El reencuentro en la casa de la playa

@diego_salas ·12 de enero de 2026 · ★ 4.6 (39) · 599 lecturas

La tarde caía lenta sobre la costa de Mar del Sur, con el sol hundiéndose en el horizonte como si se escondiera para no ver lo que estaba por pasar. La casa, vieja pero bien cuidada, con sus paredes de madera gastada por la sal y el viento, temblaba un poco con cada ráfaga que venía del mar. Adentro, el aire olía a perfume viejo, a humedad, a recuerdos que nadie había querido abrir en años.

Claudia se paró frente al espejo del baño, desnuda, mirándose con una mezcla de nostalgia y deseo. Tenía cuarenta y dos, pero el cuerpo le seguía respondiendo como a los treinta. Las tetas, un poco caídas pero firmes todavía, se le movían suaves con cada respiración. Se pasó las manos por la cintura, por el culo redondo y duro, y se mordió el labio. Hacía cinco años que no veía a Sol, y ahora, por una casualidad de mierda —o de suerte, no sabía bien—, estaban juntas de nuevo, solas, en esa casa vacía que había sido testigo de su primer beso, de su primera garchada, de todo lo que había venido después.

—¿Vos estás segura de esto, Claudia? —preguntó Sol desde la puerta del baño, con una toalla en la mano y los ojos clavados en el reflejo de su amiga.

Claudia se dio vuelta, despacio, y la miró de arriba abajo. Sol llevaba un short de jean desgastado y una remera sin mangas que dejaba ver los tatuajes que se había hecho en los brazos desde la última vez. Pero lo que más le llamó la atención fue su mirada: la misma que tenía a los dieciocho, cuando se colaban a la playa de noche y se besaban escondidas entre las dunas.

—¿Segura de qué? —dijo Claudia, con una sonrisa ladeada—. ¿De que tengo ganas de vos? ¿De que te quiero con la boca enterrada en mi concha hasta que grite?

Sol se mordió el labio, como si el deseo la asustara un poco. Pero después dio un paso adelante, dejó caer la toalla al piso, y se acercó.

—Vos no cambiaste ni un carajo —dijo, y le agarró una teta con la mano, masajeándola con firmeza—. Todavía tenés esta piel que me vuelve loca.

Claudia gimió. La mano de Sol era cálida, segura, como si nunca se hubieran separado. Le pellizcó el pezón, duro ya, y después bajó, con la palma, por el vientre, hasta que sus dedos se hundieron en el vello púbico, espeso y oscuro.

—Mirá cómo tenés la concha —murmuró Sol—, toda mojada, como si me hubieras extrañado.

—Claro que te extrañé, boluda —respondió Claudia, agarrándola del pelo y acercándola—. ¿O creés que me puse así por nada?

Se besaron. Fue un choque de bocas, de lenguas, de dientes. No fue dulce, no fue romántico: fue hambre. Pura y simple. Sol le mordió el labio inferior, le metió la lengua hasta el fondo, y Claudia respondió con un gemido que vibró en todo su cuerpo. Se agarraron del pelo, se empujaron contra la pared, se frotaron como si quisieran fundirse.

—Quiero verte —dijo Sol, separándose apenas—. Quiero verte toda.

Claudia se dejó desvestir. Sol le sacó la remera, los shorts, las zapatillas, todo. Y cuando estuvo desnuda delante de ella, se arrodilló.

—No, esperá —dijo Claudia, agachándose y agarrándola de los hombros—. Hoy no quiero que me comas todavía. Hoy quiero coger.

Sol levantó una ceja, sonrió.

—¿Y quién te dijo que no vamos a coger las dos?

La tomó de la mano y la llevó al dormitorio. La cama era vieja, de hierro, con barrotes que crujían con cada movimiento. Sol se sentó al borde, se sacó la ropa con una lentitud que encendía más que cualquier palabra, y cuando estuvo desnuda, se acostó boca arriba, las piernas abiertas, la concha hinchada, brillante de humedad.

—Vení —dijo, con la voz ronca—. Vení a ver si todavía sabés cómo me gusta.

Claudia se subió encima, a cuatro patas, y empezó a besarle el cuello, los pechos, el vientre. Le mordió un pezón, le pasó la lengua por el ombligo, y después, sin aviso, le hundió la cara entre las piernas.

—¡Ah, joder! —gritó Sol, arqueando la espalda—. ¡Justo ahí!

Claudia no se detuvo. Le chupó el clítoris con fuerza, con voracidad, mientras le metía dos dedos de una sola vez. Sol gritaba, se retorcía, le agarraba la cabeza y la empujaba más adentro.

—¡Más, más, no pares! —suplicó—. ¡Dame todo!

Claudia le mordió suavemente el clítoris, lo chupó hasta que Sol gritó como si se fuera a morir, y después sacó los dedos, los llevó a su boca y los lamió con lentitud, mirándola a los ojos.

—¿Así te gusta, eh? —dijo—. ¿Con fuerza?

