El masajista de mi hermana

@camila_rios ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La casa olía a eucalipto y piel caliente. Camila entró descalza, dejando los tacos en la entrada, como si el aire mismo le exigiera más intimidad. Su hermana había dejado el masajista en el living, un tipo alto, de hombros anchos y manos grandes que parecían saber más que su boca. Se llamaba Franco, y cuando levantó la vista del colchón de masajes, dijo *«pasá, Camila, ya terminé con tu hermana»* con una voz que no pedía permiso, sino que invitaba a quedarse.

Vos no te vayas todavía, dijo su hermana desde el sillón, con una sonrisa pícara que Camila conocía bien. Siempre fue la más atrevida, la que se reía de todo, la que decía *«bah, qué importa»* antes de meter la pata. Pero esta vez, la mirada era distinta. No era burla. Era fuego.

Camila se quedó de pie, con la camisa abrochada hasta arriba, los jeans ajustados, el pelo suelto tapándole media espalda. No dijo nada. Solo cruzó los brazos, y Franco, sin pedir permiso, le dijo: *«Sentate. Te hago un masaje rápido. Si querés, claro»*.

No era una pregunta. Era una propuesta. Y Camila, en vez de negarse, se sentó. El colchón estaba tibio aún. Olía a aceite de almendras y sudor suave.

Franco empezó por los hombros. Sus manos eran fuertes, firmes, pero no bruscas. Le deslizó los dedos por la nuca, y cuando ella bajó la cabeza, él le dijo al oído: *«Relajate, Camila. No te vengo a hacer mal»*.

Pero era mentira. Le estaba haciendo mal. Un mal dulce, lento, que le subía por la columna como si alguien le hubiera encendido un cable bajo la piel.

Sus dedos bajaron, separaron la tela, le desabrocharon la camisa sin pedir permiso. *«Dejame verte»*, dijo, y ella no se movió. Solo cerró los ojos cuando sintió el aire frío sobre los pechos, el roce del aceite caliente en la espalda.

—Mirá cómo tenés la piel —murmuró Franco—. Tan lisa, tan caliente…

Camila no respondió. Solo se mordió el labio cuando él le deslizó las manos por la cintura, le bajó el jean con una paciencia que la enloquecía.

—¿Vos nunca te dejaste tocar así? —preguntó él, sin levantar la vista.

—No así —dijo ella, con la voz temblorosa—. Nunca así.

Franco sonrió. Le acarició el culo con una mano, lento, como si estuviera midiendo cada curva. Luego, con la otra, le separó las piernas.

—Dame la espalda —dijo.

Camila obedeció. Se dio vuelta, sentada en el colchón, con el pecho al aire, el jean a medio bajar, las piernas abiertas sin quererlo del todo.

Franco se arrodilló. Le puso una mano en cada muslo.

—¿Y si te cogo ahora? —preguntó.

Camila no dijo que sí. Tampoco dijo que no. Solo se mordió el labio más fuerte.

Él entendió.

Le subió el jean, despacio, rozándole la concha con los nudillos. Luego, con la boca, le besó el vientre, el ombligo, la cadera. Le deslizó la lengua por el borde de la ropa interior, justo donde el algodón se humedecía.

—Estás mojada —dijo—. Me querés.

Camila cerró los ojos.

—Sí —dijo.

Franco le bajó la ropa interior. Le separó los labios con dos dedos, despacio, como si estuviera abriendo una flor. Le besó la concha con devoción, con hambre, con calma. Le chupó el clítoris como si fuera un secreto que solo él conocía.

Camila se arqueó. Gimió bajo, como si tuviera miedo de que alguien la escuchara. Pero no había nadie más. Solo el olor del eucalipto, el calor de la piel, el sonido de su respiración cada vez más rápida.

Cuando Franco se paró, se desabrochó el pantalón. Sacó la pija larga, gruesa, con una vena que latía al ritmo de su pulso.

—¿Querés verla bien? —preguntó.

Camila asintió.

Se acercó. Le tomó el miembro con una mano, lo acarició de arriba abajo, lento, sintiendo cómo se ponía más dura.

—Entrame —dijo.

Franco no esperó más. Le separó las piernas, se puso de rodillas, y con una embestida profunda, la llenó.

Camila gritó. Se aferró a sus hombros, clavándole las uñas.

—Dale… cogé… —jadeó—. Cogé fuerte…

Y él lo hizo. Con saña, con ritmo, con ganas. Le dio todo. Le llenó el culo de nalgadas, la concha de leche, el oído de palabras sucias.

—Mirá cómo me la tomás… qué concha más puta tenés…

Camila no se ofendió. Se corrió gritando, temblando, con las piernas flojas.

Franco se corrió dentro. Sin sacarla.

Se quedaron así un rato. En silencio.

Luego, él le subió el jean, le besó la frente, y dijo: *«La próxima, te masajeo más abajo»*.

Camila sonrió. Y supo que no sería la última.

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