El primer encargo del cliente maduro
6 minEl primer encargo del cliente maduro
La puerta del estudio se abrió con un suave chasquido de madera envejecida, y Lucía entró con los tacones altos que chirriaron apenas sobre el parqué. La habitación olía a cuero, café recién hecho y tabaco caro—un perfume de poder tranquilo. En el centro, sentado en un sofá de piel marrón oscuro, estaba él: Daniel, cuarentón, canas plateadas a los lados de la cabeza, mandíbula cuadrada, hombros anchos bajo la camisa blanca abotonada hasta el cuello. Sus ojos—grises, fríos al principio—se clavaron en ella sin prisa, como un hombre acostumbrado a que el mundo gire a su alrededor.
—Lucía, ¿verdad? —dijo, sin levantarse.
—Sí —respondió ella, con voz firme, aunque el corazón le latía más rápido. Diecinueve años, piel dorada, pelo negro recogido en un moño bajo, labios carnosos pintados de rojo oscuro. Vestía un traje pantalón negro, chaqueta corta, calcetines de seda y tacones de aguja que la hacían parecer aún más joven.
Daniel sonrió, apenas perceptible.
—Siéntate. No hace falta que estés tensa. Hoy no soy tu jefe. Soy tu cliente. Y tú… eres mi primera vez con alguien tan joven.
Ella se sentó al otro lado del sofá, cruzando las piernas con lentitud, dejando que el tejido se estirara entre sus muslos.
—¿Primera vez? —preguntó, fingiendo incredulidad—. Con alguien de veinte años menos.
—Exacto. Esa es la gracia. No es solo sexo. Es dominar sin gritar, controlar sin tocar aún. Es ver cómo una chica como tú, con todo ese deseo recién encendido… se derrite cuando alguien que ha vivido demasiado decide disfrutar de ella.
Lucía tragó saliva, pero no bajó la mirada. Sabía exactamente qué esperaban de ella: no solo placer, sino sumisión elegante, una danza de miradas, gestos, palabras que rozaban lo prohibido sin cruzarlo.
Daniel se levantó entonces, con una lentitud deliberada. Se desabrochó la primera botona de la camisa, revelando el vello pecho, las cicatrices antiguas, el tatuaje borroso de una serpiente en el antebrazo. Caminó hasta ella, sin prisa, hasta que su sombra la envolvió.
—Tienes manos bonitas —dijo, tomándole una con ambas suyas—. Pequeñas, suaves. Pero no débiles. Sé que te gusta controlar, Lucía. En la cama, como en la vida. Pero hoy… hoy no eres tú quien manda.
La giró suavemente, hacia la espalda del sofá. Ella apoyó las manos sobre el cuero, respiración entrecortada. Él le quitó la chaqueta con parsimonia, la dejó sobre el respaldo. Luego, con los dedos, desabrochó la primera hebilla del cinturón, bajó la cremallera del pantalón con un susurro metálico.
—Levántate un poco —ordenó.
Ella obedeció. Él bajó la tela y la ropa interior a la vez: una tanga de encaje negro, casi transparente. Lucía sintió el aire sobre su piel, el calor de su mirada.
—Mira atrás —dijo él.
Ella obedeció. Vio su cuerpo: pechos pequeños pero firmes, ombligo marcado, muslos tensos. Y entre ellos, ya húmeda, la vulva ligeramente hinchada, los labios oscuros, brillantes.
—Hermosa —murmuró Daniel, acercando la mano—. Pero no tocaré aún. Quiero que me cuentes qué sientes.
Ella tragó, y susurró:
—Calor. Ansiedad. Miedo… pero también ganas.
—¿Ganas de qué?
—Que me domines. Que me digas qué hacer. Que me uses.
Una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Exacto. Ahora… dobla las rodillas. Apóyate en los dedos de los pies. Mueve la cadera hacia atrás, lento.
Lucía hizo lo que él decía. Su culo se elevó, redondo y firme, la entrepierna expuesta. Daniel se arrodilló tras ella, las rodillas hundidas en el sofá. Con los dedos, separó sus labios mayores, exploró con una uña el clítoris ya endurecido, luego rozó el orificio anal con la punta de su índice.
