El Reencuentro en el Rincón del Olvido
5 minEl Reencuentro en el Rincón del Olvido
La luz del garaje parpadeaba como si le costara trabajo mantenerse encendida, y el aire olía a aceite viejo, cuero quemado y sudor reciente. Lucía entró con los ojos bajos, el chaleco vaquero abierto, los muslos tensos bajo los jeans ajustados, y se detuvo justo donde él le había dicho. En la esquina, detrás de una pila de neumáticos usados, había un colchón viejo, medio desinflado, cubierto con una sábana blanca ya amarillenta por el tiempo y el uso. Diego no esperaba que llegara tan pronto, pero el eco de sus pasos en el concreto lo adelantó. Se volvió despacio, con la camisa desabotonada hasta el ombligo, el cuello cubierto por una cadena de plata con un medallón negro que decía *“Olvido”*.
—Llegaste —dijo él, y su voz sonó como el chasquido de una cerilla al encenderse.
—Te dije que vendría —respondió ella, sin mirarlo a los ojos aún, pero con la respiración cortada.
Habían dejado de hablarse desde el verano del 2018, cuando ella se fue a Guadalajara con un tipo que manejaba una agencia de logística y él se quedó con el taller en Tlaquepaque, lavando motores y escondiendo el dolor detrás del humo del cigarro. Se habían querido como adolescentes que se creen inmortales: se besaban en el parqueo del cine, se cagaban de risa mientras corren descalzos por el malecón, y una vez, en la parte de atrás de su vieja camioneta, él le metió dos dedos en la vulva mientras ella le chupaba la verga sin que nadie los viera pasar. Pero el amor no se sostiene con nostalgia y una llamada cada Navidad.
Hoy, trece años después, se habían buscado. Ella, por curiosidad; él, por necesidad.
—¿Te acuerdas cómo era esto? —preguntó Diego, señalando el colchón con la cabeza.
—Me acuerdo de todo —dijo Lucía, y por fin lo miró—. Incluso cómo te ponías cuando te tocaba la verga para que me dejara seguir.
Él se acercó, lento, con las manos en los bolsillos, como si tuviera miedo de que el aire se rompiera si hacía un movimiento brusco. Se detuvo a un metro, lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo, el olor de su jabón de alquitrán y el sudor que ya empezaba a brotarle en las axilas.
—¿Y si te digo que no he dejado de pensarte desde entonces? —dijo, y su voz ya no era de garaje, sino de cama.
Ella no respondió. Solo se desabotonó los jeans y los bajó hasta las rodillas, sin prisa, con la mirada clavada en la suya. Los calcetines se le enredaron en los tobillos, pero no se detuvo. Se quitó el sostén con un movimiento de hombros, y sus pechos pequeños, redondos, con los pezones oscuros como granos de café tostado, se alzaron al aire, tensos por el frío y por la expectativa.
Diego no se anduvo con tonterías. Se quitó la camisa, se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera de su pantalón. Su verga saltó al aire, gruesa, tiesa, con la punta húmeda y una vena que le subía por el costado como una serpiente pronta a morder. Lucía la miró, la lengua pasó por sus labios, y dio un paso adelante.
—Me la quieres chupar, verdad? —preguntó Diego.
—Sí —dijo ella, y se agachó.
No lo hizo como una niña que aprende. Lo hizo como una mujer que recuerda. Tomó la verga con la mano derecha, la cabeza entre los dedos pulgar e índice, y la metió en la boca con un movimiento firme, hasta que sus narices rozaron el vello púbico de él. La lengua le lamió el glande, lo envolvió, lo giró, y con la mano libre le acarició los testículos, apretándolos suavemente.
Diego gruñó, agarró su cabello y la obligó a subir, a levantar la cabeza.
—No te la tragues aún —ordenó—. Quiero verte cuando te la meto.
Se puso de rodillas frente a ella, la tomó por las caderas y la jaló hasta que su culo quedó justo al borde del colchón. Le separó las nalgas con las manos, olió el aroma de su vulva, mojada ya por la anticipación, y con la lengua le recorrió la raja, de abajo hacia arriba, lamiendo el clítoris, presionándolo con el paladar, hasta que ella gimió, alta, aguda, como un grito de gato en celo.
—Maldito… —susurró Lucía.
—Te lo voy a meter todo —dijo Diego, y se frotó su verga contra su humedad, rozando el anillo del ano, rozando el clítoris, rozando todo—. ¿Quieres que te lo meta por atrás? ¿O quieres que te lo chingue de frente, como aquella vez en la camioneta?
—De frente —dijo ella, y se subió la falda hasta la cintura—. Pero rápido, que ya me está dando ganas de correrme.
Él se puso de pie, tomó su verga, la colocó en su entrada, y la empujó adentro con un solo movimiento, hasta la base. Lucía arqueó la espalda, los ojos se le cerraron, los dientes se le clavaron en el labio inferior.
—Ahora sí me la estás chingando, mierda —dijo ella, y lo tiró hacia ella.
No hubo preliminares después. Diego la cogió con furia, con la fuerza de trece años de silencio. Cada embestida la levantaba del colchón, su cabeza rebotaba contra su pecho, sus pezones se rozaban con el vello del vello púbico de él. Ella le arañaba la espalda, le mordía el hombro, le gritaba al oído “¡Sí, maldito! ¡Sí, chinga mi culo!”, y cuando él sintió que se le iba la verga, la volteó boca abajo, le levantó las caderas y le metió dos dedos en la vulva mientras la cogía por detrás, con la punta de la verga golpeándole el fondo del vientre.
—Te voy a llenar de mi semilla, carajo —dijo Diego, y se corrió con un gemido gutural, sacudiéndose, sus testículos apretándose contra su culo.
Lucía se corrió al mismo tiempo, con un grito que sonó como una risa rota, sus dedos agarrando la sábana, las piernas temblando.
Se quedaron así, ella boca abajo, él aún dentro de ella, sudando, jadeando, el garaje lleno de su olor a sexo y cuero.
—¿Por qué ahora? —preguntó Lucía, sin moverse.
—Porque no puedo más —dijo Diego, y le besó la nuca—. No puedo vivir sin verte así, sin sentirte apretarme la verga con el culo.
Ella se dio vuelta, lo miró a los ojos, y por primera vez en trece años, sonrió.
—Mierda… —dijo—. Entonces ven acá y chingame otra vez, antes de que se me pase la euforia.
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