El primer latido en la cocina
6 minEl primer latido en la cocina
Yo nunca imaginé que mi primera vez fuera a ser en la cocina de la casa de mi tía, con el olor a achiote y plátano maduro aún pegado al aire, mientras afuera sonaba *La Cacique* por el radio viejo de la terraza. Era verano, los días se alargaban como el cuello de una garza, y yo tenía veintidós años, soltera, virgen y con el cuerpo más callado que un río en sequía. Todo cambió cuando llegó Jhoan.
Jhoan era el sobrino de mi mamá, el que por error de la vida se crió en Medellín pero volvió a Cali con esa mirada de gato que lo hacía parecer más viejo de lo que era — veinticuatro, dábamos la misma edad cuando nos sentamos juntos en el comedor esa noche, con las sillas rozándose. Tenía manos grandes, dedos finos, y una risa que le temblaba en la garganta cuando le decía algo que le gustaba. Y a mí me gustaba todo: el wayo, la forma en que se sacudía el pelo cuando caminaba, el olor a tabaco y sudor dulce que le pegaba en la nuca después de jugar fútbol en la cancha de tierra.
—¿Tú nunca has mameado, no? —me dijo de golpe, mirándome con los ojos medio cerrados, como si estuviera evaluando si yo era o no capaz de aguantar un chupetón fuerte.
Yo lo miré fijo, sin bajar la vista, y me encogí de hombros, como si no le importara, pero dentro me temblaban las rodillas. Estaba sentada en el sofá, con las piernas juntas, y él se había acercado hasta que su muslo rozaba el mío, fuerte, vivo, como si fuera un imán que no podía negar.
—Yo sí lo he hecho —me dijo, bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo—. Pero nunca con alguien tan linda como tú, hermana.
Y entonces me besó.
No fue suave. No fue educado. Fue una emboscada, un atraco al silencio. Sus labios se abrieron sobre los míos como si me estuvieran robando algo que no sabía que tenía: el calor, el ritmo, el grito contenido. Me agarró por la cintura y me jaló hacia él hasta que sentí el pito duro que tenía contra mi muslo, grueso, vivo, como un palo de madera recién cortado. Me derritió la lengua con la suya, y yo no supe qué hacer al principio, pero mis manos encontraron su cuello, sus hombros, sus brazos, y me aferré como si me estuviera cayendo al vacío.
—Aguanta —me dijo, rompiendo el beso para mirarme a los ojos—. Si te asustas, me dices. Pero no te detengas.
Me desabrochó la blusa con lentitud, no como si fuera prisa, sino como si estuviera desglosando un regalo. Cada botón era una promesa rota, cada tironcito hacía que me estremeciera. Cuando le dejé el sostén al descubierto, con los pezones duros como guayabas verdes, me miró como si fuera lo más lindo que había visto en su vida.
—Maldita, qué chimba de cuerpo tienes —susurró, y me palmeó una tetas, apretándola con la mano entera, masajeando con el pulgar sobre el pezón hasta que me puse a jadeante.
Me levantó sin esfuerzo, como si fuera una pluma, y me sentó sobre la mesa de la cocina, la madera fría contra la espalda. El olor a ajo y cebolla fresca se mezclaba con el mío, con el sudor que empezaba a salirme en las axilas, con el calor que me subía por el cuello. Él se puso de rodillas frente a mí, entre mis piernas, y me abrió el pantalón con los dientes. Sí, con los dientes. Me lo deslizó hasta las rodillas, me dejó el calzoncillo rojo ajustado, pegado al culo como una segunda piel.
—Déjalo —le dije, agarrándolo por la muñeca.
Él me sonrió, esa sonrisa que me hacía sentir que me iba a comer entera, y con un tironazo me lo bajó hasta los tobillos. Me dejó el culo al aire, tibio, expuesto, y entonces me pasó las manos por dentro de los muslos, subiendo poco a poco, hasta rozar laentrepierna. Me tocó con la palma abierta, frotando contra el algodón, y yo arqueé la espalda, sin poder evitarlo.
—¿Tú sabes qué me gusta? —me preguntó, bajando la voz—. Que me digas si te gusta, o si quieres que pare. Pero no te quedes callada.
—No pares —le susurré, agarrándolo por el pelo.
Entonces me metió dos dedos.
Fue rápido, sin previo, sin cuidado, como si ya me conociera desde siempre. Me abrió la entrepierna con la fuerza de la costumbre y me metió los dedos, los dos, juntos, hundidos hasta la segunda falange. Me tensé al principio, pero él no esperó. Me frotó el punto blando, presionó fuerte, y cuando sentí el primer cosquilleo, el primer estremecimiento, me agarre de la mesa como si fuera a desmayarme.
—Sí, así —murmuré, jadeando.
Él me miró, con los ojos en llamas, y me sacó los dedos lentamente, lamiéndoselos como si fueran un dulce. Luego se puso de pie, se desabrochó el pantalón y sacó su pito, Grande. Grueso. Con la punta húmeda y brillante, como si ya estuviera goteando ganas. Lo sostuvo en la mano, frotándose el culo con la punta del pene, como para lubricarse, y luego me lo puso en la entrada, rozándome el clítoris con la punta antes de empujar.
—Ahora sí —dijo, y me entró.
No fue dolor. Fue fuego. Fue calor. Fue una apertura tan fuerte que me hizo gritar, como si me estuvieran desgarrando por dentro, pero no duele, no era duele, era llenura, era ocupación, era *suyo*. Me tomó las caderas y me empujó hasta el fondo, hasta que me tocaba el útero con su punta, y yo lo sentí todo: el grosor, la dureza, el latido que tenía en la punta, como si fuera un corazón aparte.
—Tú eres mía ahora —me dijo, y empezó a moverse.
No fue lento. No fue suave. Fue un ritmo brusco, de gallo nuevo, con golpes fuertes que me hacían rebotar sobre la mesa, con la madera golpeando contra mis nalgas, con el olor a sudor y sal subiéndome a la nariz. Yo le agarraba los brazos, le mordía el hombro para no gritar, y cada vez que me daba, sentía que algo se rompía dentro de mí, como si mi cuerpo se estuviera rehaciendo.
—Jhoan… —le dije, entre jadeos.
—Dime qué quieres, mi reina —me respondió, agarrándome el culo con ambas manos, hundiendo los dedos en la carne, y me entró más fuerte, más profundo, como si quisiera quedarse dentro de por vida.
Y entonces, sin previo aviso, sentí el temblor. El primer espasmo me sacudió como si me hubieran dado un volantazo, y yo no pude evitarlo: grité su nombre, arqueé la espalda, y el cuerpo me tembló como una hoja de plátano al viento. Él me siguió al segundo, con un gruñido gutural, empujando hasta el fondo, y se corrió dentro de mí, llenándome con sus corrimientos calientes, con su leche espesa y pegajosa.
Se derrumbó sobre mí, con el pito todavía dentro, con su sudor pegándonos la piel, con su respiración agitada contra mi cuello. Me besó la nuca, me lamió la oreja, y me susurró:
—¿Te gustó?
Yo le sonreí, con la cara mojada, con el cuerpo que aún me temblaba, y le dije:
—Mami, si eso fue solo el primer latido… ya me imagino el segundo.
Él se rió, me besó de nuevo, y nos quedamos así, en la cocina, con el sol metiéndose por la ventana, con el radio aún sonando *La Cacique*, y con el pito de Jhoan still dentro de mí, como una promesa de más.
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