El Reencuentro en la Esquina del Sabor

El Reencuentro en la Esquina del Sabor

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

La primera vez que la vi en el puesto de arepas de la esquina, ya sabía que me iba a meter en problemas. Ella, con ese pelo recogido en un moño desordenado, los ojos color miel y una sonrisa que le partía la cara por la mitad, me tendió la bolsa con dos arepas de queso y una sonrisa que no era casualidad. «Aquí no cuesta nada, Diego —me dijo—, si te lo comes rápido, te da más hambre». Me llamó por mi nombre. Yo no le había dicho cómo me llamaba. Ese día llovía suave, como cuando el cielo se acuerda de sus promesas y las cumple despacio.

Dos semanas después, la volví a ver. Esta vez, con una camiseta ajustada que le marcaba la curva de la cintura y el culo, ese culo redondo que parece hecho a mano, con esa forma que invita a agarrarlo sin vergüenza. Me paré frente al puesto, me pasé la mano por el cuello, sudoroso aunque el calor no era tanto. «¿Otra arepa, Diego? —dijo, y esta vez me llamó con mi apellido, como si nos hubiéramos conocido en otra vida—: Salas». Me puso los ojos encima, lento, como si me estuviera desvistiendo con la mirada. «Sí —respondí, con voz más grave de lo normal—. Con mucho queso. Y… un café». «Ya veo que te gusta el queso —rio—. Yo también». Y me lo dijo con una picardía que me encendió el pecho.

A los tres días, la encontré en la parada del bus, con un libro de García Márquez en la mano y las piernas cruzadas de forma que parecía un regalo envuelto. «¿Te leo algo? —le dije, acercándome—. Soy bueno para darle ritmo». «Ya lo sé —dijo, cerrando el libro—. Me gustó cómo te comiste esa arepa. Con calma, pero con hambre». Me senté a su lado. Me pasé la mano por el pelo, sudoroso. «¿Y si te invito a comer algo? —pregunté—. Algo que sepa a casa y a pecado». «Dime dónde —respondió, sin soltar el libro—. Y no me digas que es el puesto de las arepas otra vez». «No —dije—. Es mi casa. Y hoy hago sancocho». «Ah —dijo, y me miró con esos ojos que ya saben lo que viene—. Entonces sí me voy a quitar el reloj».

En su apartamento, el aire olía a ylang-ylang y a sudor fresco. Se quitó la camiseta despacio, como si cada gesto fuera una promesa. El sostén era negro, de encaje, y le apretaba los pechos como si no quisiera soltarlos. «¿Quieres que te lo quite? —pregunté—. O prefieres que te lo deje». «A mí me encanta cuando me lo dejan —respondió—. Hasta que se cae solo». Me acerqué, le pasé los dedos por el brazo, luego por la nuca, y la besé. Un beso lento, con lengua y con sabor a café y a miel. Me agarró de la cintura y me jaló hacia ella. «Hace años que no me haces esto —susurró—. Me pones los pelos de punta». «Todavía no he empezado —le dije, mientras le desabrochaba el pantalón—. Esto es solo el entremés».

La llevé a la cama con cuidado, como si fuera un objeto de valor. Le besé el cuello, luego la oreja, y bajé hasta el pecho, donde le lamí un pezón con suavidad. Ella gimió, un gemido bajo, de esos que te entran por los oídos y te suben por la columna. «¿Sientes eso? —le pregunté—. Que te lo mame como si fuera lo único que me falta». «Sí —dijo, agarrándome el pelo—. Sí, sí, sí». Le bajé el pantalón, la ropa interior, y allí estaba: su culo, redondo y firme, con esa curva que solo se ve en sueños. Le separé las nalgas con las manos, le pasé la lengua por elano, y ella se estremeció como si la hubieran tocado con electricidad. «¿Quieres que te lo meta por atrás? —le susurré—. Que te lo mame como al arepa, lento y con todo». «Sí —dijo, con los ojos cerrados—. Que me lo metas hasta el fondo, Diego. Que me lo jales hasta que me olvide de tu apellido».

La tomé por las caderas y la entré, despacio, hasta que sentí su cuerpo abrirse como una flor. «Eres mi sancocho favorito —le dije—. El más rico, el más profundo». Ella me miró, con las pestañas mojadas, y me sonrió. «Y tú eres mi postre favorito —dijo—. Ese que se come con cuchara y con los ojos cerrados». Le besé la frente, le acaricié el pelo, y empecé a moverme, con fuerza, con ternura, con todo el hambre que nos habíamos guardado. Cuando ella vino, gritó mi nombre como una oración. Y yo, cuando me rendí, sentí que el mundo se detenía solo para que yo pudiera saborearla hasta la última gota.

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