La noche que el dueño del barrio me cogió hasta hacerme gritar su nombre
6 minLa noche que el dueño del barrio me cogió hasta hacerme gritar su nombre
Sí, lo voy a contar. No por vanidad, ni por chocar —porque ya me da igual lo que digan mis amigas en la terraza del club cuando les cuento historias de juventud—, sino porque fue una de esas noches que te cambian el pulso, que te dejan con el cuerpo recordando lo que la mente ya quiso olvidar.
Todo empezó en el *Lobos*, un bar de la Roma Norte que apestaba a humo de puro, tequila barato y promesas rotas. Yo iba sola, como siempre, con mi vestido negro ajustado, los tacones altos y el orgullo en la punta de los pies. No buscaba nada —solo beber algo frío, escuchar música vieja y olvidar que el mundo seguía girando sin mí.
Él llegó a las diez y media, con ese traje gris que le quedaba como talle de tiro, camisa blanca desabotonada hasta el ombligo y una sonrisa que no era de buena gente. Se llamaba Santiago. No el de los apellidos, sino el que todos en el vecindario conocían: *el Jefe*. No por miedo, sino por respeto. Tenía un negocio de importación —oficialmente— y un ejército de hombres que lo miraban como si fuera Dios en la tierra.
Yo lo había visto antes, claro. En fiestas, en fiestas, en esas reuniones donde los hombres se toman fotos con sus esposas nuevas y los niños se esconden en la terraza con cigarros robados. Pero esa noche, cuando sus ojos me atravesaron desde la barra, sentí algo que no había sentido en años: una calor que no venía del tequila, sino de dentro.
—¿Me dejas ofrecerte una copa? —me dijo, sin sonreír, sin pedir permiso—. No es que me guste verte sola. Es que me fastidia verla sola.
No dije que no.
Nos sentamos a la mesa de atrás, donde las luces no alcanzaban bien y las sombras lo hacían todo más interesante. Me preguntó de dónde era, qué hacía, si me gustaba el tequila añejo o el mezcal con gusano. Le respondí con lo mismo de siempre: con la verdad, pero sin contar demasiado. Él escuchaba, moviendo el hielo en su vaso con un ritmo lento, como si ya tuviera el plan en la cabeza.
—¿Tienes miedo? —me soltó de golpe, después del segundo trago.
—¿De qué? —pregunté, con una sonrisa falsa.
—De los hombres como yo.
—No tengo miedo de nada —mentí—. Menos de un caballero.
Él se inclinó hacia mí, y el perfume de cuero y tabaco me envolvió como una trampa.
—Entonces demuéstralo.
No fue una invitación. Fue un desafío. Y yo, que siempre he odiado que me subestimen, lo miré fijo y le dije:
—Si te muestro lo que tengo, ¿me lo vas a robar o me lo vas a devolver?
Se rió, una risa baja, grave, que me bajó por la espalda y se quedó en las nalgas.
—Nunca devuelvo nada, *chica*.
La noche se deslizó como el alcohol en la sangre: lenta, inevitable. Bailamos al ritmo de un cumbia vieja, sin tocar, solo rozando. Él me tomó de la cintura y me jaló hacia su cuerpo, y sentí la dureza de su verga a través de los dos pantalones. No me asustó. Me encendió.
—¿Sientes eso? —susurró en mi oreja, mientras su mano subía por mi muslo—. Es tu culpa. Me pones nervioso.
Me llevó a su casa después. No fue una mansión, pero tampoco una casa cualquiera: un departamento en Polanco, con paredes de concreto en bruto, cuadros de arte africano y una cama gigante en el centro, sin cabecera.
—¿Nunca te han cogido aquí? —me preguntó, sentándose en la cama y quitándose la chaqueta—. No por ser grosero. Por curiosidad.
—No.
—Entonces vamos a cambiar eso.
No hubo besos largos, ni palabras dulces. Él me quitó el vestido con un tirón, sin romper las tiras, y lo dejó colgado en mi cintura. Se puso de pie, se desabotonó la camisa, y yo lo vi por primera vez: piel morena clara, musculosos pero no exagerados, pechos anchos, ombligo marcado y una cicatriz en el costado que me pregunté cuántas historias tenía.
Me agarró por las caderas y me jaló hacia él, haciendo que me sentara en el borde de la cama.
—Abre las piernas.
No dudé.
Me quitó el panty con los dientes, y cuando vi su verga, grande, tiesa, con el glande rojizo y húmedo, sentí que me humedecía sola.
—Eres hermosa cuando te quieres dar —dijo, pasando la punta de su dedo por mi labio mayor—. Pero hoy no vas a querer. Hoy vas a coger.
Me metió dos dedos dentro sin previa, sin esperar, y me agarró de los pechos mientras los movía rápido. Sentí un calor intenso, un vacío que necesitaba ser llenado.
—Sí, así —gimió—. Gime por mí.
Lo hice. No por vergüenza, sino porque no podía evitarlo.
Me giró de cara a la cama, me puso las rodillas en el colchón y me sujetó de la cintura. Entonces, con un solo movimiento, me metió la verga entera, hondo, hasta la raíz.
—¡Joder! —grité, sin poder evitarlo.
—No grites *joder*. Grita mi nombre.
—¡Santiago!
Lo repitió como una orden, como una oración.
Y empezó a cogerme. No rápido, no lento: con ritmo, con fuerza, con control. Cada embestida me sacudía como una ola, me hacía temblar los pechos, me pegaba su vientre contra mis nalgas. Me agarrotaba las manos en la sábana, me mordía el labio para no gritar demasiado, pero él me decía:
—Grita todo lo que quieras. En esta casa no oye ni el viento.
Me giró de nuevo, me tomó de la cara y me besó con su lengua, sabiendo a tequila y a mí. Me miró a los ojos mientras me cogía más fuerte, y en ese momento supe que no era solo sexo. Era poder. Era dominación. Era placer sin disimulo.
—¿Te gusta que te controle? —me preguntó, mientras su verga palpitaba dentro de mí—. ¿Te gusta que te haga sentir que no tienes nada que decir?
—Sí —le confesé, con la voz rota—. Me gusta.
Me soltó la cara y me agarró de las caderas con más fuerza, y entonces me cogió como si no hubiera mañana. Hasta que me vino el orgasmo, fuerte, incontrolable, como una descarga eléctrica que me subió por la columna y me hizo arquear la espalda.
—¡Santiago! ¡Santiago! ¡Santiago! —grité, como si mi vida dependiera de pronunciarlo.
Él me entró una última vez, profundo, y se corrió dentro de mí con un gruñido gutural, con sus manos temblando y sus ojos cerrados.
Me sostuvo un rato después, con su verga dentro, con su aliento en mi nuca, con su sudor en mi piel.
—Hoy me cogiste a mí —me dijo, por fin—. Pero la próxima vez, vas a pedirme permiso.
Me dio un beso en la frente, se levantó y me dejó en la cama, con su semen corriendo por mi muslo.
Y yo, con el cuerpo lleno, con el alma despeinada y con una sonrisa de maldita, supe que volvería.
Porque cuando un hombre como Santiago te coge hasta hacerte gritar su nombre, no te suelta.
Y si eres inteligente, tú no lo sueltas tampoco.
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