El reencuentro en el bar de la esquina

El reencuentro en el bar de la esquina

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que vio a Lucía después de diez años, Diego pensó que el destino se estaba riendo de él. No por mala suerte, no —porque esa sonrisa que ella le tiró desde el fondo del bar, entre el humo del cigarrillo y la luz tenue de las lámparas de mesa, tenía algo de juego, algo de desafío antiguo que no se borraba con el tiempo. Estaba sentada sola, con las piernas cruzadas y una copa de vino tinto a medio beber, los ojos negros brillando como si ya supiera que iba a arruinarle el orden.

Diego se detuvo en la puerta, con la mano still sobre el picaporte, sintiendo cómo el corazón le daba un vuelco. La camisa blanca le quedaba ajustada en los hombros, los pantalones oscuros ceñidos en las caderas, y una pequeña cadenita de plata colgaba de su cuello, rozando la base de la nuca. Todo en ella era más intenso, más real. El perfume —algo floral, pero con fondo de madera quemada— le llegó antes que el sonido de su voz.

—¿Diego? —dijo, inclinando la cabeza, como si lo estuviera midiendo con la mirada—. Mirá vos. ¿Qué hacés por estos lares después de tanto tiempo?

Él se acercó, con una sonrisa que no alcanzaba a disimular la tensión que le recorría la espalda. Lucía tenía veintiocho entonces, diez años menos que él, pero en esos diez años ella había aprendido a usar su cuerpo como un lenguaje, y él había olvidado cómo leerlo.

—Vine a buscar un trago —respondió, bajando la voz—. Y, parece, también a encontrarte.

Lucía se levantó, despacio, como si estuviera ensayando para una cámara invisible. El vestido, negro y sin mangas, le subió hasta la mitad del muslo y dejaba al descubierto una cicatriz pequeña, casi invisible, justo arriba del muslo derecho. La misma que él le había hecho con una taza de café hirviendo once años atrás, cuando ella se rió de él por decirle que “el amor no se mide en litros, sino en gotas”. Ella se había quemado a propósito.

—Vos siempre fuiste así —dijo, acercándose—. Decís lo que sentís, pero lo decís como si fuera una excusa.

—Y vos siempre me leés la mente con la punta de los dedos —respondió Diego, rozando con el pulgar su muñeca—. ¿Seguro que querés hablar acá, con todo y todos mirando?

Lucía soltó una risita baja, con la lengua rozando el borde de su labio inferior. El gesto lo sacudió como una descarga eléctrica.

—¿Viste el cuarto de atrás? —dijo, señalando con la cabeza—. El que dice “reservado”. Está vacío. Y si cerrás la puerta, ni el garrotero de la esquina te oye.

Diego no necesitó más. La siguió, con las manos en los bolsillos y la respiración corta, sintiendo cómo el calor de su cuerpo precedía su paso. En el pasillo, el suelo de madera crujía suave, como si también estuviera pidiendo perdón por lo que venía. Ella abrió la puerta, hizo un gesto para que entrara primero, y cuando él dio un paso al interior, la cerró con un clic seco, como si sellara un juramento antiguo.

El cuarto era pequeño: una cama de dos plazas, una silla volteada contra la pared, y una lamparita de escritorio que proyectaba sombras largas y juguetonas. Ella se acercó, sin prisa, y le desabrochó la primera botona de la camisa con los dedos lentos, como si estuviera abriendo un regalo que ya sabía qué contenía.

—Me acordé de vos ayer —dijo, mientras el botón rodaba por el suelo—. En la ducha, con el agua quemándome la piel. Me pregunté si vos también pensabas en eso… en lo que nos dijimos antes de que vos te largues a Buenos Aires sin despedirte.

—No me largué sin despedirme —respondió Diego, sujetándole la mano—. Despedirme de vos era como pedirle al mar que se detuviera. Sabía que no ibas a dejarme ir.

