El olor a sal y sudor
7 minEl olor a sal y sudor
Llegué a la playa a las cinco y media de la tarde. El sol ya no quemaba, pero aún colgaba pesado sobre el horizonte, teñía el cielo de naranja quemado y el mar se volvía un espejo tembloroso. Yo había dejado la camiseta en el auto, solo traía short de baño y sandalias. Caminé despacio por la orilla, dejando que las olas me rozaran los tobillos, los pies, los muslos. El agua fría me subía por la piel como un eco de advertencia, pero yo no me detenía. Sabía que lo esperaría allí, en ese trozo de arena que nadie más usaba, entre dos rompeolas rotos por el tiempo.
Y ahí estaba.
Javier. Sentado sobre una roca plana, los codos apoyados en las rodillas, la espalda descubierta, morena y ligeramente velluda. Su pelo castaño, corto por los lados, largo arriba, se alzaba en espirales húmedos por el aire salado. No me vio cuando me acerqué. Lo hice sin hacer ruido, como siempre. Me detuve a un metro. El mar nos envolvía en su respiración lenta.
—Vine —dije.
Se giró. Sus ojos, verdes como el fondo del océano en calma, me recorrieron de arriba abajo, sin apuro, como si estuviera leyendo una línea de poesía. Sonrió. No con la boca, primero con los ojos. Luego, con la boca. Una sonrisa pequeña, pero que le abrió la cara entera.
—Te esperé desde las cinco —murmuró.
Me senté a su lado, en la arena mojada. El frío de la piedra aún le impregnaba la piel. No hablamos. Él se inclinó y me besó. No fue un beso de bienvenida, ni de despedida. Fue un beso de posesión suave, de reconocimiento. Labios contra labios, lengua entrando lenta, probando mi sabor, mi respiración. Sentí su pene endurecerse contra mi muslo, ya en el short de baño. No dije nada. Solo le pasé una mano por la nuca y lo tiré hacia mí. Él se rindió, cedió, y nos hundimos en el beso como si no hubiera otra cosa en el mundo.
Cuando se separó, me miró fijo. Me agarró de la mandíbula con la palma, me levantó la barbilla. Me miró los ojos, la boca, el cuello. Luego bajó la mano, lentamente, por mi pecho, rozando los pezones, que se erizaron al contacto. Me dio la vuelta y me dio la espalda. Me dijo, sin perderme de vista:
—Despópame.
Me puse de pie. Lo ayudé a bajar del rompeolas. Se despojó del short, y quedó desnudo frente a mí. Su cuerpo era largo, delgado, musculoso sin exceso. El vello pubiano, oscuro y crespo, le marcaba la base del pene, que ya colgaba flácido pero firme, como una serpiente en reposo. Su testículo izquierdo era un poco más alto que el derecho, y me encantaba eso. Lo miré, lo toqué. Le pasé los dedos por el escroto, le di un suave apretón. Él jadeó, apenas, pero lo sentí. Sus nudillos se apretaron contra los muslos.
—Tú primero —dijo.
Me desabroché el short. Lo bajé con lentitud, dejando que el viento me acariciara la ingle. Mi pene, ya medio almorzado por la expectativa, se alzó al aire, tieso, con la punta brillante por el preseminal. Me agarré con la mano derecha, le di un par de estocadas suaves, de arriba abajo. Javier me miraba, sentado en la arena, las piernas ligeramente abiertas, las manos apoyadas atrás, como si estuviera acomodándose para recibir. Me acerqué. Me puse entre sus piernas. Le separé los muslos con las rodillas, y me incliné.
Lo lamí.
No fue un beso. Fue un trazo húmedo, largo, desde la base del pene hasta la punta, pasando por el glande, recogiéndole todo el sabor, todo el calor. Él gimió, un sonido bajo, gutural. Me levanté, me limpié la barbilla con el dorso de la mano, y le dije:
—Tú ahora.
Me senté frente a él, con las piernas encogidas, el short ya por completo en los tobillos. Él se acercó, se sentó en el mismo sitio, y me agarró por la cintura. Me empujó su pene contra la entrada de mi ano, sin lubricante, sin más que el calor y la humedad natural de mi cuerpo. Me tomó del pelo, tiró suavemente, y me obligó a mirarlo a los ojos mientras se empujaba adentro.
