El Reencuentro en la Terraza del Sol
5 minEl Reencuentro en la Terraza del Sol
Recuerdo el calor del asfalto aún hirviendo cuando bajé del camión, los pantalones pegados a la piel por el sudor y el corazón en la garganta. Dos años sin verla. Dos años de soledad, de recordar su olor a jengibre y café recién hecho, de sueños donde su cuerpo se retorcía bajo el mío como una serpiente caliente. Me llamó esa mañana, con una voz quebrada y dulce como miel de agave, pidiéndome que pasara por su casa. Solo eso. *Pásale por la casa.* No dijo más. Y yo, sin preguntar, sin dudar, encendí el motor y conduje desde Tlalpan como un loco.
La puerta estaba entreabierta. No toqué. Entré. El aire olía a incienso, a sudor seco y a algo más antiguo: recuerdo. Ella estaba en la terraza, frente al jardín trasero, con una camiseta blanca que le quedaba grande pero que no ocultaba nada de lo que quería que viera: las curvas de sus nalgas redondas, la curva de la cintura, la línea de su espalda baja donde el texcali del sol marcaba la sombra de su columna. Tenía los pies descalzos, los pies que yo había besado mil veces, que ahora estaban más pálidos, más suaves, pero igual de firmes.
—Diego —dijo, sin volverse.
—Sí.
No hubo abrazo. No hubo lágrimas. Solo un silencio cargado, denso como el humo de una fogata en verano. Me acerqué despacio, con los zapatos aún puestos, y me detuve tras ella. Sentí su respiración acelerarse, el temblor sutil en los hombros. Me puse frente a frente, y entonces me miró. Sus ojos, esos ojos que antes eran de color miel clara, ahora tenían un brillo más oscuro, más húmedo. Me mordió el labio inferior y me tomó del cuello con una mano temblorosa.
—Tú me hiciste falta —susurró.
—Y tú a mí —respondí, y la primera vez que la toqué fue en la nuca, con la palma caliente, sintiendo el latido de su sangre.
La besé entonces, con fuerza, con hambre. Su boca estaba seca, pero sabía a menta y a promesa rota. Se pegó a mí, y sentí cómo su pecho se expandía contra mi camisa. Le desabotoné la camiseta con los dedos, lentamente, y cuando la tela se abrió, vi sus pechos pequeños, redondos, con pezones duros como semillas de guayaba. Se los tomé en las manos, los apreté, los froté con los pulgares hasta que gimió, un grito ahogado, como si le doliera el placer.
—Cógeme, Diego —dijo, rompiendo el silencio—. Cógeme como cuando teníamos veinte años.
—¿Aún recuerdas?
—Todo.
La levanté como si no pesara nada y la senté sobre la mesa de madera de la terraza, la mesa donde comíamos tacos los domingos, donde lloramos después de la pelea que nos separó. La camiseta le colgaba de un brazo. Me arrodillé entre sus piernas y le subí el vestido hasta la cadera. No llevaba bragas. Solo piel y humedad, un rastro húmedo que olía a suelto y a caliente. Metí dos dedos dentro de ella, y se archó como un arco, gritando mi nombre como si fuera una oración.
—Joder, Diego… ya estás aquí —dijo, con los ojos cerrados, la boca entreabierta.
La penetré con un dedo, luego dos, con movimientos lentos, profundos, hasta que se deshizo en lágrimas y jadeos. Entonces me levanté, me desabroché el pantalón, saqué mi verga dura, negra por la sangre, la punta húmeda de preseminal. Ella me miró, me miró con ojos de loba, y me dijo:
—Toma mi culo.
—¿Ahora?
—Sí. Que me has echo falta.
Me metí entre sus nalgas, le separé los labios con los dedos, lubriqué su ano con mi saliva y el jugo que ya había salido de su coño. La presioné con la punta de mi verga y la empujé dentro, poco a poco, hasta que sentí su cuerpo estirarse, hasta que la sentí apretándome, apretándome como una morsa. Gritó, pero no de dolor. De placer. De recuerdo.
—Joder… sí… sí… así —dijo, moviendo las caderas hacia atrás, pidiendo más.
La cogí por las caderas y empecé a embestir con fuerza, con crudeza, con todo lo que llevaba guardado esos dos años. Cada golpe la levantaba un poco de la mesa, y ella lo recibía como una concesión. Me agarré a sus pechos, los apreté, los mordí, y ella me decía *más fuerte, más fuerte, que me partas el cuerpo*. El sol ya estaba alto, y el calor de la terraza se mezclaba con el calor de su cuerpo, con el sudor que me corría por la frente y por las axilas.
—Voy a correr, Diego… voy a correr —dijo, con la voz rota.
—Yo también… —le respondí, y la tomé por el pelo, tirando su cabeza hacia atrás, y la empujé hasta la raíz, hasta sentir que su cuerpo era mío otra vez.
Se corrió con un grito que se perdió en el cielo, con los ojos blancos, con las uñas clavadas en mis brazos. Yo la seguí, la embestí dos veces más y me corrí dentro de su culo, llenándola de mi semen, sintiendo cómo su cuerpo temblaba con cada latido de mi verga.
Me retiré despacio, y la verga me salió con un chupón húmedo, pegando gotas de leche en su piel. Ella se volvió, me miró, y sonrió. No una sonrisa de victoria. Una sonrisa de reconocimiento.
—Ya no te vas —dijo.
—No —le dije, y la besé de nuevo, esta vez con ternura—. Ya no me voy.
Y así, con las manos aún temblando, con la verga blanda pero el corazón encendido, nos quedamos sentados en la mesa de madera, los cuerpos sudados, los labios húmedos, y el sol nos daba de lleno en la cara, como si dijera: *esto es real. esto es tuyo.*
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