Ella le sonrió entonces, con los ojos húmedos, y lo empujó suavemente hacia la cama. Diego cayó de espaldas, sin oponer resistencia, y Lucía lo montó a caballo, con las rodillas a cada lado de sus caderas. Se inclinó hasta rozarle el cuello con los labios, y luego con la lengua, trazando un sendero húmedo hasta la oreja.

—Vos tenés una cosa que nadie más me dio —dijo, apretando el muslo contra su entrepierna—. Me hacés sentir que puedo ser mala sin que me pese. Que puedo querer sin pedir permiso.

Diego le desabrochó el vestido por la espalda, con los dedos temblorosos. El tejido resbaló hasta su cintura, dejando al descubierto la espalda fina, la curva de los riñones, y la curva del culo, redondo y firme, como si lo hubieran modelado con cera caliente. Ella se giró, lo tomó de las manos, y lo hizo sentar en el borde de la cama. Luego, con una lentitud que dolía, se quitó las medias, una por una, y se deslizó el vestido por las caderas, dejándolo solo en ropa interior.

Su braguita era de encaje negro, con una costura que le marcaba la concha, húmeda ya bajo la tela. Diego se puso de pie, la tomó de la cintura, y la acercó hasta que sus pechos tocaron su pecho. Ella gimió, bajo, como un gemido de gato, y le metió la mano dentro del pantalón, apretando su pija con firmeza.

—La última vez que te toqué así —dijo Diego, rozando su labio con los dientes—, tenías dieciocho años y me dijiste que no ibas a ser la novia de nadie. Que ibas a ser la que se acostaba con todos, pero a nadie le pertenecía.

—Y vos me dijiste que eso era imposible —respondió ella, mordiéndole el hombro—. Que si no pertenecés a nadie, al final pertenecés a todos. Y yo te creí… hasta que me rompiste el corazón.

Diego la levantó, la tiró sobre la cama, y se arrodilló entre sus piernas. Con los dedos, separó su concha, y bajó la cabeza. Lucía arqueó la espalda, soltando un gruñido agudo cuando su lengua encontró su clítoris, ya hinchado y sensible. Él la lamía con fuerza, con mordiscos suaves, con presiones que la hacían temblar. Ella le metió los dedos en el pelo, tirando, pidiéndole más.

—Quiero verte entrar —dijo, jadeando—. Quiero sentir cómo me garchás como si no hubiera un mañana.

Diego se levantó, se quitó la camisa, los pantalones, y se colocó sobre ella. Con la punta de su pija, rozó su concha, buscando su entrada. Ella lo empujó con las caderas, pidiendo que la llenara.

—Sí… sí, diego —dijo, con la voz rota—. Cogeme. Como cuando éramos jóvenes. Como si el mundo se terminara en cinco minutos.

Él entró de golpe, hasta la raíz, y Lucía gritó, con las uñas clavadas en sus hombros. Diego comenzó a moverse, con estocadas profundas, con una furia contenida que llevaba diez años acumulando. Ella lo recibía con un ritmo que era pura instincto, balanceando las caderas, pidiéndole más, más fuerte, más hondo. Cuando él sintió que se venía, ella lo apretó con las piernas, lo miró a los ojos, y le dijo:

—Vení adentro, pibe. Vini todo lo que tengás.

Diego se corrió con un grito ahogado, vaciándose dentro de ella, con la sensación de que algo en su pecho se reajustaba, como si una pieza faltante finalmente hubiera vuelto a su lugar.

Cuando todo terminó, se quedaron abrazados, sudados, con la respiración entrecortada, y Lucía le acarició el pelo, como si lo hubiera estado esperando desde siempre.

—¿Te quedás esta vez? —preguntó, sin mirarlo.

—Si me dejás —respondió Diego, besándole la nuca—. Pero solo si me prometés que esta vez, cuando me vaya, vas a esperarme.

Ella no respondió. Solo apretó más su cuerpo contra el suyo, y cerró los ojos.

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