El dolor fue agudo, rápido, pero no fue dolor. Fue presencia. Fue plenitud. Sentí su cuerpo empujando, rozando, llenando cada rincón de mí. Me abrió el cuerpo como una flor que se abre al sol. Me dio un segundo para acostumbrarme. Y luego empezó a moverse.
Lento. Muy lento. Como si el tiempo se hubiera hecho arena en sus nudillos. Cada empuje era una promesa. Cada retiro, un suspiro. Su pene, grueso y firme, me rozaba la próstata con cada golpe, y yo sentía un calor que subía por la columna, me encendía los riñones, me hacía temblar las manos.
—Más —pedí, con la voz rota.
Él me miró. Me besó la frente, la nariz, la boca. Luego me tomó la cara con ambas manos y me empujó con más fuerza. Ya no era lento. Era hambre. Fue cuando me di cuenta de que yo también lo quería. Que no solo lo estaba soportando, que lo estaba buscando. Le agarré las nalgas, le clavé las uñas, le tiré de él para que entrara más hondo, que me rompiera, que me llenara.
Y cuando sentí que no podía más, que las piernas me temblaban y la boca se me secaba, me volví y le dije:
—Dame la mano.
Me la tomó. La apreté contra su pecho. Le besé la garganta. Él me dijo:
—Ven acá.
Me acosté sobre su pecho. Él me rodeó con las piernas, me sujetó con fuerza, y siguió moviéndose. Me metí su pene hasta la raíz, y cuando sentí que se iba a correr, lo empujé con las caderas, lo forcé a detenerse, a contenerse. Le dije:
—No te vayas. No hoy.
Y entonces él cambió el ritmo. Ya no era empuje. Era fricción. Fue cuando lo vi entrar en el borde del clímax, cuando sus ojos se volvieron oscuros, cuando su respiración se hizo entrecortada, cuando me agarró la nuca y me obligó a besar su cuello, y me soltó una maldición baja, en español, en portugués, en un idioma que solo existía entre nosotros.
Se corrió dentro de mí con un grito ahogado. Lo sentí pulsar, espasmódico, como un latido que no quería soltarme. Yo lo seguí, cuando el último chorro de su semen me rozó la próstata, cuando su cuerpo se estremeció y sus dedos se clavaron en mis muslos. Me corrí sin tocar mi pene. Solo con su mirada, con su calor, con el sonido de su respiración rota contra mi oreja.
Se desplomó sobre mí, agotado, sudado, húmedo. El sol ya se había ido. El cielo era azul oscuro, y las primeras estrellas aparecían como puntos de sal sobre un plato de mantequilla derretida. Él me besó el cuello, me pasó la lengua por la piel. Me volvió a besar, dulce esta vez, como si fuéramos dos amigos que se dicen adiós con la esperanza de volver a verse al día siguiente.
—¿Volveré a verte? —pregunté.
—Sí —dijo, sin dudar.
—¿Cuándo?
—Mañana. A la misma hora.
—¿Y si llueve?
—Lloverá.
—¿Y si no?
—Entonces iré a tu casa.
—¿Dónde vives?
—En la calle Luna, entre la 10 y la 11.
—¿Número?
—No importa. Tú sabrás cuál es.
Se levantó, me ayudó a hacerlo. Nos vestimos con calma, sin prisa. Se puso el short, pero no se lo abrochó del todo. Me acerqué, le besé el pene ya blando, que aún colgaba entre sus piernas, y le dije:
—Gracias.
—No me lo agradezcas —dijo, y me besó la frente otra vez—. No es un regalo. Es un regreso.
Se fue caminando por la orilla, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja. Yo lo vi hasta que desapareció entre las sombras del rompeolas. Me quedé un rato más, sentado en la roca donde él había estado, con la arena fría bajo los pies, con su olor a sal y sudor pegado a la piel, con la sensación de que mi cuerpo no era mío, sino suyo, por unas horas.
Y supe que volvería
¿Te ha gustado? Valóralo
Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.