—Sí —jadeó Sol—. Sí, así. Pero ahora quiero cogerte. Quiero sentirte.

Se paró de un salto, empujó a Claudia sobre la cama, y se subió encima. Le abrió las piernas con fuerza, le pasó la lengua por el muslo, y después, sin aviso, le enterró la boca en la concha.

—¡Ah, hija de puta! —gritó Claudia, agarrándola del pelo—. ¡Sí, así, comeme toda!

Sol no se detuvo. Le chupó el clítoris con movimientos circulares, le metió tres dedos, uno tras otro, los abrió dentro como si quisiera romperla, y después los sacó para lamerlos con lentitud.

—Vos tenés la concha más rica del mundo —dijo, con la voz ronca—. Siempre la tuviste.

Claudia se retorcía, gritaba, le pedía más, más, más. Y Sol le dio. Le chupó hasta que sintió que se venía, y entonces, justo antes, se detuvo.

—No —dijo Claudia, con la voz quebrada—. No, no pares ahora.

—Tranquila —respondió Sol, sonriendo—. No voy a dejar que te vengas así nomás. Quiero sentirte venir con mi pija adentro.

Se paró, fue al cajón de la mesa de luz, sacó una pija de silicona atada a una faja negra, y se la puso. Ajustó las correas, se la acomodó entre las piernas, y volvió a subirse encima.

—¿Lista? —preguntó, con los ojos brillantes.

—Si no me cogés ahora, te mato —dijo Claudia, con una sonrisa.

Sol se reclinó, le agarró las piernas, y le metió la pija de una sola estocada.

—¡Ahhh! —gritó Claudia, arqueando la espalda—. ¡Justo ahí, justo así!

Sol empezó a moverse. Lenta al principio, para que Claudia sintiera cada centímetro, cada curva de la pija dentro de su concha. Después, más fuerte, más rápido, con embestidas que hacían crujir la cama.

—¿Así te gusta? —preguntó Sol, con la voz entrecortada.

—Sí —jadeó Claudia—. Sí, más fuerte, más adentro. ¡Dame todo!

Sol no se detuvo. Le daba con fuerza, con rabia, con ganas de recuperar el tiempo perdido. Claudia gritaba, se agarraba de las sábanas, le pedía más, más, más. Y entonces, sin aviso, Sol le agarró una teta con la mano, le mordió el pezón, y le metió la pija hasta el fondo.

—¡Ah, sí, así, no pares! —gritó Claudia—. ¡Me vengo, me vengo!

Y se vino. Con un grito que pareció sacudir la casa entera, con las piernas temblando, con la concha apretando la pija como si no quisiera soltarla. Sol no se detuvo. Siguió cogiéndola, incluso mientras Claudia se venía, hasta que el orgasmo la dejó exhausta, sudada, con la respiración entrecortada.

—Ahora vos —dijo Claudia, cuando recuperó el aliento—. Ahora quiero verte venir.

Se paró, le quitó la faja con cuidado, y se puso en su lugar. Le pasó la pija por la concha, todavía mojada, y después se la metió con una sola estocada.

—¡Ah, joder! —gritó Sol, agarrándola de las caderas—. ¡Sí, así, no pares!

Claudia empezó a moverse. Le daba con fuerza, con ganas, con todo el deseo acumulado de cinco años. Le agarraba las tetas, le mordía el cuello, le decía al oído cosas sucias, cosas que la hacían gemir más fuerte.

—¿Así te gusta, eh? —preguntó Claudia—. ¿Con mi pija adentro?

—Sí —jadeó Sol—. Sí, más fuerte, más adentro. ¡Cogeme!

Claudia no se detuvo. Le daba con fuerza, con rabia, con ganas de marcarla, de recordarle quién era. Y entonces, cuando sintió que Sol estaba cerca, le agarró el clítoris con los dedos y empezó a frotarlo con círculos rápidos.

—¡Ah, sí, así! —gritó Sol—. ¡Me vengo, me vengo!

Y se vino. Con un grito que pareció llenar la casa, con las piernas temblando, con la concha apretando la pija como si no quisiera soltarla. Claudia no se detuvo. Siguió cogiéndola, incluso mientras venía, hasta que el orgasmo la dejó exhausta, sudada, con la respiración entrecortada.

Se dejaron caer sobre la cama, sudadas, respirando con dificultad. El sol ya se había ido, y la noche entraba por la ventana, fría, con el sonido del mar de fondo.

—¿Y ahora? —preguntó Sol, con la voz ronca.

—Ahora nada —respondió Claudia, acariciándole el pelo—. Ahora nos quedamos así. Porque esto no terminó hoy.

Sol sonrió, se acurrucó contra ella, y le pasó una mano por la cintura.

—No —dijo—. Esto recién empieza.

También en: MadurasRomántico

¿Te ha gustado? Valóralo

4.6 · 39 votos
Reportar
Compartir

También en Lésbico