El regreso de la vecina del piso de arriba

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (34) · 382 lecturas · 6 min de lectura

El ascensor tembló un poco más de lo normal cuando subió al décimo piso. Diego apretó la bandolera con el cuaderno de dibujo y el lápiz de grafito desgastado, sintiendo cómo el sudor le pegaba la camiseta al pecho. Hacía tres años que no veía a Valeria. Tres años desde que ella se fue de ese edificio, de esa ciudad, con el corazón roto tras la muerte de su hermano y un divorcio rápido y amargo. Él, desde entonces, se había quedado aquí, dibujando edificios que ya no quería ver, con los ojos siempre puestos en la ventana del piso de arriba, como si el vacío allí arriba pudiera llenarse con algo más que recuerdos.

Hoy, sin embargo, la puerta del departamento 10B estaba abierta. Una caja de cartón con el logo de una mudanza se veía en el pasillo, y una música suave —esa canción vieja de Juanes que a él le encantaba— se colaba por la rendija. Diego dudó. Se detuvo. El corazón le latía con fuerza, como cuando era joven y se acercaba a una chica que le gustaba. Pero ya no era joven. Ya tenía 39, canas en las sienes y una cicatriz en la ceja que Valeria había visto nacer.

—¿Valeria? —preguntó, casi sin voz.

La música se detuvo. Un momento de silencio. Luego, pasos. Rápidos. Una silueta alta, morena, con el pelo recogido en un nudo desordenado, apareció en el umbral, sorprendida.

—¿Diego? —dijo ella, entre duda y esperanza.

Valeria tenía el mismo cuerpo que recordaba: caderas anchas, cintura fina, piel clara con un brillo de sudor en el cuello. Pero ahora sus ojos no estaban hundidos por el dolor. Estaban vivos, brillantes, como si la luz del sol les hubiera vuelto a encontrar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Diego, intentando sonar casual, aunque su voz tembló.

—Me mudé —dijo ella, sonriendo—. El divorcio me dejó libre, y decidí volver. A casa. A donde todo empezó.

Diego asintió, sin saber qué decir. Por un momento, el aire entre ambos se volvió espeso, como si el tiempo hubiera dejado de correr.

—¿Quieres entrar? —le ofreció Valeria, haciendo un gesto con la mano—. Tengo café. Y un par de cosas que decirte.

Él entró. El departamento era nuevo, limpio, con luces suaves y paredes blancas. Pero había algo familiar: el olor a jazmín, el mismo que usaba antes. Y en la pared, colgado con orgullo, un cuadro pequeño: una vista del río Cauca desde el puente del Oeste. Era un dibujo que él había hecho en su juventud, que Valeria le había robado un día y juraba que era su favorito.

—¿Todavía tienes esto? —preguntó, acercándose.

—Lo guardé como si fuera un tesoro —respondió ella, poniéndose detrás de él—. Siempre supe que lo harías bien, Diego. Solo necesitabas tiempo.

Él se giró. Ella estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Sus ojos se encontraron. Y entonces, sin pensarlo, Valeria le tomó la mano.

—¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos juntos? —susurró.

Diego recordaba. Había sido en ese mismo piso, en esa cama que ahora estaba deshecha en el dormitorio. Ella lo había llamado después de la muerte de su hermano. Estaban los dos hechos polvo, sin fuerzas, sin palabras. Él la había abrazado, y ella, en vez de llorar, lo había besado. Un beso desesperado, húmedo, con ganas de sentir algo, *cualquier cosa*, que los sacara del vacío. Y luego, entre lágrimas y caricias, habían hecho el amor como si fuera la última vez. Fue intenso, visceral, pero no había sido amor. Era solo consuelo.

—Sí —dijo Diego, mirándola—. Fue… real.

Valeria asintió, y lentamente se acercó más, dejando que su cuerpo rozara el suyo.

—Y hoy —dijo, con voz baja, cálida—… hoy quiero que sea diferente.

Diego sintió una descarga eléctrica desde la entrepierna. Ya no era un chaval. Ya no tenía miedo de lo que sentía.

—¿Cómo quieres que sea? —preguntó, acariciándole la nuca con los dedos.

Ella sonrió, y esa sonrisa lo mató.

—Que me mames bien, Diego. Que me mames como si no hubiera un mañana.

Él no dudó. Le quitó la camiseta con suavidad, dejando al descubierto un sujetador de encaje negro que apenas contenía sus pechos redondos y firmes. Los pezones eran oscuros, hinchados, como si ya estuvieran listos para el placer. Valeria se deshizo de sus propios pantalones, y luego de los de él, sin prisa, como si cada gesto fuera un acto sagrado.

Cuando lo tuvo en la mano, frío y flácido al principio, lo acarició con la palma, luego con los dedos, mimándolo, acariciándole el glande con la uña. Diego gimió, cerrando los ojos.

—Eres un pito hermoso —murmuró ella—. Siempre lo fue.

Con la lengua, lo recorrió todo: el cuello, el glande, la punta, bajando hasta los testículos, que colgaban pesados y sensibles. Luego, sin más preámbulo, lo metió hasta lo fondo de su boca, hasta la base, y lo sacó con un *pop* húmedo.

Diego se agarró de la cabeza de la cama.

—Ah, Dios… Valeria…

Ella lo miró con ojos de loba.

—¿Quieres que te lo meta ya? —preguntó, pasándose la lengua por los labios—. ¿O prefieres que te mame hasta que te derritas?

—Mejor… me mejor… —respiró—. Mete ese culo.

Ella se subió a la cama, se puso de rodillas, y se inclinó hacia atrás, abriendo las piernas. Diego se acercó con las rodillas en el colchón, mirando cómo su vulva brillaba con su propia humedad. La separó con los dedos. El labio mayor estaba hinchado, rosado, y entre ellos, el pequeño orificio que lo hacía perder la cabeza.

La besó ahí. Luego, con la punta del pito, la rozó, la tentó.

—No te apures —le susurró ella—. Mueve las caderas… como cuando éramos jóvenes.

Él la penetró con un solo movimiento lento. Ella soltó un grito ahogado, como si le hubieran arrancado el aliento. Sus músculos internos se cerraron alrededor de él, apretando, acariciando, chupando. Diego se dejó llevar, empujando con fuerza, sintiendo cómo su vientre golpeaba contra el suyo, cómo sus pechos rebotaban con cada embestida.

—¡Sí! —gritó ella—. ¡Más fuerte, Diego! ¡Dame tu pito entero!

Él la agarró por las caderas, la levantó un poco, y cambió el ángulo. Ahora la punta le rozaba el punto G con cada ida. Valeria se arqueó, gritando, y se le escapó un escurrimiento espeso entre los muslos.

—Voy a correrme —dijo, jadeando—. Ven aquí, mi amor… ven y bésame.

Diego se inclinó. Ella le tomó la cara y lo besó con vehemencia, mientras sus caderas seguían moviéndose, buscando el clímax. Y cuando el cuerpo de Valeria se tensó como un arco, cuando sus uñas le hundieron en la espalda y su vagina lo apretó con fuerza, Diego se dejó llevar.

Su pito palpitó dentro de ella, desbordando semen caliente, mientras Valeria lo besaba con desesperación, como si quisiera guardar cada gota dentro de sí.

Después, se quedaron abrazados, sudorosos, respirando al unísono.

—¿Te vas a quedar? —preguntó él, acariciándole el pelo.

—Si tú me dejas —respondió ella, besándole la frente—. Porque esta vez, no me voy a ir.

Diego sonrió. Y por primera vez en años, sintió que el río Cauca seguía fluyendo, y que el sol aún salía por el este.

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