El reencuentro en la casa de la abuela
La casa de la abuela aún olía a café viejo y madera mojada, como si el tiempo se hubiera quedado pegado en las paredes de adobe. Camila llegó primero, con el pelo mojado por la llovizna de la tarde y los ojos brillantes como si ya supiera lo que iba a pasar. Diego entró diez minutos después, con esa camisa floja de algodón que le quedaba grande, como si hubiera adelgazado. Se miraron y no dijeron nada. Solo se quedaron ahí, uno frente al otro, en la sala oscura donde colgaba el retrato de la abuela con su vestido negro y su mirada seria.
—Hace cuánto… —dijo ella, sin terminar la pregunta.
—Siete años, Camila —respondió él, sin quitarle los ojos de encima—. Desde que te fuiste pa’ Medellín y yo me quedé aquí, removiendo tierra en el patio como si fuera a encontrar algo.
Ella sonrió, con esa sonrisa que él nunca olvidó, la que le salía cuando estaba nerviosa pero quería disimular. Se acercó despacio, como si midiera cada paso, y le tocó el pecho con la yema de los dedos.
—Todavía te late fuerte —dijo.
Él agarró su mano y la apretó contra su camisa.
—Desde que te vi bajando del bus, Camila. Como si el corazón me hubiera sabido que venías.
No hubo más palabras. Se abrazaron como si recuperaran el tiempo perdido con el calor de los cuerpos. Ella olía a coco y a perfume barato, él a sudor limpio y tabaco viejo. Sus bocas se encontraron sin pedir permiso, con hambre de recuerdo. La lengua de ella entró en su boca como si conociera el camino, y él gimió bajo, como un animal que reconoce su dueño.
Se sentaron en el sofá de cuero agrietado, y Camila se subió encima, a horcajadas. Le desabotonó la camisa con dedos temblorosos, como si tuviera miedo de despertar algo que no podía controlar. Pero él sí quería que despertara. Le agarró las nalgas con fuerza, le apretó el culo redondo y prieto, y la pegó contra su pito, que ya se levantaba duro bajo el pantalón.
—Ay, Diego… qué rico te siento —susurró ella, moviendo las caderas en círculos lentos.
—Tú sí sabes cómo hacerme perder la cabeza —dijo él, mordiéndole el cuello.
Camila se quitó la blusa y el sostén de un solo movimiento. Sus tetas eran más grandes de lo que recordaba, pero igual de firmes. Los pezones oscuros, parados como si lo llamaran. Diego no aguantó y se inclinó para chupar uno, con ansia, con devoción. Ella gritó, se arqueó, le enterró los dedos en el pelo.
—Así, Diego… así, como antes —jadeó.
Él no paró. Le chupó los pechos, le mordió los pezones, le lamió el valle entre las tetas. Luego bajó, le desabrochó el pantalón, le bajó la braga por las piernas. Ella se quedó desnuda de cintura para abajo, con las piernas abiertas, mojada, brillante. Él se arrodilló en el suelo y le separó los labios con los dedos. Olía a sal, a mujer lista, a deseo viejo que nunca se había ido.
—Qué rico te hueles, Camila —dijo, antes de hundir la boca.
Ella gritó su nombre, se agarró del respaldo del sofá, se retorció como si no pudiera soportar el placer. Diego le comió el coño con devoción, con hambre, como si fuera la primera vez. Le lamió el clítoris con círculos lentos, le metió dos dedos, los movió como si estuviera tocando un instrumento que conocía de memoria. Ella empezó a temblar, a jadear, a decir incoherencias.
—Ay, Dios… Diego… no pares… no pares… me voy a venir, mi amor…
Y se vino, con fuerza, con espasmos largos, con lágrimas en los ojos. Él no se detuvo. Siguió lamiendo, chupando, hasta que ella lo agarró del pelo y lo subió.
—Ahora quiero verte —dijo—. Quiero verte entero.
Se pararon, se quitaron lo que les quedaba de ropa. Diego se desnudó y su pito saltó libre, grueso, con la vena que latía fuerte. Camila lo agarró con la mano, lo acarició despacio, de arriba abajo.
—Qué rico te tienes, mi amor —dijo—. Siempre me encantó tu pito.
Él sonrió, con esa sonrisa triste que tenía cuando estaba emocionado.
—Es tuyo. Siempre lo ha sido.
La cargó como si fuera una novia y la llevó a la cama de la abuela, la misma donde él la había perdido por primera vez, veinte años atrás. La acostó con cuidado, le separó las piernas, y se acomodó entre ellas. Le besó el ombligo, el muslo, el interior del tobillo. Luego, con la punta del pito, le rozó el coño.
—¿Listo? —preguntó ella.
—Listo —dijo él.
Entró despacio, como si temiera romperla. Pero ella lo recibió con un gemido largo, con el cuerpo abierto, con el alma entregada. Diego se hundió hasta el fondo, y ambos cerraron los ojos, como si el mundo se hubiera detenido.
—Ay, mi vida… qué rico —susurró ella, con lágrimas en los ojos—. Qué bien te siento.
Él empezó a moverse, con embestidas largas, profundas, como si estuviera recuperando cada segundo perdido. Camila le agarró las nalgas, le marcó con las uñas, le pidió más. Él le dio más. Le dio todo.
—No pares, mi amor… no pares… quiero que te vengas conmigo.
Diego sentía que el pito iba a explotarle, que el cuerpo se le iba a quebrar de placer. Pero no quería terminar. Quería quedarse ahí para siempre, dentro de ella, como si ese fuera su lugar.
—Camila… mi vida… me voy a venir —dijo, entre dientes.
—Sí, mi amor… ven aquí… ven conmigo.
Y se vino, con fuerza, con un gruñido que salió del fondo del pecho. Ella se vino otra vez, con espasmos largos, con el cuerpo temblando, con el alma en paz.
Se quedaron abrazados, sudados, respirando con dificultad. La lluvia empezó a caer afuera, golpeando el techo de zinc. Camila le acarició el pelo, le besó la frente.
—No me vuelvas a dejar —dijo.
—Nunca más —respondió él—. Esto no fue solo sexo, Camila. Esto fue el regreso.
Y en la penumbra de la casa vieja, con el olor a sexo y a pasado, supieron que no iban a volver a separarse. Que el amor, cuando es de verdad, no se muere. Solo se esconde, esperando el momento justo para volver a encenderse.
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