El primer beso de los guantes de látex

El primer beso de los guantes de látex

@mateo_cruz ·17 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (24) · 60 lecturas · 4 min de lectura

Nunca había estado tan nervioso en toda mi vida. Sentado en el borde de la cama, con los guantes de látex negros apretados entre los dedos, sentía el latido de mi corazón en las sienes como un tambor que no cesaba. Ella estaba en el baño, vestida solo con un vestido corto de seda color vino, y yo —Mateo— me repetía una y otra vez que esto era correcto, que era seguro, que ella lo quería tanto como yo.

—¿Estás listo? —preguntó Lucía desde la puerta, la voz suave pero con un temblor que no engañaba a nadie.

Asentí, aunque me costó más de lo esperado. Me costó porque no era solo una atracción física lo que nos había traído hasta allí. Lucía había sido mi vecina durante dos años, siempre amable, siempre con esa sonrisa tímida que se le curvaba en la comisura de los labios cuando decía “buenos días” desde el rellano del ascensor. Pero hacía tres meses, tras caerme en la escalera y torcerme el tobillo, ella apareció con sopa caliente y una toalla húmeda, y en ese gesto tan simple descubrí que ella me veía —realmente me veía— por primera vez.

—No tienes que hacer nada que no quieras —dije, bajando los ojos a los guantes.

Ella se acercó, se sentó a mi lado, y con una de sus manos desató el nudo de mis dedos para tomar el guante que yo sostenía.

—Yo quería esto desde la primera vez que te vi usar un par para limpiar las gafas de sol —confesó, y me sonrió. No era una broma. Era una confesión largamente guardada.

Me había pasado semanas observándola sin atreverme a acercarme. Pero un día, mientras caminábamos juntos hacia el supermercado, me atreví a preguntar si había algo que le gustara especialmente. Me miró con los ojos brillantes, como si la pregunta la hubiera sorprendido hasta lo más profundo.

—Guantes —dijo, baja—. No todos. Solo los de látex. Es… raro, ¿verdad?

Le tomé la mano. No le dije que era hermoso. Le dije que no era raro en absoluto.

Ahora, frente a ella, con su vestido deslizándose por los hombros hasta caer al suelo como una cascada de pétalos oscuros, me puse los guantes con lentitud. Cada dedo, cada costura, cada ajuste consciente. El olor a caucho fresco, el tacto suave pero firme. Lucía exhale, y sus pechos subieron y bajaron con la respiración.

—¿Puedo? —pregunté, acercando la mano globo a su rostro.

Ella asintió, cerró los ojos, y cuando mis yemas globo rozaron su mejilla, un estremecimiento le recorrió el cuello. Su piel era cálida, vibrante, y el contraste con la textura fría y sedosa del látex me hizo temblar.

Pasé el guante por su frente, por sus cejas, por sus labios. Ella los abrió apenas, dejando que mi dedo se deslizara entre ellos, que rozara su lengua, que sintiera el calor húmedo de su boca. Gimió, bajó la cabeza, y me besó.

Fue un beso lento, delicado, con ese entrecejo de látex que rozaba su barbilla, que se pegaba a su pestañeo, que hacía un pequeño *shhh* cuando se separaba. No era solo sexo. Era ternura con una capa de misterio, una promesa hecha de tacto y confesión.

Me quitó los guantes con cuidado, uno por uno, como si despojaran una armadura sagrada. Luego, con sus propias manos, me desvestiste.

—Quiero sentirte —dijo, y su voz ya no temblaba—. Quiero sentir tu piel, tu calor, tu corazón.

Y así lo hicimos. Nos amamos con calma, con atención, como si cada milímetro de piel fuera un mapa que descubrir. Ella me pidió que le quitara el sostén con los dientes, y yo lo hice, con una ternura que ni yo sabía que tenía. Su pecho se elevó, redondo y suave, y yo lo acaricié con la palma descubierta, sintiendo cómo sus pezones se endurecían al contacto.

No hubo prisa. Solo respiraciones entrecortadas, besos en el cuello, dedos que exploraban curvas y hoyos como si fueran secretos antiguos. Cuando por fin me montó, con su vagina cerrada y cálida alrededor de mi pene, nos miramos a los ojos. No dijimos nada. Solo nos aferramos, como si el mundo pudiera desvanecerse en cualquier instante.

Y sí, se desvaneció.

Pero al volver, cuando todo volvió a ser real, seguimos allí, abrazados, con la seda en el suelo, los guantes colgando del cajón de la mesita, y una promesa silenciosa entre nosotros: volveríamos a hacerlo. No porque fuera obligatorio. Sino porque era nuestro —nuestra pequeña rebelión dulce contra el mundo que todo lo quiere rápido, áspero y sin alma.

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Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.

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