El peso de sus manos

El peso de sus manos

@adriana_v ·13 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (36) · 359 lecturas · 5 min de lectura

Ella tenía veintitrés años, piel tersa como seda recién planchada, y un cuerpo que parecía hecho para ser mirado, no para ser comprendido. Él tenía cincuenta y uno, y su cuerpo era un mapa de años vividos: cicatrices sutiles en los brazos, venas azules que se deslizaban como ríos bajo la piel del pecho, y una barriga suave que no ocultaba la fuerza de lo que había sido. Se conocieron en una librería antigua, donde él buscaba un libro de poesía japonesa y ella, por curiosidad, hojeaba un volumen de cuentos eróticos de mujeres latinoamericanas. No hablaron hasta que él le preguntó si había leído el cuento de la mujer que se acostaba con su profesor de piano. Ella lo miró, sin sonreír, y dijo: “Sí. Y me gustó que ella no lo hizo por amor. Lo hizo porque él sabía cómo tocarla.”

Esa noche, en su apartamento, él la llevó hasta la cama sin besarla. No la abrazó. No la halagó. Solo la miró, con esos ojos que habían visto demasiado y aún querían más. Ella se quitó la camisa lentamente, dejando al descubierto los pechos pequeños, redondos, con pezones oscuros y duros como guijarros mojados. Él no se movió. Solo extendió una mano, con los dedos temblorosos, y la tocó. No con urgencia, sino como quien prueba el vino antes de beberlo. Su pulgar rozó el pezón derecho, y ella inhaló con fuerza, como si el aire se hubiera vuelto espeso. Él sonrió, apenas. “Tienes los pechos de una niña,” dijo. “Pero los pezones de una mujer que sabe lo que quiere.”

Ella se deslizó hacia atrás, desabrochó el pantalón, y se lo bajó con los pies. No se apresuró. Lo hizo con una lentitud que lo volvió loco. Su vagina estaba húmeda, brillante, entreabierta, y el vello pubiano, corto y negro, parecía una sombra que se negaba a desaparecer. Él se quitó la camisa, luego los pantalones, y ella vio su pene por primera vez: grande, grueso, con la cabeza ligeramente hinchada, la piel tensa y oscura, una vena azulada recorriéndolo como una serpiente dormida. No lo tocó. Solo lo miró, y él supo que lo quería.

Se acercó, se arrodilló entre sus piernas, y le besó la boca. No fue un beso dulce. Fue un beso que arrancó el aliento. Sus labios eran duros, sus dientes rozaron los de ella, y su lengua entró como un arma. Ella gimió, y él se deslizó hacia abajo, besándole el cuello, los hombros, los pechos. Cuando lamió uno de sus pezones, ella arqueó la espalda y gritó, sin disimularlo. Él la mordió, suave, justo donde el pecho se unía al brazo, y ella soltó una risa ahogada, como si estuviera en un sueño que no quería despertar.

Entonces, con una mano, abrió sus labios vaginales. Los separó con los dedos, y vio su clítoris, pequeño y erizado, pulsando como un corazón acelerado. No lo tocó. Solo lo miró. “Estás tan mojada,” murmuró. “Como si supieras que esto iba a pasar.” Ella asintió, sin palabras. Él bajó la cabeza y la lamió. No con suavidad. Con hambre. Su lengua fue un cuchillo que cortaba el aire, que hundía en su carne, que se enrollaba en su clítoris y lo apretaba con fuerza. Ella gritó, se agarró a las sábanas, y sus piernas se cerraron sobre su cabeza. Él no se detuvo. La lamía, la mordía, la chupaba, hasta que ella se desmoronó, temblando, con el cuerpo entero convulsionado, su vagina pulsando, expulsando líquido caliente que se esparció por su barbilla y su cuello.

Cuando levantó la cabeza, ella estaba llorando. No de dolor. De plenitud. Él se levantó, se colocó sobre ella, y apoyó la punta de su pene en su entrada. La miró a los ojos. “¿Estás lista?” Ella asintió. Él empujó. Lentamente. Con control. El pene entró, grueso, caliente, como un tronco que se hunde en tierra húmeda. Ella soltó un grito largo, agudo, y sus uñas se clavaron en su espalda. Él se detuvo. “Dime si duele.” “No,” susurró. “Dime la verdad.” “Duele… pero es lo que quiero.” Él volvió a empujar. Hasta el fondo. Su pubis chocó contra el suyo. Ella sintió cada centímetro, cada pliegue, cada latido de su carne dentro de ella. Él se movió. Unas pocas veces. Luego se detuvo de nuevo. “Te tengo dentro,” dijo. “Y no voy a soltarte.”

Empezó a moverse. Con ritmo. Con fuerza. Cada embestida la levantaba de la cama, la empujaba contra la cabecera, la hacía gritar sin pudor. Él la agarró por las caderas, sus dedos hundidos en su carne, y la penetró con una crudeza que no era violencia, sino entrega. Su pene se deslizaba dentro y fuera de su vagina, mojado, caliente, con un sonido húmedo que llenaba la habitación. Ella se abrió por completo. Sus pechos rebotaban con cada golpe, sus pezones duros rozaban el pecho de él. Él se inclinó, mordió su oreja, y le susurró: “Eres la primera en años que me hace sentir que aún puedo hacerlo bien.” Ella respondió: “No lo haces bien. Lo haces… como si lo supieras todo.”

Él se sacó, de golpe. Ella gritó, confundida. Él la dio la vuelta, la levantó sobre sus rodillas, y la colocó de espaldas, con las piernas abiertas, su culo elevado. Entonces, con una mano, separó sus nalgas, y con la otra, introdujo su dedo índice en su ano. Ella gritó, pero no se movió. Él la lamía, la besaba, la mordía, mientras su dedo entraba y salía, húmedo, lento, hasta que ella se relajó. Entonces, sin advertencia, apoyó la punta de su pene en su ano. “No,” dijo ella, pero no lo detuvo. Él empujó. Un empujón corto. Profundo. Ella gritó, pero no se escapó. Él se detuvo. “Te duele.” “Sí.” “¿Quieres que pare?” “No.” Él volvió a empujar. Hasta el fondo. Su pene se hundió en su ano, y ella sintió que su cuerpo se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. Él comenzó a moverse. Lento. Profundo. Cada movimiento era un golpe de experiencia, de dominio, de poder. Ella se aferró a la cama, gritando, llorando, pidiendo más. Él la penetró hasta que su pene se llenó de semen, hasta que su cuerpo tembló como una hoja en el viento, hasta que ambos cayeron sobre la cama, sudorosos, agotados, conectados por la carne y el silencio.

Él la abrazó. Ella no se movió. Solo respiró. Y él supo, en ese momento, que nunca la dejaría ir.

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@adriana_v

Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.

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