, Valeria. Yo entro. Y tú sabes por qué.

Ella se giró lentamente. El corazón le latía como si fuera a reventar. Diego no había cambiado. Alto, fibroso, con ese aire de peligro que solo los hombres que han vivido de verdad tienen. Su barba de tres días, su pelo corto, sus ojos negros que parecían ver más allá de la piel.

—Tres años —dijo ella, cruzando los brazos—. Tres años sin saber de ti. Y ahora llegas como si nada.

—¿Y tú creíste que me había olvidado de ti? —sonrió, sin moverse—. ¿De este culo que me enloquece? ¿De estas tetas que me hacen babear como un pendejo? No, Valeria. Yo no olvido lo que es mío.

Ella dio un paso atrás, pero fue instintivo. No por miedo. Por instinto de supervivencia. Porque sabía que si se acercaba, todo se descontrolaría.

—No soy tuya, Diego.

—Ah, no —dijo él, avanzando con lentitud felina—. Pero lo serás. En menos de cinco minutos, estarás gritando mi nombre mientras te doy por detrás, como la zorra que eres cuando me tienes adentro.

Ella tragó saliva. No podía negar lo que sentía. El calor entre las piernas, el humedal que ya le empapaba el short, el deseo de que él la tomara como antes, sin preguntar, sin pedir permiso, como si su cuerpo fuera su territorio.

—No puedes venir y creer que… que vas a hacer lo que quieras —balbuceó, pero la voz le temblaba.

—Claro que puedo —dijo, acercándose hasta que sus cuerpos casi se tocaban—. Porque tú me llamaste. Tú me dijiste «ven». Y tú sabes bien que cuando yo digo que voy a volver, no es por hablar.

Ella no pudo más. Se lanzó a él. Lo besó con furia, con hambre, con tres años de ausencia acumulados en la lengua. Él respondió igual, con fuerza, mordiéndole el labio, agarrándole el pelo con una mano y empujándola contra la pared con la otra.

—Te voy a dar duro, Valeria —le susurró al oído—. Como te gusta. Como te duele. Como te hace gritar.

Ella gimió. No pudo evitarlo. Sus manos bajaron hasta el pantalón de él, buscando el pito que ya estaba duro, hinchado, caliente. Lo sacó con urgencia, acariciando la piel gruesa, el glande húmedo, la vena que latía como si tuviera vida propia.

—Rico… —susurró—. Siempre tan rico…

—Y tú, tan puta —dijo él, empujando su pito contra su boca—. Mámame, zorra. Como antes.

Ella no se negó. Abrió la boca y se lo metió entero, hasta la garganta, como si fuera su deber. Lo chupó con devoción, con necesidad, con el ansia de quien lleva años sin probar su sabor. Diego gemía, sosteniéndole la cabeza, marcando el ritmo.

—Así… así, carajo… chúpamelo bien… que después te voy a llenar el culo.

Ella sintió un escalofrío. El culo. Su punto débil. Su lugar prohibido que él había convertido en suyo con cada invasión.

Él la apartó con brusquedad, la levantó del suelo como si no pesara, y la llevó a la habitación. La tiró sobre la cama boca abajo, le arrancó el short y el brasier con violencia, y le separó las nalgas con ambas manos.

—Mira este culo —dijo, acariciándolo—. Tan prieto, tan blanco, tan mío.

Le dio una nalgada fuerte, que retumbó en la habitación. Ella gritó, pero de placer. Otra. Y otra. Hasta que la piel le ardía.

—¿Quieres que te dé por aquí? —preguntó, rozando la punta de su pito contra el ano.

—Sí… —gimió ella—. Por favor…

—¿Por favor qué?

—Por favor… dámelo por el culo, Diego… como antes… como me gusta…

Él sonrió. Sabía que había ganado. Se subió a la cama, se puso un condón, y se empapó el pito con lubricante. Luego, con lentitud cruel, empezó a empujar.

—Agárrate de la cama —ordenó—. Y no sueltes, aunque te duela.

Ella obedeció. Se aferró a las sábanas, apretó los dientes, y sintió cómo él entraba, centímetro a centímetro, con fuerza, con dominio, con la autoridad de quien sabe que está en su derecho.

—¡Ahhh! —gritó ella, con lágrimas en los ojos.

—¿Duele?

—Sí… pero no pares… no pares…

—Claro que no —dijo él, empujando más—. Tú me perteneces. Desde siempre.

Cuando estuvo todo adentro, se quedó quieto. Dejó que ella se acostumbrara al tamaño, al dolor, al placer. Luego, empezó a moverse. Lento al principio, luego más fuerte, más rápido, con golpes profundos que la hacían temblar entera.

—¿Quién te la da así? —preguntaba él, mientras la azotaba—. ¿Quién te da duro por el culo como yo?

—Nadie… nadie como tú…

—¿Y quién te hace gritar?

—¡Tú! ¡Tú, Diego! ¡Solo tú!

Él reía, satisfecho. Cada grito era suyo. Cada jadeo, su trofeo. Cada espasmo de su cuerpo, su conquista.

Y así, durante minutos que parecieron horas, la folló con dominio absoluto. Le marcó el culo con sus manos, le mordió los hombros, le habló al oído con palabras que solo ellos entendían.

—Eres mía… aunque no quieras… aunque huyas… siempre vuelves… porque nadie te domina como yo.

Ella lloraba. No de tristeza. De liberación. De placer. De entrega total. Y cuando él sintió que iba a correrse, la detuvo.

—No… no te corras todavía —suplicó ella.

—Cállate —dijo él, agarrándola del pelo—. Cuando yo diga.

La giró de un tirón, la puso de rodillas, y le metió el pito en la boca otra vez.

—Límpialo —ordenó—. Límpialo bien, que voy a volver a darte.

Ella obedeció, chupando con devoción, saboreando su propio olor mezclado con el de él. Diego gemía, pero se controlaba.

Luego, la hizo acostarse de espaldas, le abrió las piernas, y volvió a entrar, esta vez por la vagina.

—Ahora te voy a llenar —dijo—. Por dentro. Como antes.

Ella gritó de nuevo, pero esta vez fue diferente. Fue como si todo el pasado volviera, como si cada traición, cada distancia, cada mentira, se borrara con cada embestida.

—¡Diego! ¡Más! ¡Más fuerte!

—¿Quieres más? —preguntó él, acelerando—. ¿Quieres que te rompa?

—¡Sí! ¡Rompe conmigo! ¡Hazme tuya!

Y él lo hizo. Con fuerza, con furia, con amor disfrazado de dominación. Hasta que el orgasmo los alcanzó a ambos, violento, desgarrador, como un terremoto que los dejó temblando.

Diego cayó sobre ella, sudoroso, agitado, con el corazón a mil.

—No vuelvas a irte —dijo ella, abrazándolo—. No aguanto más sin ti.

—No me voy —respondió él—. Yo no abandono lo que es mío.

Se quedaron así, abrazados, sudorosos, enredados. La luna entraba por la ventana, iluminando sus cuerpos desnudos, sus marcas, sus cicatrices.

Y en medio del silencio, solo se escuchaba la respiración lenta, el latido del deseo satisfecho, y el murmullo de una ciudad que seguía viva, ajena al retorno del gallo del barrio.

Porque Diego Salas no había vuelto solo a Medellín.

Había vuelto a reclamar lo suyo.

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