El primer aliento

El primer aliento

@camila_rios ·22 de junio de 2026 · 🔥 4.1 (5) · 363 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del pequeño apartamento en el centro de Medellín, un ritmo constante que parecía marcar el tiempo dentro del mundo de Valeria. Tenía veinticuatro años, cabello castaño oscuro recogido en un nudo torpe sobre la nuca, y los ojos siempre un poco cansados por las largas jornadas trabajando en una librería independiente. Esa noche, sin embargo, no pensaba en libros ni en clientes. Pensaba en Lucas.

Él estaba sentado en el sofá, con las piernas abiertas y las manos entrelazadas sobre los muslos, mirando fijamente la chimenea falsa que proyectaba una llama parpadeante en la pared. Tenía treinta y dos, espalda ancha, brazos marcados por venas finas que se dibujaban al moverse. Su ropa era sencilla: una camiseta gris oscuro, pantalones de tela ligera y los pies descalzos, con los dedos ligeramente arqueados sobre la alfombra. Lucas no era el tipo de hombre que Valeria imaginaba un día llevarse a la cama. No era guaperas, tampoco extravagante. Era tranquilo. Atento. Capaz de escuchar sin interrumpir, de recordar detalles que ella había compartido hace semanas y volver a mencionarlos sin forzar nada.

—¿Estás cómodo? —preguntó ella, acercándose con dos tazas de té de manzanilla humeantes.

Él levantó la vista, y su sonrisa fue lenta, cálida, como si hubiera estado esperando aquella pregunta.

—Sí. Aquí huele a libro viejo y canela.

—Es el aroma de la estantería del fondo —sonrió ella, sentándose a su lado, dejando la taza en la mesa baja—. Me costó meses convencer al dueño de que no se olvidara de ventilarla.

Lucas bebió un sorbo, observándola por encima del borde de la taza. Sus ojos, color miel con vetas de verde, no la devoraban. Solo la miraban. Como si cada gesto suyo mereciera ser recordado.

—¿Por qué hoy? —preguntó.

Ella se mordió el labio inferior un instante, bajando la vista hacia sus propias manos. Tenía las uñas cortas, sin esmalte, con una pequeña cicatriz en el pulgar de tanto abrir cajas de libros.

—Porque… siempre he tenido miedo de que sea raro. De que no sepa hacerlo bien. De que alguien note que soy… lenta. Demasiado consciente de lo que pasa.

—No es raro —dijo Lucas, dejando la taza en la mesa—. Ni lenta. Solo eres tú.

Ella lo miró entonces, y por primera vez en esa noche —en mucho tiempo— se permitió creerlo. No era una prueba. No era un reto. Era solo eso: un primer paso, silencioso, deliberado, elegido.

Se levantó, y él la siguió con la mirada. Caminaron juntos hasta la habitación, sin prisa. La luz del pasillo estaba apagada, apenas iluminada por el destello tenue de la chimenea artificial, y el suelo de madera crujía bajo sus pasos, como si también celebrara algo.

La habitación no era una escena de película. No tenía velas, ni pétalos, ni música suave de fondo. Solo una cama sencilla, una lámpara de pie con pantalla blanca, y una manta de patchwork que Valeria había tejido con su abuela. Se detuvieron frente a la cama, y por un momento no dijeron nada. Solo se miraron, respirando al unísono.

—¿Quieres que apague la luz? —preguntó él.

—No —respondió ella—. Me gusta verte.

Lucas se quitó la camiseta despacio, como si cada movimiento fuera una palabra. Sus hombros eran anchos, pero no rígidos; el pecho plano, con pezones pequeños, oscuros, que se erizaron al sentir el aire frío del cuarto. Valeria se acercó, puso una mano sobre su esternón, sintiendo el latido fuerte pero estable bajo la piel. Él no la detuvo. Solo dejó que su palma se deslizara hacia arriba, hacia el cuello, hacia la base del mentón.

—Tus dedos están fríos —susurró.

Ella sonrió, y esta vez fue él quien acercó su frente a la suya, rozando las narices, los labios apenas separados por un suspiro.

—¿Y qué pasa si los mío están fríos también? —murmuró él.

—Entonces los calentaré.

Se besaron con calma, sin apuro. Labios contra labios, respiración entrelazada, lengua apenas rozando labio inferior de él antes de retirarse. Fue un beso de descubrimiento, no de posesión. Valeria sintió cómo su corazón comenzaba a latir más fuerte, pero no con angustia. Con curiosidad. Como cuando abres un libro que no esperabas leer, y te das cuenta de que ya lo has estado esperando.

