El Piel de Goma

El Piel de Goma

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 10 min de lectura

Me llamó por WhatsApp a las 3:17 a.m. —no de casualidad, claro—, con una foto de una mano enguantada de negro, los nudillos marcados como si acabaran de golpear una pared. El mensaje decía: *¿Te acuerdas de cómo te gusta que te toquen?*. No respondí enseguida. Dejé el celular boca abajo sobre el colchón, respirando profundo, sintiendo cómo la piel me temblaba en los brazos. Sí, me acordaba. Y más que eso: lo había soñado cada noche desde que lo vi la primera vez, en ese bar de la Roma, detrás del contenedor de basura, cuando me encontré con una mano que no era de nadie que conociera, pero que me conocía demasiado.

Se llamaba Alan. O eso dijo. No me importó comprobarlo. A él tampoco le importó saber quién era yo. Solo supo que yo tenía la costumbre de frotarme los pulgares contra el pulso de la muñeca derecha cuando me ponía nerviosa —no de miedo, no—, y que me gustaba que me sujetaran por ahí, no por el cuello, no por los hombros, sino por la muñeca, con firmeza, como si temieran que me escapara, aunque en realidad yo era quien se negaba a irme.

Esa noche, en el bar, llevaba una blusa abierta hasta el ombligo, con un corte en la manga que dejaba ver la curva de mi hombro, y un par de aretes de plata que parecían clavos viejos. Él estaba en la barra, solo, tomando un mezcal con sal y limón, con los codos apoyados, los dedos entrelazados, y una mirada que no se clavaba en nadie, pero lo hacía todo el tiempo, como si estuviera escuchando un rumor que solo él podía oír. Me acerqué y le pregunté si me dejaba probar su bebida. Me sonrió con los ojos, no con la boca. Solo con los ojos. Le dije que sabía que el mezcal le gustaba así, porque él también lo notaba: que yo no era de las que se ponen sal en el dorado, sino en el limón, y que lo hacían con el pulgar, porque así se sentía mejor.

—¿Cómo sabes eso? —me preguntó, sin soltar la copa.

—Porque tú también la pones en el limón. Y con el pulgar.

Me pasó la copa. La tomé lentamente, sin apartar la vista de sus ojos. El alcohol me quemó la lengua, pero no como el fuego que encendió en mi vientre cuando él me tocó por primera vez. Fue sin avisar: una mano que se coló entre mi cintura y la barra, que me sujetó la muñeca derecha, justo donde yo me frotaba cuando sentía el nudo subir. No me asustó. No me detuve. Solo dejé la copa en la mesa, cerré los ojos, y me dejé llevar.

—¿Te gusta que te toquen así? —susurró, la voz baja, como si temiera que alguien lo escuchara, aunque el lugar estaba vacío ya, los meseros se habían ido, y el barman cerraba las persianas con lentitud.

—Sí —respondí, sin abrir los ojos.

—¿Y si te toco más?

—Entonces ya no es una pregunta.

Me soltó. Me giró lentamente, con la palma en mi espalda baja, empujando con suavidad hacia atrás, hacia él. Me besó en el cuello, pero no con los labios. Con la punta de la lengua, como si estuviera probando el sabor de mi piel antes de decidir si me comía entera. Me llevó a su casa. No era grande, pero tenía algo que me hizo temblar de inmediato: una pared entera de espejos. No reflejaba solo el cuerpo, sino los gestos, las miradas, el instante en que se le encendió la pupila cuando me quitó la blusa.

—¿Te gusta que te vea? —me preguntó, desabrochando mis pantalones con los dientes.

—Me gusta que me veas *así* —dije, y lo tiré hacia atrás, sobre la cama, sin esperar permiso.

