Lo que hicimos mi vecina y yo en el ascensor

Lo que hicimos mi vecina y yo en el ascensor

@valentina_ruiz ·2 de julio de 2026 · 🔥 4.3 (21) · 15 lecturas · 7 min de lectura

El ascensor tembló levemente cuando se detuvo en el quinto piso —el mío—, y Valeria se ajustó el cordón del chaleco de lana sobre el pecho, como si notara una brisa que yo no sentía. Llevaba puesta una falda plisada hasta la rodilla, una blusa blanca con los botones superiores abiertos y una bolsa de tela con las esquinas redondeadas que olía a café recién hecho y papel. Me sonrió —una sonrisa rápida, de labios apenas entreabiertos— y yo apreté el botón del cierre para que la puerta no se cerrara de golpe, aunque sabía que no hacía falta. Sabía que ella también estaba esperando.

—Gracias —dijo, entrando—. Estoy muy cansada hoy.

—¿De qué estás cansada? —pregunté, y me di cuenta de que era una tontería apenas salió la palabra.

Ella se encogió de hombros, dejó la bolsa en el suelo y se volteó hacia mí, con las manos apoyadas en la barandilla del ascensor, que crujía bajo su peso. Estaba de espaldas, pero lo suficientemente cerca como para sentir el calor que emanaba de su cuerpo, como una brasa bajo el algodón de su blusa. Su cabello, rubio ceniza, estaba recogido en un nudo torpe en la nuca, y algunos mechones se habían desprendido para rozarle la nuca y la oreja.

—De todo —respondió—. Del trabajo, del tráfico, de que el vecino del seis siga dejando su bici en el pasillo… De que no me hayas saludado en dos semanas.

Me dio la espalda, pero su mirada estaba fija en el espejo del techo, y yo sabía que me estaba viendo reflejado ahí, con la frente ligeramente sudorosa, los labios un poco hinchados por el café reciente. Supe entonces que no era solo una coincidencia que hubiera bajado a recoger el correo a la misma hora que yo. Ni que hubiera aparecido en la lavandería dos veces seguidas con una camiseta de manga corta que dejaba ver los hombros.

—Te he saludado —dije—. La última vez fue el miércoles, a las 8:17, cuando pasaste caminando con los audífonos puestos.

Ella giró la cabeza, lento, como si temiera que el movimiento fuera a romper algo. Y entonces, por primera vez, me miró directamente, sin el espejo de por medio. Tenía los ojos claros, casi transparentes bajo la luz del ascensor, y una ceja ligeramente más arqueada que la otra, como si siempre estuviera a punto de hacer una pregunta.

—¿Contaste los segundos? —preguntó, y la risa le tembló en la voz.

—Sí.

El ascensor dio un pequeño salto, y su cuerpo se inclinó hacia atrás, sin darse cuenta, contra mí. Sentí el calor de su espalda a través de la tela de mi camiseta, y el leve movimiento de sus pechos al respirar —no grandes, pero firmes, con pezones que se marcaban contra la blusa cuando el aire acondicionado soplaba con fuerza. Me quedé quieto, no por respeto, sino porque me gustaba sentir su peso, su forma contra mi torso, y saber que ella también lo notaba.

—¿Y por qué no me hablaste? —preguntó.

—Porque me ponías nervioso.

—No me lo creo.

—Es verdad. Me miras como si supieras algo que yo no sé.

Ella rio, suave, con la boca cerrada, y entonces se giró del todo, poniéndose de frente, con las manos aún en la barandilla, pero ahora su pecho casi rozando el mío. Su respiración se había hecho más profunda. Yo noté que su pecho subía y bajaba más rápido, y que sus dedos apretaban el metal con fuerza. No era miedo. Era tensión. El tipo de tensión que se siente cuando estás a punto de hacer algo que has estado evitando semanas.

—¿Y si supiera algo? —preguntó.

—Entonces sería una mala persona.

—¿Y si no fuera mala?

—Entonces… —me acerqué, sin pensar—… entonces yo también querría saberlo.

La puerta del ascensor se abrió con un *bip* suave, y el sonido nos separó como un trueno. Valeria se enderezó, recogió la bolsa y dio un paso hacia afuera, pero no se fue. Se quedó ahí, en el umbral, con la espalda recta y el cuello alargado, como si esperara algo. Algo que ambos sabíamos que iba a pasar, aunque nadie lo dijera.

