El peso de una puesta en escena
Recuerdo que la primera vez que vi sus manos sin intención de verlas fue un jueves. Llovía con esa tenacidad madrugadora de mayo en Guadalajara, y yo, con la taza humeante de café en la mano, miraba por la ventana del salón de clases mientras la profesora de literatura hablaba de *El paraíso en la otra esquina*. Yo ya no escuchaba. Me había quedado atrapado en el gesto de Ana: ella se había quitado la pluma del cabello, y ahora las hebras negras se deslizaban con lentitud, como si el aire mismo las sostuviera, hasta caer sobre sus hombros. Una sola hebra se había quedado atrapada en el borde de su labio inferior, y ella, sin pensar, lo rozó con el pulgar. No fue un movimiento sensual —al menos, eso pensé en el instante—, pero mi cuerpo lo registró como una señal.
Ana era mi compañera de seminario de poesía contemporánea. No habíamos cruzado más que saludos, comentarios sobre el texto, una o dos frases sueltas tras clase. Pero había algo en su forma de escuchar: la cabeza inclinada, los ojos que no seguían al hablante, sino que parecían recorrer una línea invisible dentro de sus propios pensamientos. Una línea que, sin duda, tenía curvas.
Aquella tarde, después de clase, nos quedamos los dos recolectando los apuntes que alguien había dejado caer al pasar. Ella se agachó, y yo me incliné a su vez, pero nuestros dedos se rozaron al intentar levantar el mismo cuaderno. No retiramos la mano de inmediato. Hubo una pausa que no fue silenciosa, sino densa, cargada de una electricidad que solo los nervios saben producir.
—Perdón —dijo ella, y no sonó arrepentida.
—No importa —respondí, y sentí que mi voz temblaba ligeramente.
Se levantó con suavidad, como si no quisiera hacer ruido, y guardó el cuaderno en la mochila. Me miró, y por primera vez, no desvié la vista. Su sonrisa fue pequeña, casi imperceptible, pero bastó para que mi pulso acelerara.
—¿Te apetece tomar algo? —me preguntó, y el gesto fue tan casual que me costó creer que no fuera una casualidad.
—Sí —dije, y sabía que estaba mintiendo. No quería tomar nada. Quería otra cosa.
Fuimos a un café pequeño, escondido entre callejones, con mesas de madera oscura y paredes cubiertas de libros antiguos. El dueño, un hombre de barba gris y ojos que parecían haber leído todo, nos sirvió té de jengibre sin preguntar. Ana me lo agradeció con una inclinación de cabeza que le quedaba bien: educada, pero sin sumisión.
—¿Por qué te gustan los versos de López Veldez? —me preguntó, envolviendo la taza con ambas manos.
—Porque dice cosas que no puedo decir —respondí, y el silencio que siguió no fue incómodo, sino expectante.
Ella se inclinó hacia adelante, y el cabello le cayó sobre un lado del rostro. Con el dedo índice, se lo empujó atrás, lentamente, como si estuviera desplegando una cortina.
—Yo también —dijo—. Pero a veces, cuando algo no se puede decir… se escribe. O se toca.
No supe qué responder. El corazón me latía en las sienes.
—¿Te ha pasado? —continuó—. Que sientas que algo está a punto de suceder, pero no sabes cómo ni cuándo… solo que se acerca.
—Sí —dije. Y entonces, sin pensar, agregué—: A veces, creo que lo siento antes de que ocurra.
Ella me sonrió otra vez. Esta vez, la sonrisa llegó hasta los ojos.
Nos fuimos a caminar. La lluvia había cesado, pero el aire olía a tierra mojada y a flores que aún no habían abierto. Caminamos por el parque central, donde las farolas arrojaban círculos de luz amarillenta sobre el suelo mojado. Ana no se acercó a mí, pero su paso se ajustaba al mío, como si estuviéramos coreografiando algo invisible.
—¿Te parece raro? —me preguntó, deteniéndose frente a un banco de hierro forjado.
—¿Qué?
—Que alguien pueda sentir que algo está por empezar… y no tener idea de qué.
—No —dije, sentándome. Ella se quedó de pie, mirando el lago oscuro—. Creo que es lo más honesto que hay.
Ella se giró. Me miró con atención, como si estuviera leyendo algo en mis palabras.
—¿Puedo…? —empezó. Y entonces se sentó a mi lado, con espacio entre nosotros, pero no tanto como para que no sintiera el calor de su hombro.
No hablamos más. El silencio se hizo más amplio, más profundo. Algo en mi pecho se contrajo, y no fue miedo. Fue anticipación.
Era tarde. Muy tarde. El parque ya estaba vacío, y las luces de las farolas parecían tener un tono más cálido, más íntimo. Ana se giró hacia mí, y esta vez no hubo dudas en su gesto.
—¿Me dejas tocarte? —preguntó, y su voz era suave, casi un susurro, pero sin timidez.
—Sí —dije.
Ella colocó la palma de la mano sobre mi pecho, sobre el corazón. No presionó. Solo dejó que su peso descansara allí, como si estuviera probando si el ritmo era el mismo que el suyo.
—¿Sientes algo? —me preguntó.
—Sí —respondí.
—¿Qué?
—Una… puesta en escena —dije, y me di cuenta de que era verdad—. Como si todo lo que dijera o hiciera ya estuviera escrito, pero aún no lo sabemos.
Ella asintió. Y entonces, lentamente, movió la mano hacia abajo, hasta el borde de mi camisa. Con el dedo índice, trazó una línea imaginaria sobre mi piel, desde el centro del pecho hasta la cintura de los pantalones. No fue una caricia. Fue una insinuación.
—¿Quieres que siga? —preguntó.
—Sí —dije, y esta vez no hubo dudas en mi voz.
Ella se levantó, y yo la seguí. No hacia la salida del parque, sino hacia un sendero estrecho, entre dos muros de buganbilias, donde la luz de la luna se filtraba como agua. Ana se detuvo, me tomó de la mano, y con el pulgar pasó lentamente sobre el nudillo de mi índice.
—¿Te acuerdas de la primera vez que hablamos? —me preguntó.
—Sí.
—¿Y qué me dijiste?
—Que no escuchaba, pero que te estaba mirando.
—Y ¿qué me respondí?
—Que era lo mismo que yo hacía.
Ella me sonrió. Y entonces, por primera vez, se acercó de verdad. Cerca. Tanto que sentí su aliento en la mejilla, y el perfume que llevaba: jazmín y sal.
—Entonces… —dijo, y sus labios rozaron mi oreja—… ¿te parece si empezamos la obra?
No respondí con palabras. La tomé de la cintura, y ella se inclinó hacia mí, apoyando la frente contra la mía. Nos quedamos así unos segundos, respirando al mismo ritmo, como si estuviéramos aprendiendo un nuevo lenguaje.
Después, con lentitud, con deliberación, ella se puso de puntillas y rozó sus labios con los míos. No fue un beso. Fue un descubrimiento.
Y en ese instante, supe que la primera vez no era una línea que se cruza, ni un puente que se construye. Era una puesta en escena. Una que aún no sabíamos cómo terminaría, pero que ya empezaba a escribirse con las manos entrelazadas, con los cuerpos que aprenden a reconocerse, y con el silencio que, al fin, también habla.
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