El nudillo y el río

El nudillo y el río

@andres_rio ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia no dejaba de caer sobre Rosario, un aguacero tibio que pegaba los pelos al cuello y convertía las calles en ríos negros. En el fondo de una calle sin salida, entre depósitos abandonados y alambrados de aluminio oxidado, había un garage viejo, pintado de negro con una puerta de metal que crujía como un hueso roto. Ahí adentro, sentado sobre una silla de madera sin respaldo, con las muñecas atadas a los apoyabrazos con una cinta de cuero grueso, estaba León. Nudillo, lo llamaban los de su gremio. No por una cicatriz ni por un golpe en la frente, sino por la forma en que sus nudillos se marcaban cuando apretaba los puños: cuadrados, planos, como los de un albañil que lleva veinte años sosteniendo ladrillos.

Florencia entró con una botella de vino tinto y dos vasos rotos en una bolsa de plástico. No se disculpó por llegar tarde, no se disculpó por nada. Se despojó de la campera mojada y se quedó con la remera ajustada que le pegaba al pecho, dos senos redondos y duros, los pezones ya picados por el frío y la expectativa. Se acercó despacio, sin apuro, como si supiera que el tiempo no se le iba a terminar.

—Viste que se rompió el vidrio del fondo —dijo León, con la voz ronca, sin fuerza para mentir.

—Sí, lo vi. Y lo arreglé.

—¿Con qué?

—Con una tira de plástico de embalar. Lo suficiente para que no entre el agua, pero no tanto como para que no sepa que hay alguien afuera.

León soltó una risa corta, seca, como un chasquido de nudillos contra el metal. Florencia se arrodilló frente a él, sin soltar los vasos. Con la punta del dedo índice, rozó la sábana que le cubría la entrepierna. Ya estaba húmedo, ya sabía lo que venía.

—Vos sabés que no me gusta que me toques así —dijo León, pero no era una orden, era una confesión.

—Entonces no me digas dónde tenés que tocarte —respondió Florencia—. Yo te digo.

Y así fue: se levantó, desató una de las cintas de la muñeca izquierda y le puso la mano sobre el pene, que ya se endurecía contra el trapo del pantalón. León no movió el cuerpo, pero su respiración cambió: más baja, más profunda, como si estuviera conteniendo algo que iba a salir con fuerza. Florencia lo apretó suave, con los dedos cerrados como un puño, pero sin apretar de más. Solo lo sostuvo, como si fuera una botella de vino que se va a abrir despacio.

—Tranqui, León —dijo—. Vos solo tenés que respirar. Y yo voy a hacer lo que me dijiste.

Se desabrochó el pantalón y lo bajó hasta las rodillas. León se sacudió, pero no se levantó. Florencia lo miró: la polla le colgaba, gruesa, de color oscuro, con el glande hinchado y brillante. El prepucio no lo cubría todo, y el calor del garage lo tenía ya pegado a la piel, sudado pero firme.

—Mirá cómo te pega la ropa —dijo Florencia—. Vos lo querés así, ¿no? Que te lo vea sin que lo toques vos.

—Sí —respondió León, y solo eso.

Florencia se sentó a su lado, sobre el banco de madera, y lo tiró hacia atrás contra la silla. Con una mano le sujetó la nuca, con la otra le subió la remera por encima de la cabeza. León no ayudó, solo dejó que se la sacaran como si fuera un trapo viejo. Florencia se inclinó, le lamió el ombligo, lo chupó dos veces, y después lo mordió, suave, con los dientes cerrados pero con intención. León gimió, un sonido que no salió de la garganta sino del pecho, como un gruñido de perro cuando se le acercan con la comida.

—Ahora el culo —dijo Florencia.

León se inclinó un poco, y ella le bajó el pantalón y la ropa interior hasta los tobillos. El culo de León era ancho, redondo, con la piel tersa pero marcada por los años de trabajo. Dos nalgas duras, que se abrían como dos puertas cuando él separó los pies un poco.

