El reencuentro en la cabaña

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La lluvia golpeaba el techo de madera como un latido constante, mientras el fuego crepitaba en la chimenea, proyectando sombras que danzaban sobre las paredes de piedra y troncos pulidos. No había señal de celular, ni siquiera un vecino a tres kilómetros. Solo ellos dos, como si el mundo hubiera desaparecido. Diego no podía creer que, después de ocho años, ella estuviera otra vez frente a él, con esos ojos oscuros que una vez lo habían desgarrado por dentro. Camila. Alta, piel morena, piernas largas y una boca que sabía exactamente cómo morder. Y ahora, con una mirada que no dejaba dudas: quería lo mismo que él.

—No has cambiado nada —dijo ella, acercándose con los dedos jugando en el botón de su camisa—. Sigo recordando cómo te corrías solo con mi voz.

Él no respondió. En cambio, la agarró del cuello con una mano y la empujó contra la pared. Ella gimió, no de dolor, sino de placer, y abrió los labios como si los hubiera estado entrenando para ese momento. Diego le desgarró la blusa, los botones saltaron como gotas de agua caliente. El sujetador negro apenas contenía sus tetas grandes, duras, con pezones oscuros que ya estaban duros, pidiendo ser mordidos.

—¿Te acuerdas quién te enseñó a gemir? —preguntó él, bajando una tira del sostén y atrapando un pezón entre sus dientes.

—¡Sí! ¡Sí, maldita sea! —gritó ella, arqueando la espalda—. Tú… solo tú…

Diego la levantó del suelo como si no pesara nada, la cargó hasta la mesa de madera y la tiró boca abajo. Le bajó los pantalones con un solo movimiento, junto con la ropa interior. Su culo era redondo, firme, perfecto. Sin pedir permiso, le dio una nalgada fuerte. El sonido retumbó en la habitación. Ella gritó, pero no se alejó. Al contrario, se empujó hacia atrás, ofreciéndose.

—¿Quieres más? —preguntó él, con la voz ronca.

—¡Sí! ¡Azótame! ¡Hazme gritar como antes!

Diego agarró el cinturón que había dejado sobre una silla. Lo deslizó lentamente por el aire antes de hacerlo caer con fuerza sobre sus nalgas. El golpe sonó como un latigazo. La piel se enrojeció al instante. Ella jadeó, pero no se movió. Solo apretó los dedos sobre la madera.

—¿Cuántas veces te dije que no te corrieras sin permiso? —preguntó él, repitiendo el golpe en el otro lado.

—¡Cinco! ¡Cinco veces! —respondió ella, entre gemidos.

—Y ¿cuántas veces desobedeciste?

—Todas… —confesó, con la voz quebrada—. Porque me encantaba que me castigaras después.

Diego sonrió. Se quitó los pantalones y liberó su polla, dura, gruesa, palpitante. Se acercó a ella, ya con los dedos entre las piernas, masturbándose mientras recibía cada golpe. Le separó las nalgas con fuerza, expuso su ano, pequeño y apretado, y escupió directamente sobre él. Luego, con dos dedos lubricados por su propia saliva, empezó a presionar.

—No… no me habías dicho que…

—Calla —interrumpió él—. Esto es mío. Desde siempre.

Ella gritó cuando el dedo entró, pero no se resistió. Más bien, se relajó, como si su cuerpo lo hubiera estado esperando durante años. Diego movió el dedo en círculos, ensanchando, preparando. Luego añadió el segundo. Ella jadeó, tembló, pero no se apartó.

—Quiero tu polla —suplicó—. Por favor, Diego… te necesito adentro.

Él no respondió. En vez de eso, se colocó detrás, alineó la punta de su verga con su culo, y empujó sin piedad. El primer centímetro fue fuego puro. Ella gritó, se aferró a la mesa, pero no se movió. Él empujó más, centímetro a centímetro, hasta enterrarse por completo.

—¡Dios! ¡Estás llenándome entera! —gritó ella, con lágrimas en los ojos.

Diego comenzó a moverse, lento al principio, luego con furia, con posesión. Cada embestida la hacía gemir, llorar, reír. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con el crujido del fuego y el golpeteo de la lluvia.

—¿Quién te domina? —preguntó él, agarrándola del cabello.

—¡Tú! ¡Solo tú!

—Y no lo olvides.

Siguieron así, hasta que ella se corrió con un grito salvaje, contrayéndose alrededor de su polla. Él no se detuvo. Siguió follando, hasta que su propio orgasmo lo atravesó como un rayo. Se enterró hasta el fondo y se vino con un gruñido profundo, llenándola de calor.

Cayeron juntos al suelo, sudorosos, temblorosos, respirando como si hubieran corrido una maratón. Nadie habló. No hacía falta. Algunas historias no terminan. Solo se pausan. Y esta, acababa de reanudarse.

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