El lago de las luciérnagas

El lago de las luciérnagas

@andres_rio ·6 de junio de 2026 · ★ 4.6 (6) · 334 lecturas · 7 min de lectura

La brisa del sur traía el olor a hojas mojadas y tierra recién removida, mezclado con el perfume natural de su piel: sal, humedad y algo dulce que no lograba nombrar. Lucía caminaba descalza por la orilla del lago, los pies hundidos en el barro frío, las rodillas dobladas como si estuviera orando. A sus espaldas, el bosque respiraba en silencio. Las luciérnagas comenzaban su danza: pequeños destellos verdes que flotaban sobre el agua oscura, como estrellas caídas al revés.

Andrés la observaba desde diez pasos atrás, sin moverse, sin respirar. Había insistido en que viniera. No era la primera vez, pero sí la primera desde que había vuelto al pueblo después de cinco años lejos. Le había escrito. Le había llamado. Le había esperado en la estación con un ramo de flores silvestres que se marchitaron en dos horas. Ella no respondió a nadie más. Solo a él.

—¿Estás bien? —preguntó, por fin, acercándose.

Ella no se volvió. Solo inclinó la cabeza, como si estuviera escuchando algo más allá del lago. Sus cabellos, sueltos y húmedos, le caían en ondas hasta la cintura, pegados al cuello y a los hombros desnudos. Llevaba una camiseta blanca, ya casi transparente por el agua y el sudor, y unos shorts cortos que apenas cubrían sus muslos. Nada de maquillaje. Nada de pretensiones. Solo Lucía, tal como la recordaba: tersa, fuerte, lenta.

—El agua está tibia —dijo ella, sin mirarlo—. Como un baño de leche.

Él se detuvo frente a ella. A un metro. A un aliento. Sentía el latido de su propia sangre en las sienes, el calor en los puños apretados. Pero no tocaba. No aún.

—¿Quieres que entre contigo? —preguntó, voz baja, sin presión.

Ella giró lentamente. Sus ojos, oscuros y profundos, lo atravesaron como si ya hubiera estado dentro de él. Luego, sonrió. No fue una sonrisa de felicidad, sino de reconocimiento. De promesa cumplida.

—Sí —dijo—. Pero sin prisa.

Él se quitó la camisa. Se desabrochó el cinturón. Bajó la cremallera de su pantalón con calma, como si estuviera desvistiendo una estatua. Lucía lo observaba, sin juicio, sin urgencia. Sus manos se movieron igual que antes: con precisión, con intención. Primero desabrochó su propio sujetador. Luego, con los dedos, separó la tela de sus shorts y los bajó hasta las rodillas. Se quedó allí, parada, desnuda bajo el cielo abierto, con la luna llena colgando tras las nubes como un ojo curioso.

Sus pechos no eran grandes, pero perfectos: firmes, redondeados, con areolas oscuras que se erizaban al contacto con el aire fresco. El vello pubiano, negro y crespo, marcaba una línea baja hacia su vulva, húmeda ya, brillante bajo la luz tenue. No se tocaron. No necesitaban.

Andrés se quitó los pantalones y los calzoncillos de golpe, y quedó frente a ella, erecto, pesado, la cabeza colorada, el glande hinchado, la sangre palpitando en cada nervio. Ella no lo miró allí. Lo miró a los ojos.

—Tu polla sigue igual —dijo, y entonces sí se acercó, lenta, como si el agua del lago subiera con ella—. Dura, recta, con esa vena que se hincha cuando te toco.

Él exhaló un gruñido. No fue una queja. Fue un sonido de reconocimiento. De posesión.

Lucía puso una mano en su muslo, la otra en su cadera, y lo guió hasta el borde del lago, donde las rocas formaban un pequeño asiento natural. Se sentó sobre ellas, con las piernas abiertas, los talones hundidos en el barro. No lo miraba entre las piernas. Lo miraba a él.

—Entra —dijo.

Él se inclinó. Apoyó las manos a sus lados. Hizo contacto con su entrada: la vulva hinchada, el clítoris ya erecto, el pequeño orificio que respiraba, que lo esperaba. Se frotó contra ella, una y otra vez, sin empujar. Solo rozando. Sentía su humedad, el calor que emanaba de su interior, el temblor de sus muslos.

—Aún no —dijo Lucía, cuando él intentó empujar.

Ella tomó su polla con la mano. No la sujetó con fuerza, sino que la acarició como si fuera un animal doméstico. Bajó por el vello pubiano, rozó sus testículos con los nudillos, subió de nuevo y frotó el glande contra su clítoris, moviéndose como si estuvieran bailando un vals antiguo.

—¿Sientes cómo late? —preguntó ella.

Él asintió. No era pregunta. Era constatación.

