El olor a café y a sudor
6 minEl olor a café y a sudor
A los cincuenta y tres, uno ya no se pregunta si le gustan los hombres maduros: ya no hay dudas, ya no hay vergüenza. Ya uno sabe que le gusta el peso de los hombros anchos, el vello cano en el pecho que huele a jabón de glicerina y a tabaco barato, el sonido de una risa que ha vivido demasiadas peleas pero sigue saliendo entera, sin quebraduras. Y sobre todo, el olor: no a perfume caro ni a colonia de feria, sino a sudor seco, a jabón de barra, a piel que ha sudado sol, trabajo y café fuerte.
Yo lo vi en la feria del libro de la UNAM. Él, en la banca del editor de letras chiquitas, vendiendo novelas de terror que él mismo escribía. Camiseta de algodón gris oscura, pegada un poco por el calor del sol que entraba por el toldo, pantalón vaquero con el doblés gastado en las rodillas como si hubiera arrodillado mucho en su vida —o al menos así lo imaginé yo en ese primer segundo, antes de que me mirara y me sonriera sin apuro, como si ya supiera que iba a acercarme.
—¿Algo de terror? —me preguntó, sin dejar de limpiarse la frente con el dorso de la mano. Tenía una marca en la muñeca, una cicatriz blanca, casi imperceptible, como si le hubieran arañado con cuidado.
—Sí —mentí—. ¿Tienes algo que no te duela leer de noche?
Me miró de nuevo. No con curiosidad, sino con reconocimiento. Como si yo le hubiera dicho algo que él ya sabía.
—Sí —dijo—. Este. *El perro de los muertos*. No es para cobardes.
Lo tomé. Lo hojeé. Le pregunté por el prólogo. Hablamos de literatura. De cómo los viejos libros se sienten más reales porque ya no tienen miedo de ser leídos. Él hablaba con las manos, con movimientos lentos, seguros. Su voz era grave, un poco ronca, como si hubiera fumado demasiadas cigarretas en su juventud y ahora no le alcanzara el aire para limpiarla del todo.
—¿Te gustan los perros? —me preguntó de pronto.
—Sí —dije—. Pero no de los que ladran mucho.
—Ni yo —rió—. El mío, que se murió el año pasado, era así. Silencioso. Me esperaba en la puerta, con la cabeza apoyada en la pierna, como si yo fuera su único problema en el mundo.
Me llamó la atención que no dijera “mi perro”, sino “el mío”. Como si fuera una posesión, no una mascota. Y me gustó.
Al final de la feria, cuando ya se había hecho tarde y los puestos empezaban a desarmar, me dijo:
—¿Te apetece un café? Cerquita de aquí hay uno que no me ha cambiado ni el sabor ni el olor, desde que me fui de la universidad.
—¿Te cuesta algo?
—Nada que no pueda pagar con una buena charla.
El café era un lugar pequeño, con mesas de madera oscura, paredes con grietas que el dueño había tapado con pintura blanca que ya se estaba cayendo. El olor era intenso: café recién hecho, pan de muerto recalentado, y algo más… humo de cigarro, pero no de los que uno se fuma en la calle: de los que se fuman en la terraza, con la cabeza cansada y el corazón en paz.
Se llamaba “El Nido”. Y sí, era como un nido: pequeño, calentito, con sillas que ya habían tenido muchas culatas encima.
Me sirvió café. Yo no tomaba mucho, pero ese día lo tomé todo. Sin leche. Como a él le gustaba.
—¿Cuántos años tienes? —me preguntó, sin mirarme, mientras se metía un dedo por la oreja y luego se lo limpiaba con un pañuelo que sacó del bolsillo trasero.
—Cincuenta y dos.
—Menos mal —dijo, y bebió un trago lento—. Porque si fueras más joven, me darías miedo.
No entendí la broma al principio. Pero luego, cuando me miró de nuevo, supe que no era una broma. Era una advertencia. O un desafío.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque los jóvenes ya no saben esperar. Quieren todo en la primera hora. En la primera noche. En el primer beso. Los viejos ya sabemos que lo bueno se deja madurar. Como el queso. O como el vino.
Me acerqué un poco más. No para besarle, ni para tocarle. Sólo para ver si su piel estaba tan caliente como lo parecía.
—¿Y qué quieres madurar?
—Tú —dijo, sin titubear—. No te quiero en la cama aún. Quiero verte comer pan con mantequilla. Quiero verte dormir en el sofá, con los ojos cerrados y las piernas estiradas. Quiero saber si roncas, si te desvelas con ganas de escribir, si te pones nervioso cuando te dicen que tu libro no le gustó a nadie.
—¿Y si me pongo nervioso?
—Entonces te abrazo. Sin hacer nada más. Sólo abrazo.
No sabía si reír o sentirme vulnerable. Pero me sentí. Me sentí vivo.
—¿Y qué pasa después del abrazo?
—Después… —dijo, y se inclinó hacia mí, lentamente—… después te pido permiso para besar tu cuello. No tu boca. Tu cuello. Donde late más fuerte. Y si me dejas, te pido permiso para meter la mano bajo tu camisa y sentir cómo te tiembla el pecho. Y si aún me dejas… entonces sí, te pido permiso para llevarte a casa. Pero no para coger. Para estar. Para dormir juntos. Para que, al despertar, me digas si te gustó lo que sentiste.
Lo miré fijo. No hubo timidez en su voz. Sóro, seguridad. Como si ya hubiera estado allí antes, en ese café, con otras personas, y ahora estuviera repitiendo el mismo guion, pero conmigo. Como si yo fuera la persona que le había estado esperando.
—¿Y si no me dejo?
—Entonces me voy. Sin quejarme. Sin ofenderme. Y mañana, si me veo en la feria, te saludo con la cabeza. Y si no, te escribo un cuento. Y te lo envío por correo, sin firmar.
Me levanté. Me acerqué a él. Le puse la mano en la rodilla. No con intención de hacer nada. Sólo para sentir la textura de su pantalón, la粗ura del vaquero, el calor que subía de su piel.
—Mañana voy a la feria —le dije.
—Sí —dijo—. Yo también.
—Entonces… —le dije—. Te dejo el cuello. Pero no el corazón.
—El corazón se da después —dijo, y me sonrió—. Cuando ya sabemos que el café sigue caliente, que el pan no se ha secado y que el sofá no tiene clavos clavados.
Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí viejo. Me sentí presente. Como si el cuerpo me hubiera escuchado después de tantos años de silencio.
—¿Me dejas escribirte? —le pregunté.
—Sí —dijo—. Pero que no sea un cuento. Una carta. Con letra de mano. Y si te equivocas de palabra, táchala. Yo sé leer las tachaduras. Son más sinceras que las palabras limpias.
—Prometido —dije.
Y salimos del café. No nos dimos la mano. No nos abrazamos. Sólo caminamos, uno al lado del otro, como si ya hubiéramos hecho eso mil veces, y ahora fuera la primera vez.
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