Se separaron apenas un centímetro, suficiente para verse los ojos otra vez.

—¿Te importa si me quito la camiseta? —preguntó él, con una sonrisa tierna.

—No. Me gusta ver cómo lo haces.

Lucas bajó las manos a su propia cintura, tirando suavemente del borde de la camiseta hacia arriba, dejando que el tejido se deslizara por sus brazos hasta caer al suelo. Valeria no movió la mirada. Lo observó como quien observa una pintura: con atención plena, sin juicios, sin prisa. Vio los pequeños pelos oscuros en su pecho, el ligero vello en los costados del estómago, la marca blanca de una cicatriz antigua cerca del ombligo. Todo parecía estar en su lugar. Todo parecía pertenecerle.

Ella se deshizo de su propia camiseta con más lentitud, dejando al descubierto la cinta elástica de su sujetador de algodón color crema. Lucas no dijo nada. Solo se acercó, puso una mano sobre su cadera, y con la otra levantó su mentón. Sus ojos recorrieron su cuerpo sin vergüenza, sin avidez. Solo curiosidad.

—Me gusta —dijo—. Me gusta cómo se ve tu piel aquí, bajo la luz.

Valeria sintió un calor que no venía del exterior. Un calor que empezaba en el centro del pecho y se extendía hacia las puntas de los dedos, hacia las rodillas, hacia los muslos. Se quitó el sujetador con una mano, dejándolo caer sobre la camiseta de él. Se quedaron así un momento, frente a frente, sin tocar más allá de lo indispensable: los dedos en los codos, las respiraciones sincronizadas, los pechos de ella subiendo y bajando con calma.

—¿Te importa si te toco? —preguntó él, por primera vez con una nota de duda en la voz.

Ella asintió, sin hablar. Solo puso su mano sobre la de él y la guió hacia su pecho.

Lucas la rodeó con la palma, con cuidado, sin presión. La piel de ella se erizó al contacto, pero no por el frío. Por la intensidad. Él movió el pulgar en círculos lentos sobre su pezón, ya endurecido, y Valeria inclinó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un suspiro que sonó más a alivio que a placer.

—¿Está bien? —preguntó él.

—Sí. —Ella lo miró, fijamente—. Sí, sí está bien.

Se despojaron de los pantalones uno a uno, sin prisas, sin ridículo. Él se quitó los calcetines, ella los zapatos. Quedaron en ropa interior, sentados en el borde de la cama, rodillas casi juntas. Valeria observó su pene, recostado suavemente contra el muslo, sin rigidez, pero ya más grueso de lo normal. Él, a su vez, notó los pequeños pelos alrededor de su púbis, la suavidad de sus labios, la ligera humedad que ya se había formado sin que nadie lo hubiera pedido.

—¿Te importa si te toco ahí? —preguntó él, con la voz un poco más grave.

—No —susurró ella—. Pero… primero, ¿puedo tocar tú primero?

Él asintió, y ella se inclinó hacia adelante, colocando sus manos sobre sus muslos, luego subiendo con lentitud, dejando que sus nudillos rozaran su ingle, su estómago, el borde del calzón. Cuando sus dedos tocaron la base de su pene, Lucas exhala, pero no con frustración. Con gratitud.

—Tú primero —dijo ella.

Él se quitó el calzón despacio, dejando que el aire tocara su piel. Valeria lo observó, sentada con las piernas cruzadas, las manos sobre las rodillas. Él se acercó, puso una mano en su nuca, y la besó de nuevo, esta vez con más profundidad, pero sin prisa. Su lengua rozó la suya, y ella lo dejó entrar, sintiendo el sabor a té y canela, a piel limpia, a algo que aún no tenía nombre.

Con la otra mano, Lucas separó los labios de su vagina, con cuidado, con reverencia. Valeria cerró los ojos, sintiendo el calor de su palma sobre su piel húmeda, los dedos rozando su clítoris sin presionar, solo rozando, como si temiera que un toque más fuerte la hiciera desaparecer.

—Estás tan suave —susurró él.

—Y tú… —ella abrió los ojos, lo miró—…

También en: Romántico

¿Qué tanto te calentó?

4.1 · 5 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@camila_rios

Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.

También en Primera vez

Más de @camila_rios

Ver autor →