El patio de atrás
Yo no creía en segundas oportunidades, hasta que volví a ver a Camila en la feria del barrio, con su falda prieta que le marcaba el culo más rico que he visto en Medellín, y los ojos brillándome como si el tiempo no hubiera pasado. Hacía seis años que no la tocaba, seis años desde que me dijo “no sirves pa’ nada” y se fue con un gringo de Cali. Pero allá estaba, sola, comiendo arepa de huevo, y yo, sin miedo, me acerqué como si el pasado no doliera.
—¿Y ese pito todavía sirve, Diego? —me soltó, con esa risa que me encendía el alma.
No respondí con palabras. Le tomé la mano y la llevé al fondo de mi casa, al patio de atrás, donde nadie nos ve. Allí, entre plantas de maracuyá y el olor del cloro de la piscina, le bajé la falda con una sola mano mientras con la otra le apretaba el cuello, suave, pero firme. Ella gimió, y supe que era mía otra vez.
—¿Todavía te gusta que te domine, perra? —le dije al oído, y sentí cómo se estremecía.
—Sí, patrón. Pero no me vayas a fallar como la otra vez —respondió, con la voz temblorosa.
No le di tiempo. Le bajé las bragas, le abrí las nalgas con las manos y le metí la lengua al culo, lento, profundo, hasta que gritó. Camila siempre fue de gritar, y a mí me encantaba. Le chupé el culo como si fuera la última vez, mientras con la otra mano le estrujaba un pecho, y le mordía el pezón por encima de la blusa. Ella se retorcía, se agarraba de la reja, y yo, con el pito duro como piedra, le dije:
—Ahora te vas a arrodillar y me lo mamás, así como lo hacías antes, pero mejor.
Se arrodilló. Me desabrochó el cinto, me bajó el pantalón, y sin mirarme a los ojos, me sacó el pito. Grande, grueso, con la vena marcada y la punta brillando de humedad. Lo tomó con la mano, lo acarició un segundo, y luego lo metió en su boca. Mierda. Sí, así. Su boca era un milagro. Caliente, húmeda, con los labios prietos y la lengua que no paraba. Me lo chupaba hasta el fondo, hasta que le entraba en la garganta y tosía, y yo le decía:
—No pares, perra, hasta que te llenes.
Y así fue. Le vomité encima, le llené la cara, el pelo, los labios. Ella se limpió con la blusa, sonriendo, y me miró con esos ojos que decían “¿y ahora qué?”. Yo, sin decir nada, la levanté, la cargué como si fuera un costal de arroz, y la recosté sobre la mesa de madera del patio. Le abrí las piernas, le separé los labios de la concha con los dedos, y vi cómo brillaba, mojada, caliente, lista.
—¿Y ahora quién manda? —le pregunté.
—Tú, patrón. Siempre fue usted —respondió.
Entré sin piedad. De una. Hasta el fondo. Ella gritó, se agarró de mis hombros, y yo empecé a darle con fuerza, con rabia, con ganas de recuperar el tiempo perdido. Cada embestida era un castigo, un perdón, un reencuentro. Le agarré el pelo, le tiré la cabeza hacia atrás, y seguí follando, follando como si el mundo se fuera a acabar. El sonido de nuestros cuerpos chocando, el crujido de la mesa, sus gritos, mi gruñido… todo en armonía.
—¡Más fuerte, Diego! ¡Hazme tuya de nuevo! —gritó.
Y lo hice. Le di con todo, hasta que sentí el espasmo, hasta que la concha se le cerró como un puño, y gritó mi nombre. Entonces, sin salir, le di la vuelta, la puse de cuatro, y seguí follando, ahora por detrás, con el sol cayendo sobre sus nalgas, sudorosas, brillantes. Le metí dos dedos a la boca, y ella los chupó, mientras yo le decía al oído:
—Eres mía, Camila. Siempre lo fuiste. Y si te vuelves a ir, te busco y te traigo arrastrando.
Cuando terminé, me salí, le di una nalgada fuerte, y la dejé ahí, jadeando, con la concha abierta, brillante, y el alma entregada. No dijimos nada más. Solo nos miramos. Y en ese silencio, supe que esta vez, no me iba a fallar. Yo era el patrón. Y ella, mi perra consentida.
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