Él no fue el tipo de hombre que te pregunta si quieres que te muerda. Él solo lo hizo. Me mordió en la tetilla izquierda, con fuerza, y cuando sentí el dolor subirme por la espina dorsal, no grité, solo arqueé el cuerpo, como si la punta de sus dientes fuera el único punto de anclaje que me mantenía en el suelo. Me sujetó las muñecas otra vez, con la misma mano que antes había besado, y me tiró del cabello, no para dueño, no para humillar, sino como quien tira de una cuerda que sabe que no se va a romper.

—¿Te gusta que te tire? —me preguntó, con la boca pegada a mi oreja.

—Me gusta que me tires *hacia atrás* —respondí, y le mordí el labio.

Fue entonces cuando se puso los guantes.

No recuerdo haber visto nada como eso antes: una caja de cuero, negra, con un cierre de metal en la parte superior. Él la abrió con lentitud, como si fuera un regalo, y dentro había dos pares: uno de látex, delgado, casi transparente; otro de piel de goma, más grueso, con una textura que parecía piel de serpiente, pero caliente al tacto. Me los ofreció.

—¿Cuál prefieres?

No dudé.

—El de goma.

—¿Por qué?

—Porque huele a peligro, pero no mata.

Se rió, y esa risa fue como un trueno en mi vientre. Me puso el guante derecho primero. Me tomó la mano, me giró la palma hacia arriba, y pasó el pulgar sobre el dorso, como si estuviera midiendo la curva de mi hueso, de mi venas, de mi piel. Luego, con la punta del dedo índice, trazó círculos en mi muñeca, donde yo me frotaba cuando me ponía nerviosa. Me miró, y me dijo:

—Esto es para cuando tú quieres que pare. Si me dices *para*, yo paro. Si me dices *más*, yo sigo. Si me dices *no*, yo te suelto. ¿Entendido?

—Entendido —respondí.

—Entonces —dijo, y me volvió a besar, esta vez en la boca, con lentitud, con sus labios húmedos y su lengua que sabía a mezcal y a sal—, vamos a ver qué tan fuerte puedes aguantar.

Lo primero que hizo fue quitarme el sostén, pero no con las manos. Lo hizo con los dedos enguantados, con una lentitud que me hizo sudar frío. Pasó el pulgar sobre la costura del tejido, luego el índice, y con un solo movimiento, lo desgarró por el centro, sin romper la tela, sino abriéndola como si fuera un libro que solo él sabía cómo leer. Sentí el aire frío en mis pechos, pero no el miedo. Solo el calor.

Luego, me puso de rodillas. No fue una orden. Fue una invitación. Me sujetó por las caderas, me inclinó hacia atrás, y con la mano izquierda, sin guante, me acarició la cara. Con la derecha, con el guante de piel de goma, me pasó la palma por el vientre, bajando despacio, hasta que me rozó el borde de mis pantalones. Me miró, y me preguntó:

—¿Tú me dices qué quieres que haga?

—Quiero que me quites los pantalones con los dientes —dije, y le mordí el pulgar.

Él se rió de nuevo, y esta vez lo hizo con la boca abierta, y sus ojos brillaron como si hubiera encontrado algo que había estado buscando desde siempre. Me tiró de los pantalones con los dientes, con una suavidad que parecía contradictoria, pero que funcionó: los bajó lentamente, hasta que me los dejó en los tobillos. Luego, con la mano enguantada, me abrió las piernas, y se puso entre ellas.

No me pidió permiso para meter los dedos. Solo lo hizo. El guante estaba húmedo ya, no por mí, sino por su propia piel, por el calor que había generado mientras me tocaba. Me entró un dedo, despacio, sin presión, como si estuviera probando la temperatura de mi cuerpo. Luego, otro. Y otro. Me miró mientras lo hacía, y me dijo:

—Eres tuya, Valeria. Solo tuya. Yo solo soy el que te ayuda a recordarlo.