—Respira —dijo, masajeando suavemente el ano—. No es obligatorio. Pero quiero sentir tu cuerpo ceder.
Ella exhaló, relajando los músculos. Él introdujo el dedo, lento, hasta la segunda falange. Lucía gimió, bajando la cabeza.
—Sí… así. Ahora el segundo.
Lo hizo. Y luego el tercero, con movimientos suaves de abanico, estirando el cuerpo de ella, que ya temblaba.
—¿Quieres más? —preguntó, retirando los dedos con un chasquedillo húmedo.
—Sí —gimió—. Quiero que me jodas.
Daniel se levantó, se desabrochó el pantalón por completo, lo bajó junto con la ropa interior. Su polla salió al aire: gruesa, morena, la cabeza ancha, ya húmeda de preseminal. Se frotó el pene contra la espalda de ella, rozando su clítoris, su ano, su vulva entera.
—Tú me pides que te joda —dijo, apoyando sus manos en sus caderas—. Pero yo decido cómo.
Se colocó detrás, posicionó la punta contra su entrada. Lucía apretó los puños, los dientes, y cuando él empujó, lentamente, su cuerpo se llenó.
—Mierda —susurró ella.
—Sí —respondió él, con voz ronca—. Ya estás llena. Aprieta.
Y ella lo hizo. Los músculos de su vagina, calientes y húmedos, se cerraron alrededor de él, succionando. Daniel cerró los ojos, controlándose.
—No te muevas —dijo, con la voz rota—. Déjame entrar del todo.
Lo hizo. Hasta la raíz. Su pelvis pegada a la de ella, sus manos agarrando fuerte sus muslos. Luego, un movimiento suave: un jalón hacia atrás, hasta que apenas quedó la punta, y luego de nuevo, más profundo.
—Así —gimió Lucía—. Más fuerte.
—No. —Él le golpeó el culo, suave—. No pides. Ordenas. Y yo decido cuándo.
Repitió el movimiento: entrada lenta, pausa en lo más hondo, salida pausada. Cada vez más hondo, sus testículos golpeando contra su perineo, su vello púbico rozando el suyo. Ella se mordió el labio, los ojos cerrados, el cuerpo temblando.
—¿Sientes eso? —preguntó él, inclinándose, su aliento en su oído—. Esa polla grande, vieja, con experiencia… metiéndose en tu culo pequeño. En tu culo de niña.
Ella gimió, arqueando la espalda.
—Sí. Sí, la siento. Me está rompiendo.
—No. Te está llenando. Te está haciendo mujer de verdad.
Daniel aceleró. Entradas cortas, profundas, sus dedos clavados en sus caderas, sus gemidos ahogados. Lucía ya no se contenía: gritó su nombre, su cuerpo convulsionando, la vagina apretando como un puño, el clítoris pulsando.
—¡Ahora! —suplicó.
—No —dijo él, con fría ternura—. Tú no mandas.
La sostuvo más fuerte, entradas más rápidas, su polla golpeando su punto G una y otra vez. Ella se quedó sin palabras, sin pensamientos, solo el sonido de su piel contra su piel, el olor a sexo y cuero.
—Me voy… —dijo Daniel, con voz ronca—. Me voy en tu cuerpo.
Y empujó, una última vez, hasta lo más profundo. Se quedó quieto, jadeante, sus manos apretando sus muslos. Lucía sintió cómo su polla latía dentro de ella, pulsando, hasta que el primer chorro de semen caliente le inundó el fondo del útero.
Se desplomó sobre el sofá, agotada, los muslos temblando. Daniel se retiró con lentitud, dejando salir el resto del semen, que goteó entre sus labios.
Se limpió con una servilleta de tela, se abrochó el pantalón, y se sentó a su lado. Le acarició el pelo con una suavidad que no encajaba con el rigor de sus manos antes.
—¿Te gustó? —preguntó.
—Sí —respondió ella, sin vergüenza—. Mucho.
—Entonces volverás.
—Sí.
Él sonrió, esta vez de verdad.
—Bien. Porque mañana… tienes una entrevista. Y yo quiero ver qué más sabes hacer.
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