Cuando el dueño del bar me pidió que le diera un masaje y terminé agarrando su pito entre mis muslos
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La primera vez que vi a Daniel entrando al Bar La Esquina, con esa camisa blanca abierta hasta el ombligo y el cuello cubierto por una cadena de oro gruesa, pensé: “Ahí viene el lío”. Él no era de los míos —yo, palo de 38 años, piel morena clara, ojos claros y esa mirada que dice ‘ya me he frotado con lo que venga’—, pero sí de los que se mueven con el silencio de quien sabe que el mundo se abre cuando él camina. Afrocolombiano, de esos que llevan la sangre del Caribe en los músculos y el ritmo en la espalda, y que al caminar parece que el suelo se inclina por respeto.
Lo conocía desde hacía meses: yo daba clases de baile en el local los jueves, mientras él, dueño y gerente, andaba por ahí con su sonrisa de pocos dientes, pero de tantas ganas. Una noche, después del último grupo de clientes y con la música apagada, me llamó del fondo del bar, donde se tomaba un ron con hielo y un cigarro encendido.
—Oye, conde —me dijo, usando mi apodo de siempre—, ¿me haces un favor?
—Depende, jefe —respondí, acercándome—. Si es lo de limpiar la lavadora del baño otra vez, la cosa se va a enfriar.
Él se rió, esa risa que sale de la panza y que parece un trueno lejano, y me ofreció el vaso.
—No. Hoy quiero que me des un masaje. Los hombros. Ya no aguanto ni el calor del horno ni el peso de los clientes.
Me encogí de hombros, aunque por dentro ya me estaba calcinando la piel. Acepté. Lo seguí hasta su oficina, una habitación pequeña, con cortinas oscuras y un sillón de cuero que crujía como si supiera lo que iba a pasar.
—Siéntate —le dije—. Y suelta esa camisa.
No esperó a que le repitiera. Se desabotonó con lentitud, dejando al descubierto el pecho macizo, con pelos negros que bajaban hasta el ombligo, y los brazos morenos, tensos de tanto cargar cajas. Me puse detrás, con las manos ya calientes, y empecé a deshacerle los nudos. Mis uñas le rozaban la piel, y cada vez que le apretaba un músculo, él soltaba un suspiro que me subía por la espalda.
—Eres cruel —dijo, sin volverse—. Me estás haciendo daño… o placer.
—Depende de ti —le respondí, inclinándome, con la boca al oído—. Si te mueves bien, el placer se llama… “¡ahora!” —y le apreté más, con fuerza, con ganas.
Fue entonces cuando él se volvió de golpe, me agarró la cara con una mano, y me besó. No un beso de bar, ni uno de pasajero. Un beso con dientes, con lengua, con hambre. Me empujó contra el escritorio, y yo, sin perder el aliento, le desabroché el pantalón. Sentí el pito saliendo, duro como una roca, húmedo ya por la punta. Me miró, con los ojos cerrados, y me dijo, con esa voz de humo y miel:
—Si lo que quieres es mamar, dilo. Si quieres que te lo meta en el culo, también. Pero si me tocas, conde… no me detengas.
Yo no le dije nada. Solo me arrodillé, le tomé la polla con ambas manos, y le chupé la cabeza. Le lamió los glanes como si fuera el último trago de agua en el desierto. Él gimió, me agarró del pelo, y me metió hasta la base. No me aguanté. Dejé que me llenara la boca, que su semen saliera a chorros, espeso y dulce, mientras yo lo tragaba con la misma avidez con que bebo aguardiente cuando el corazón me late fuerte.
Cuando terminó, me levantó, me besó de nuevo, y me dijo: —Mañana vuelves. ¿Verdad?
—Claro que sí, jefe —le dije, limpiándome la barbilla con el dorso de la mano—. Pero esta vez… tráeme el ron, que yo me encargo del resto.
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