Florencia se puso de pie, se desabrochó el sostén, y se sacó la remera también. Se acercó despacio, con los pechos colgando, los pezones negros y duros. Se agachó y le chupó el ano, con la lengua plana, lento, como si le estuviera dando un masaje. León se tensó, los nudillos se marcaron contra la madera, pero no se movió. Florencia lo lamía, lo chupaba, y de vez en cuando le mordisqueaba la piel del muslo, justo arriba del coxígeal.

—¿Querés que te lo meta por atrás? —le preguntó, sin levantar la cabeza.

—Sí.

—¿Y si te lo meto con los dedos primero?

—Sí.

—¿Y si te lo garcho con la concha toda?

—Sí.

Florencia se levantó, se sacó el pantalón y se sentó en la silla, con las piernas abiertas. León se puso de pie, sin soltar las cintas, y se acercó. Ella lo tomó del pene, lo alineó con su entrada, y lo empujó contra él. León se inclinó, apoyó las manos sobre los hombros de Florencia, y se metió dentro con un solo empuje.

Florencia gritó, pero no fue un grito de dolor. Fue un grito de placer, agudo, cortante, como si le hubieran clavado un alfiler en el clítoris. Se agarró de los brazos de León, lo tiró hacia adelante, y lo besó en el cuello, mordiéndolo justo donde latía la vena. León se movió lento, primero hacia atrás, sacando apenas el glande, y después volviendo a meterse hasta el fondo, hasta que su vientre le pegaba al suyo.

—Sí —dijo León—. Sí, Florencia.

Ella lo agarró de los testículos y los apretó, uno por uno, como si los estuviera pesando, y después los frotó contra su perineo. León se sacudió, le temblaron las piernas, pero no se salió. Se quedó quieto, con la polla dentro, los dedos de Florencia en sus huevos, y los dos respirando como si estuvieran corriendo.

—Voy a venir —dijo Florencia.

—No te muevas.

—No me muevo.

—Entonces vení.

Florencia se movió ahora, con caderas pequeñas, rápidas, como una bomba de agua que se enciende. León la sujetó por la cintura, la tiró hacia atrás, y la metió más hondo, hasta que sintió el fondo de su interior. Ella se puso a gemir, un sonido gutural, ronco, como si le estuvieran apretando la garganta. León la mordió en el hombro, dejó que la sangre saliera, y siguió empujando.

—Garchame la concha, pija —dijo Florencia—. Garcháme toda.

León se levantó un poco, la agarró por las caderas, y la subió hasta que ella se puso de pie sobre sus piernas, con los pies en el suelo, las rodillas dobladas, y él metido hasta el fondo, con la polla dura, sudada, temblorosa. Ella se sostuvo sobre él, con las manos en sus hombros, y empezó a subir y bajar sola, con movimientos cortos, rápidos, sin pausa.

—Sí —dijo León—. Sí, así. Que te la garche sola.

Florencia se inclinó hacia adelante, se pasó la lengua por el pezón izquierdo, y lo chupó, dos veces, tres, y después lo mordió, fuerte. León gritó, un grito que salió del fondo del pecho, y la agarró por la cintura, la sostuvo un segundo, y después la tiró hacia atrás, metiéndose dentro de ella con más fuerza, con más ganas.

—Estoy —dijo Florencia.

—Estoy —repitió León.

Y Florencia vino, con un grito que se le rompió en la garganta, con los ojos cerrados, la boca abierta, las uñas clavadas en los brazos de León. Él la agarró por los pechos, los apretó, y con la otra mano le rozó el clítoris, apretando fuerte, con el pulgar, hasta que ella se sacudió otra vez, otra vez, otra vez.

León se vino después, con un chorro caliente, profundo, que le llenó el fondo, que le quemó las paredes, que la hizo gritar otra vez. Se agarró de los apoyabrazos de la silla, y se quedó quieto, con la polla dentro, sudado, tembloroso, con los ojos cerrados.

Florencia se desplomó sobre él,

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