—¿Vienes? —preguntó, sin voltear.

—Sí —respondí, y la seguí.

Su apartamento era pequeño, pero luminoso. Las paredes blancas, una estantería llena de libros desordenados, una silla de mimbre en la esquina con una manta plegada. No había fotos en las paredes. Solo una lámpara de pie con pantalla de papel, que proyectaba sombras suaves cuando se encendía. Me senté en el sofá, y ella se quedó de pie frente a mí, con la bolsa aún en la mano.

—¿Te tomas el café?

—Sí.

Ella asintió, fue a la cocina, y yo la seguí con la mirada mientras se movía con la naturalidad de quien conoce cada rincón de su casa. Abrió la nevera, sacó una botella de agua, se sirvió un vaso y luego, sin mirarme, puso la tetera en la estufa.

—¿Te gusta el té de jengibre? —preguntó.

—Sí.

—Entonces es lo único que tengo.

—Mejor que café.

Ella sonrió, y esta vez sí fue una sonrisa completa, con los ojos cerrados un momento, como si hubiera soltado algo dentro de ella. Se giró y me tendió el vaso con agua. Yo lo tomé, pero no bebí. Me quedé mirándola mientras la luz del atardecer le daba de lado, marcando las curvas de su rostro, el contorno de su labio superior, ligeramente más marcado que el inferior.

—¿Por qué no te sentaste? —pregunté.

—Porque no quería que te sintieras atrapado.

—Pero ya lo estoy.

Ella dio un paso hacia mí. Luego otro. Y entonces, con una lentitud que me hizo sentir que el tiempo se había detenido, se inclinó y me besó.

No fue un beso de prueba. No fue un beso de curiosidad. Fue un beso de quienes ya han decidido, aunque aún no lo hayan dicho en voz alta. Su boca era suave, cálida, con un sabor a té de manzanilla y algo más, algo que no pude identificar pero que me hizo querer volver a probarlo. Sus manos se posaron en mis hombros, y luego deslizaron por mi cuello, como si estuvieran aprendiendo la forma de mi piel.

Me levanté, y ella no retrocedió.

Me acerqué hasta que su frente tocó la mía, y entonces la besé de nuevo, más profundo, más lento, y esta vez con las manos en su cintura, sintiendo cómo su cuerpo se arqueaba hacia mí, como si me invitara a entrar.

—Valeria —susurré.

—Dime.

—¿Estás segura?

Ella no respondió con palabras. En vez de eso, me tomó de la mano y me llevó hacia el sofá, donde se sentó con las piernas abiertas, y yo me senté frente a ella, entre sus muslos. No hubo titubeos. Solo el roce de nuestras manos mientras ella me desabrochaba la camiseta, y yo le desabotonaba la blusa, botón tras botón, con cuidado, como si cada uno fuera una promesa.

Cuando quedó solo con la blusa entreabierta, sus pechos se alzaron con la respiración, pequeños, redondeados, con pezones que se pusieron duros al contacto con el aire frío del apartamento. Yo los toqué con las yemas de los dedos, lentamente, y ella soltó un suspiro que me recorrió la espina dorsal como una descarga.

—Quiero verte —dije—. Quiero verte desnuda.

Ella asintió, y se levantó, deshaciendo el nudo de su cabello, dejando que le cayera en cascada sobre los hombros. Se quitó la falda, primero una pierna, luego la otra, y la dejó tirada en el suelo, como si nunca más la necesitara. Luego, lentamente, se deslizó las tiras de sus calzones por las caderas y los rodillas, y los dejó caer al suelo también.

Estaba completamente desnuda frente a mí, con la luz del atardecer acariciando sus curvas, sus pechos, su vientre plano, y entre sus piernas, una vulva suave, bien cerrada, con los labios oscuros y hinchados ya por la anticipación.

Me acerqué, y ella no retrocedió. Me puse de rodillas frente a ella, y cuando le rozó con la lengua el clítoris, Valeria soltó un grito ahogado, con las manos en mi cabeza, apretando los dedos en mi cabello, no para alejarme, sino para mantenerme ahí.

Le lamí despacio, desde abajo hacia arriba, con el pulgar presionando su clítoris en círculos, mientras ella se movía sobre mi boca, con las caderas balanceándose al ritmo de mis movimientos. Suspiros largos, quebrados, que se convertían en jadeos, en palabras sueltas: «sí», «ahí», «

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