Lucía abrió la pierna derecha y apoyó el talón en la roca, elevando la cadera. Se inclinó hacia adelante y besó su vientre, luego su ombligo, y por fin, con la lengua, rozó su glande. No lo tomó en la boca. Solo lo lamió: de abajo hacia arriba, con un movimiento lento, circular, húmedo. Lo hizo tres veces. La cuarta, lo metió en su boca hasta la mitad, lo rodeó con los labios, lo chupó suavemente.

Andrés se inclinó, la sujetó por la nuca, y la apartó con cuidado.

—Espera —dijo ella, jadeante.

Sacó un dedo de su propia boca, lo pasó por su vulva, lo hundió dentro de ella, lo metió y lo sacó, lento, como si estuviera midiendo su tamaño. Lo sacó. Lo olió. Se lo llevó a la boca. Lo chupó. Lo limpió con la lengua.

—Ahora —dijo.

Ella se recostó sobre las rocas, los brazos detrás de la cabeza, las piernas abiertas como una ofrenda. Él se colocó entre ellas. Colocó la punta de su polla en su entrada. Esperó. Ella le dio el impulso con la cadera. Él empujó.

La entrada de Lucía era pequeña, apretada, cálida. La rodeó con sus músculos como una mano firme. Él entró hasta la base, hasta que sus testículos rozaron su vulva hinchada. Ella soltó un gemido profundo, gutural, como si hubiera estado esperando ese momento desde que tenía veinte años.

—Más —dijo.

Él no la empujó otra vez. Solo se quedó quieto, con el cuerpo inclinado sobre ella, la frente pegada a su frente, respirando su aliento. Sentía su corazón contra su pecho. Sentía la humedad en sus cuellos. Sentía la tierra bajo las rocas.

—Mueve la cadera —susurró él.

Ella obedeció. Subió lentamente, arrastrando su polla dentro de sí, hasta que solo quedó el glande. Luego bajó, hasta que él volvió a tocar fondo. Lo hizo de nuevo. Y otra vez. Cada movimiento era un acto de entrega. Cada subida, un suspiro. Cada bajada, un grito contenido.

Andrés puso las manos en sus caderas. La sujetó. Empezó a moverla él. Con pausas. Con firmeza. Con intención. Cada embestida era profunda, lenta, segura. Ella gemía, no por placer, sino por reconocimiento. Como si él estuviera recordándole quién era ella.

—Tú me recuerdas —dijo Lucía, con los ojos cerrados—. Me recuerdas cómo soy.

Él la miró. La miró como si la estuviera descubriendo por primera vez. Sus pechos se balanceaban con cada movimiento, los pezones endurecidos por el frío y el calor. Sus muslos temblaban. Sus pies, hundidos en el barro, se crispaban. Él apretó más fuerte.

—¿Quieres que te toque? —preguntó él.

—Sí —dijo ella—. En el clítoris.

Él bajó una mano. Encontró su clítoris: duro, hinchado, brillante. Lo frotó con el pulgar, en círculos rápidos, mientras seguía empujando con la otra mano. Ella gritó. Un grito agudo, corto, como si el cielo se hubiera abierto. Su cuerpo se arqueó. Sus ojos se abrieron como platos. Su respiración se cortó.

Él no paró. Siguió moviéndose. Más rápido. Más hondo. Ella lo rodeó con las piernas, lo sujetó por la nuca, lo besó. Su lengua entró en su boca como si ya hubiera estado allí. Él lamió su cuello, mordió su hombro, sintió su sudor en la lengua.

—Voy a correrme —dijo él, jadeante.

Ella no respondió. Solo lo apretó más.

Él empujó una última vez. Hasta la base. Se quedó quieto. Y corrió dentro de ella. Un chorro tras otro, fuerte, profundo, caliente. Sintió cómo su polla palpitaba, cómo su cuerpo se estremecía, cómo su mente se vaciaba. Ella lo abrazó, lo sujetó, lo acunó como si fuera un niño. Sus lágrimas cayeron en su cuello.

Cuando él se retiró, la polla le salió lenta, goteando leche blanca. Ella no se movió. Se quedó tumbada, con las piernas abiertas, el vello humedecido, los pechos subiendo y bajando. Él se tendió a su lado, boca abajo, con la cabeza en sus muslos. Ella le acarició la espalda, con la palma abierta, lenta, como si estuviera limpiando un altar.

—¿Te acuerdas del primer verano? —preguntó Lucía.

—Sí —dijo él—. Cuando te llevé aquí, y el agua estaba helada.

—Me dijiste que no tenía miedo —dijo ella—. Que era libre.

—Lo eres —dijo él—. Siempre lo fuiste.

Ella se incorporó. Lo miró. Lo besó, esta vez con ternura. Luego, se puso de pie. Se volvió hacia el lago. Se agachó. Se lavó con el agua. Él la siguió. Se lavó también. Se vistió. No dijeron nada. Solo caminaron de regreso al sendero, con las manos entrelazadas, los pies manchados de barro y luciérnagas.

El bosque los envolvió. La noche los abrazó. Y el lago, ya en silencio, siguió brillando con sus estrellas al revés.

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