El reencuentro con mi ex en el ascensor
Habían pasado siete años desde la última vez que vi a Carla. Siete años en los que construí mi vida, mi matrimonio, mi rutina. Y en los que, a veces, cuando el silencio de la noche se hacía demasiado denso, me sorprendía recordándola. No con tristeza, sino con esa mezcla de añoranza y deseo que solo deja una piel que conociste bien.
Esa tarde, en el centro de la ciudad, mientras salía de una reunión de trabajo, la vi. Estaba al final del pasillo del edificio corporativo, justo frente al ascensor. Llevaba un vestido negro ceñido, de esos que marcan cada curva sin gritarlo, y tacones que hacían que su caminar fuera una promesa. Su cabello, ahora más largo, caía como una ola oscura sobre sus hombros. No me vio al principio. Yo, en cambio, me quedé paralizado.
El ascensor se abrió. Entré sin decir nada, como si el aire entre nosotros no se hubiera espesado ya. Ella entró tras de mí. Las puertas se cerraron. Y entonces, por primera vez en siete años, nuestros ojos se encontraron.
—Diego… —dijo, apenas un susurro.
—Carla. No esperaba verte aquí.
—Yo tampoco. Pero el mundo es pequeño, ¿no? —sonrió, y en ese gesto reconocí todo: la picardía, la complicidad, la tensión que siempre existió entre nosotros.
El ascensor bajaba lento. Demasiado. Y el silencio entre nosotros se volvió eléctrico. Podía oler su perfume, algo cálido, con toques de vainilla y sándalo. Me recordó noches en su departamento, ventanas abiertas, sudor en la piel, sus manos en mi cintura.
—Estás… —empecé, sin saber cómo terminar.
—¿Distinta? —preguntó, arqueando una ceja.
—No. Estás… igual. Mejor.
Sonrió otra vez, y esta vez fue como si el tiempo se detuviera. El ascensor se detuvo en el tercer piso. Nadie entró. Las puertas se cerraron. Quedamos solos otra vez.
—¿Sigues casado? —preguntó, sin rodeos.
—Sí. Desde hace cinco años.
—¿Y ella… te hace feliz?
No supe qué responder. Porque la verdad es que sí, mi esposa me hace feliz. Pero hay felicidad y felicidad. La de todos los días, la rutina dulce, el amor tranquilo. Y luego está la otra: la que quema, la que te deja sin aliento, la que te hace sentir vivo de verdad.
—Somos felices —dije, cuidando las palabras.
—Pero no es lo mismo, ¿verdad?
No respondí. No hacía falta. Ella lo sabía.
Entonces, sin previo aviso, se acercó. Puso una mano en mi pecho. No fue un gesto violento, sino lento, como si estuviera probando algo.
—Todavía late fuerte —dijo.
—Carla…
—Shhh. No digas nada.
El ascensor se detuvo en el segundo piso. Las puertas se abrieron. Nadie entró. Pero tampoco salió. Ella no retiró la mano. Al contrario, la deslizó hacia abajo, lentamente, hasta mi cintura.
—¿Tienes prisa? —preguntó.
—No.
—Yo tampoco.
Las puertas se cerraron. El ascensor siguió bajando. Pero cuando debería haberse detenido en la planta baja, no lo hizo. Se detuvo entre pisos. Las luces parpadearon un instante.
—¿Qué…? —dije.
—No importa —respondió, y esta vez fue ella quien me besó.
Fue un beso lento al principio, como si estuviéramos reconociéndonos. Pero en cuanto sentí su lengua contra la mía, todo se desató. La tomé de la cintura, la pegué a mí. Sentí sus pechos contra mi pecho, su calor a través del vestido. Su boca sabía a café y a deseo.
—Dios, Carla… —murmuré entre besos.
—No digas nada. Solo siente.
Sus manos estaban en mi cuello, en mi espalda, bajando hasta mis nalgas. Me apretó contra ella, y sentí cómo respondía mi cuerpo. No había fingido, no había simulado. Estaba excitado, completamente.
—¿Aquí? —pregunté, con la voz entrecortada.
—¿Por qué no? Nadie nos ve. Nadie lo sabrá.
Y tenía razón. Estábamos suspendidos entre dos pisos, aislados del mundo. Como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros.
Me arrodillé frente a ella. Le besé el vientre, el ombligo, el muslo. Le subí el vestido despacio, como si estuviera desvelando un secreto. Llevaba medias negras sujetas con liga. Mis dedos temblaron al tocarlas.
—Siempre te gustaron así —dijo, con una risa baja.
—Siempre.
Le besé el interior del muslo, poco a poco, acercándome al centro. Ella separó las piernas, apenas, pero fue suficiente. Cuando mi lengua la tocó, suspiró. Un sonido largo, profundo, que me encendió más.
Sabía igual que antes. Salada, cálida, urgente. Me perdí en ella. Su sabor, su olor, el modo en que se estremecía cada vez que pasaba la lengua por su clítoris.
—Diego… no pares… —murmuró, con la voz temblando.
No paré. Seguí hasta que sentí sus piernas temblar, hasta que sus manos se clavaron en mi cabello, hasta que gritó, bajo, ahogado, como si temiera que alguien la escuchara.
Cuando se calmó, me miró con los ojos brillantes.
—Ahora tú —dijo.
Me puso de pie, me desabrochó el cinturón con manos seguras. Me bajó los pantalones, los calzoncillos. Mi erección era imposible de ocultar.
—Todavía me deseas —dijo, con satisfacción.
—Siempre te he deseado.
Me tomó con la mano, despacio al principio, luego con más fuerza. Me besó otra vez, mientras me masturbaba. Sentí el calor subir, el placer acumularse en la base de la columna.
—Carla… voy a…
—Sí. Hazlo.
Y cuando llegué al orgasmo, lo hice entre sus manos, contra su boca, en un gemido que no pude contener.
Nos quedamos así un momento, jadeando, mirándonos. El ascensor seguía detenido. Las luces, estables.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora… salimos. Nos despedimos. Y fingimos que esto nunca pasó.
Pero ambos sabíamos que no era verdad. Porque algo había cambiado. No por el sexo, sino por lo que significó: un reencuentro, un latido desbocado, un deseo que nunca se apagó.
Las puertas se abrieron. Salimos como si nada hubiera pasado. Pero al cruzar la puerta del edificio, me tomó la mano un segundo.
—Gracias —dijo.
Y se fue.
Yo me quedé allí, con el corazón aún acelerado, sabiendo que, aunque regresara a mi casa, a mi esposa, a mi vida, algo dentro de mí ya no sería igual.
Porque Carla no era solo una ex. Era el deseo que nunca se fue. Y aquella tarde, en un ascensor entre pisos, volvió a encenderse.
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