No supe qué responder. Solo arqueé el cuerpo, y dejé que sus dedos me hicieran lo que querían. Me movió dentro, con lentitud, con una precisión que me hizo sentir que cada movimiento estaba calculado para encontrar el punto que yo misma no sabía que existía. Me giró la cabeza, me besó en el cuello, y me mordió de nuevo, esta vez en la oreja, con más fuerza, y yo grité, sin vergüenza, sin miedo, solo con el sonido que salía de mí, como si mi cuerpo hubiera estado esperando ese momento desde que nací.

Luego, me dio la vuelta. Me puso de pie, con las manos sobre la pared de espejos, y me sujetó las caderas con ambas manos, con los guantes. Me miró en el reflejo, y me dijo:

—Mírame.

Lo hice. Me vi en el espejo, con los pechos hinchados, la piel roja en los sitios donde me había mordido, los ojos vidriosos, la boca entreabierta. Y lo vi a él, detrás de mí, con los ojos cerrados, la frente sudorosa, el cuerpo rígido, como si estuviera a punto de explotar. Me giré, lo tomé de la verga a través del pantalón, y le dije:

—Quiero que me cogas. Ahora.

Él se rió, y esta vez me abrazó por la cintura, y me besó en la boca, con fuerza, con su lengua metiéndose, con su respiración agitada. Me soltó, y se quitó los guantes, lentamente, como si fuera una ceremonia. Luego, me apartó el cabello de la cara, y me puso las manos en las nalgas, me apretó con fuerza, y me dijo:

—Te voy a coger como si no hubiera mañana. Como si esta noche fuera la última vez que nos veamos. Como si todo esto fuera un robo.

No respondí. Solo le abrí las piernas con una patada, me subí sobre la cama, me puse de rodillas, y lo miré mientras se quitaba el pantalón. Lo vi, su verga, grande, dura, la punta húmeda, con el prepucio subido, mostrando el glande rojo y brillante. Me acerqué, lo tomé con la mano, y lo pasé por mis labios, sin abrirlos, solo rozándolos, como si lo estuviera probando. Él me empujó hacia atrás, y me metió la cabeza entre sus piernas, y me dijo:

—Mírame. Mientras te muevo.

Lo hice. Lo miré a los ojos mientras me cogía, mientras me metía hasta el fondo, mientras me sujetaba las caderas con fuerza, como si temiera que me fuera. No grité. Solo me dejé llevar, con los ojos abiertos, con la respiración cortada, con la piel ardiendo.

Cuando vine, no fue con un grito. Fue con una risa. Una risa baja, ahogada, como si me estuviera muriendo de la vergüenza, pero al mismo tiempo, como si no me importara. Él se detuvo, me miró, y me besó en la frente. Me dijo:

—Te amo.

No le respondí. No le dije *yo también*. Solo le besé la barbilla, y le dije:

—¿Vuelves a llamarme?

—Sí —dijo, y me abrazó, con la verga todavía dentro de mí.

—Entonces mañana, a la misma hora —dije—. Pero esta vez, trae los guantes.

Él se rió, y me besó de nuevo, y esta vez fue con los labios, con su lengua, con su aliento, con su piel.

Y así fue. A la misma hora. Y otra vez. Y otra. Y cada vez, los guantes de piel de goma se volvían más necesarios, más inevitables. No era solo el tacto. Era el olor. Era el sonido que hacía cuando lo movía. Era la forma en que se adhería a mi piel, como si fuera otra capa, como si fuera una promesa.

Hoy, cuando escribo esto, tengo los dedos marcados por los nudillos de su mano, y el recuerdo de su voz en la oreja: *Eres tuya, Valeria. Solo tuya. Yo solo soy el que te ayuda a recordarlo.*

Y yo recuerdo que sí, que lo soy. Que nadie me lo quita. Que nadie me lo puede dar. Que solo él sabe cómo tocarme. Y solo yo sé cuándo debo decir *para*, *más*, o *no*.

Porque en esta historia, no hay dueños. Solo dos personas que se miran en un espejo, y deciden no apartar la vista.

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